Los sueños y el tiempo, de María Zambrano (Alianza) por Francisca Pageo

Ya hablé de Zambrano y el mundo onírico aquí, pero no había leído Los sueños y el tiempo y craso error el mío que debí leerme los dos a la vez, o continuamente, para hacer una reseña completa y consciente. Mientras que en el anterior libro Zambrano nos imbuía en un acto fenomenológico de los sueños, en este Los sueños y el tiempo, Zambrano nos adentra en el aspecto del tiempo, de conciencia, del rastro del yo en el que se entreteje el mundo onírico y de vigilia. No sin antes entrar de lleno en la reseña, me propongo a recordar que, ante todo, Zambrano era una filósofa, y que como tal, este ensayo nos propone un análisis exhaustivo y general del modus operandi del sueño en un sentido intelectual más que emotivo si esa es la palabra. Aunque en los sueños se refleja nuestro aspecto más instintivo, aquello que tenemos soterrado, oculto; en la mismidad del sueño se puede llegar a hallar una supraconciencia del mismo ser en la que pese a que el yo esté en segundo plano o se haga objetivo en el mismo sueño, podemos llegar a la revelación consciente del propio tiempo, esto es, en su eternidad. De algún modo cuando dormimos volvemos a esa fase prenatal en la que todo es oscuridad, en la que la visión es la que nosotros modificamos con nuestra propia memoria y nuestras partes más subconscientes e inconscientes. Ante todo, el sueño para mí, quizá no tanto para Zambrano, es un acto emotivo del alma, en la que ésta siente, pre-siente y post-siente el estado anímico del ser y del mundo. Me atrevería a traer a colación las teorías junguianas de los sueños, las del propio Freud o incluso las de Marie-Louise Von Franz, pero no quiero excederme en mi análisis del libro, que tampoco es un análisis per ser, sino una reseña, un punto de vista respecto a lo que Zambrano nos da a ver.
Si algo nos queda claro es que Zambrano tenía una conciencia álmica impresionante, pues conoce los efectos del tiempo, conoce el tiempo en los sueños y conoce cómo estos dos se tercian en un abismo al que nos vemos arrastrados cada noche. Me es grato anticipar el don de Zambrano: el de saberse sabia sin saberlo y que, sin adentrarse en los estragos propios de los sueños, nos envuelve en un halo poético y lírico por su modo de expresarse. En la vigilia no parecemos ser del todo conscientes de lo que hacemos, lo que pensamos, lo que sentimos. Todo pesa más. El tiempo no se mantiene en un sitio exacto, sino que avanza y avanza y avanza, y se nos hace denso. Sin embargo, en los sueños, el tiempo se aligera: este deja de existir de algún modo. ¿Cómo concretar lo que soñamos hacia un modus operandi del alma que se va creando conforme vamos avanzando en la vida? ¿Qué importancia dan los sueños al mundo de la vigilia? ¿Hemos de verlos desde un prisma anárquico, metafísico y evolutivo? Recordemos al hombre como ese ser capaz de darle a los sueños una simbología propia. Los sueños tienen su propio lenguaje, su propio diálogo onírico.
Conceder a este libro su importancia en estos tiempos es fundamental. Creo que leer a Zambrano en estos tiempos así mismo lo es. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que conocer cómo funcionan en su aspecto más dialéctico y filosófico se hace primordial para entrar en su mundo. Hace unos días hablaban sobre sueños lúcidos en un programa de televisión que no voy a nombrar y me llamó la atención que parece ser posible que estos sueños pueden ser compartidos. ¿Cómo sería compartir un sueño con María Zambrano? Creo que es algo que estaría cerca de ser una teofanía, por así decirlo, del alma con el mundo poético. Es de menester decir que este libro es un imprescindible de la autora y que junto a El sueño creador hacen un combo inigualable de pura virtud y sabiduría de la psique. Sin duda te transforma, te incita a ser consciente de tu propia vigilia y tu propio mundo onírico. No lo menospreciemos, hay todo un símil de belleza y poesía en ellos.