Pandora, de Henry James (Impedimenta) Traducción de Lale González-Cotta | por Almudena Muñoz

Henry James | Pandora

Lo bello de un libro como este es que al abrir la primera página el verano está a punto de empezar, y al pasar la última ese prometedor estío aún no ha comenzado.

Dice el aforismo sobre el romance literario que los viajes concluyen con el reencuentro de los amantes. Si para Shakespeare ese final significa un modo elegante (y galante) de recoger el ovillo de su historia, es bien sabido que la vida emprende el recorrido contrario, y que tras dar comienzo como un ovillo perfectamente recogido, este se desmonta y desmenuza de modo que los hilos y los nudos se confunden sin que los encuentros parezcan más que decisiones del arbitrio, y no del Bardo. En un símil entre esa apreciación caótica de la vida y la construcción metódica del relato, y Henry James fue especialista en esa clase de paralelismos entre lo burdo y la sutileza, resulta sencillo recordar los principios de las historias del novelista norteamericano, británico casi póstumo y durante toda su vida en el alma. La ironía inglesa viaja de Alemania a Washington en este relato extenso, que imprime una imagen tan nítida en su arranque que, podría decirse, toda ella permanece anclada en ese paisaje inicial sin que el devenir importe en absoluto. ¿Qué era de las bostonianas, de Daisy Miller, de Maisie o de Roderick Hudson después de sus deslumbrantes presentaciones? ¿Importa acaso? ¿Tenemos derecho, parece pensar el protagonista Otto Vogelstein, a imprimir sentido en la madeja de los otros, deshecha poco a poco entre nuestros dedos?

No hay que forzar los pasos de baile sobre los tablones de cubierta, ese escenario idílico para la presentación de los enamorados que no volverán a verse nunca, o que lo harán en circunstancias terribles y cambiantes. Pero a James no le preocupa la entidad romántica de ese suceso, por lo que no hay invitaciones a refrescos, ni llantos de despedida, ni accidentes que implican pañuelos y bordas. Sólo el pasmo ante la fluidez ininterrumpida de un continente a otro, entre las fronteras inmateriales del océano y las sempiternas clases sociales. Otto contempla la posibilidad de una escapatoria literaria, pues lee en una novela lo que el lector lee en las escenas de James: ¿será posible el fin del viaje con el reencuentro de los amantes? Por supuesto, siempre y cuando se deje la caja de Pandora en manos del escritor y este dictamine que habrá abrazo, que habrá un viaje, habrá, cómo no, fieles amantes. Invóquese la sátira de una comedia isabelina que no pretende atar del todo sus lazos: nadie dijo que el abrazo, el viaje y el amor correspondieran al lugar previsto.

Usualmente escribe James a propósito de la desubicación, geográfica, cultural y de modales en la salita de estar, por lo que la escena de la aduana constituye una bisagra de humana hermosura, cuando los pasajeros temen la inspección de los oficiales y las tizas que marcarán sus maletas o sus espaldas. Ese tránsito forrado de salitre y felpa, todas las clases mezcladas en los mismos bancos de madera, y que con tanta precisión rodaran Coppola y James Gray, estaba ya en Henry James como una tierra de nadie repleta de pureza, allí donde todos los cabos del relato se expanden y resultan posibles. ¿Qué será de Otto y Pandora, como seres individuales, como pareja que la ficción reclama?

Sólo ha pasado una hora desde que comenzó el verano, en esa chaise longe marcada por el escudo de la tradición de las lecturas apropiadas para el sanatorio de montaña y la cubierta del crucero. Ahora se hará necesario equiparse de más historias al nivel de este conciso primer viaje. Sólo una hora y el sol apenas ha descendido hacia el agua, mientras la Tierra retrocedía cientos de veces y un mundo se ha abierto y cerrado, mucho antes de que concluya la temporada estival con la misma tozudez con que la vieja alta sociedad y Henry James determinaban qué personajes eran aptos para abrir o sufrir, como Pandora y Otto, la caja de los truenos.

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