La herencia de Eszter, de Sándor Márai (Salamandra) | por Óscar Brox

ALibros menudo nos preguntamos, sobre todo cuando la madurez empieza a atisbar su cercano envejecimiento, qué queda de familiar en un hogar cuyos huéspedes hace tiempo que partieron. El recuerdo, tal vez, que lega un conjunto de memorias, de huellas de vidas vividas. La casa familiar donde apuran sus últimos años Eszter y Nunu -criada, apoyo, amiga, reducto maternal- albergará un último encuentro con las heridas del pasado. Ese pasado que, en manos de Sándor Márai, acumula un dolor, tan sordo como difícil de soportar, que marchita las vidas de sus protagonistas. Así, la novela se inicia con la noticia del regreso de Lajos, antiguo pretendiente que finalmente desposaría a Vilma, la hermana de Eszter. La cicatriz que dejó Lajos, mentiroso, excesivo e indómito, vuelve a cruzar a Eszter con todo ese tiempo que ha dejado caer entre sus manos sin que la experiencia haya aliviado su frustración interior. Prevenida por todos, Márai parece construir el regreso como la posibilidad de una catarsis que cierre definitivamente un episodio de malestar que ha hundido las vidas de esa pequeña familia húngara.

Como si se tratase de un contraplano de El último encuentro, Márai prepara pacientemente la llegada de Lajos mientras, a través del recuerdo de Eszter, relata las turbulencias de aquel episodio de juventud. En ambas novelas, Henrik y Lajos son figuras fantasmales cuya huida es el detonante de la melancolía de Konrad y Eszter. Tanto es así que el autor húngaro ubica ambos relatos en la antesala de ese último aliento, en la etapa final de una vida que ya no puede dar más de sí. La necesidad, que se traduce en la dependencia de ese personaje materno con nombres casi semejantes -Nini y Nunu, respectivamente-, solo hace que evidenciar que esas raíces familiares profundas se asientan sobre arenas movedizas; que esa casa familiar que permanece inmune al paso del tiempo es, en realidad, el testigo de la tristeza que ninguno de sus protagonistas ha sabido taponar.

Uno de los aspectos más interesantes de la obra de Sándor Márai consiste en su manera de diseccionar, con tanta ternura como frialdad expositiva, la delicada psicología de los personajes. A medida que Eszter siente la inminente llegada de Lajos, el reproche moral hacia su comportamiento aumenta, eleva su tono mientras recuerda cada jugarreta -como empeñar el diamante de un anillo y cambiarlo por una imitación vulgar. Sin embargo, como sucedía con el regreso de Henrik, la llegada de Lajos paraliza toda esa ira y descubre en Eszter toda una serie de emociones y sentimientos, de capítulos y experiencias, enterrados en lo más profundo de su memoria. Incapaz de liberarse de ese encantamiento, Eszter parece sucumbir ante Lajos, un espíritu libre cuya tolerancia moral le ha permitido estafar o tomar ventaja con respecto a todo lo que ha querido en su vida. ¿Es esa tolerancia la consecuencia de su amor no correspondido con Eszter? ¿Acaso Lajos habría sido diferente de no haberse interpuesto en su camino Vilma? Aunque Eszter sabe que Lajos viene con el único deseo de arrebatarles la casa para poder obtener una cantidad de dinero que les ayude a mantener su ritmo de vida, hay algo en su interior que la aflige, que despierta un sentimiento de culpa.

Con toda la delicadeza de su prosa, Márai consagra el último tramo del libro a explorar ese sentimiento que atenaza, que ha capturado, la realidad de Eszter. Un sentimiento que le recuerda que ha fracasado, que ha dejado escapar su juventud, sus experiencias en un hogar que nunca ha podido ser realmente familiar; una sensación que despide el aroma del fracaso, del dolor por descubrir la fantasía de otra vida que nunca pudo ser. Como le sucediera al Konrad de El último encuentro, la visión de ese fracaso vital es aterradora, inconsolable, porque revela toda una serie de heridas diminutas que, poco a poco, han minado el presente de sus protagonistas. En el gesto más amargo de Márai, la conversación entre Eszter y Lajos concluye sumida en la penumbra, atrapada entre dos rostros perdidos en la oscuridad total de la habitación. Ese sentimiento de vacío, de pérdida completa, conducirá a Eszter a aceptar deshacerse de la herencia a cambio de una promesa, otra, de Lajos: aceptar, como contraprestación, el cuidado y atención de este sobre Eszter y Nunu, sea ese cuidado lo que Lajos decida. Crónica de un envejecer emocional terrible, La herencia de Eszter narra la derrota que sufrimos frente a nuestro pasado, la incapacidad de remontar esa herida que, con el paso del tiempo, ha marcado nuestra vida. Por eso, como fiel reflejo de esa conversación final entre tinieblas, Márai despide a Eszter en la oscuridad de una vida alejada de lo familiar, extraña, ante la que no existen palabras que puedan describirla. Porque, tal vez, la herencia no sea más que la historia de esos sentimientos que no sabemos cómo gestionar y que la acción del tiempo nos recuerda, de una u otra manera, que siempre siguen ahí. Escondidos.

2 thoughts on “ Herencias y encuentros ”

  1. ¡Me alegro de que te haya gustado!

    Márai ha sido un (otro más) descubrimiento tardío que, la verdad, ha merecido la pena. En breve empezaré el cuarto asalto a su obra (Divorcio en Buda).

    Abrazos,

    Óscar

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