Una vía para la insubordinación, de Henri Michaux (Alpha Decay) Traducción de Álex Girbet y Jordi Terré | por Alicia Guerrero Yeste

Henri Michaux | Una vía para la insubordinación

«El defecto de acomodación no sólo nos hace ver mal, sino que nos hace ver otra cosa». Ortega y Gasset escribía estas palabras al comienzo de una reseña publicada en agosto de 1923, estableciendo una analogía entre lo crucial de la precisión con que se graduase el objetivo de un microscopio y la capacidad de acomodación espiritual del historiador a la época objeto de su estudio. Entendía que tal acomodación era fundamental a fin de evitar la tergiversación que una mirada «moderna» podía imponer sobre la comprensión de determinados hechos y fenómenos que era preciso contextualizar e interpretar desde parámetros no extrapolables a las mentalidades y sensibilidades presentes. «La sensibilidad histórica, escribía unas páginas más adelante, comienza verdaderamente cuando el plano único se quiebra y se buscan con fruición las lejanías, la profundidades.»

Atreverse a ese quiebre, al emprendimiento de esa búsqueda es una forma de insubordinación. La palabra más contundente sin duda del título de este libro de Henri Michaux que edita Alpha Decay. Insubordinación entendida como la capacidad de resistencia que implica no sólo admitir sin paliativos la existencia de determinados poderes sin considerarlos paranormales ni suprahumanos, sino intrahumanos; y también como la capacidad de contener al intelecto para evitar afrontarlos desde el andamiaje del raciocinio convencional, establecido, impuesto. Superar el defecto de acomodación.

Hay unos apuntes muy cruciales en la importante introducción que Carlo Ginzburg escribió a su Historia nocturna. En ella abordaba los problemas presentados por la línea historiográfica predominante respecto al tema de la demonología y la brujería, señalando como principal el hecho de que la documentación empleada para la investigación es la elaborada por los condenadores y perseguidores de esos cultos. Es decir, una construcción desarrollada a partir de las estructuras de pensamiento e ideología ostentadoras del poder y de las actitudes de éstas respecto a esas creencias, entendidas como herejías y supersticiones. Ginzburg reclama la necesidad de que la investigación histórica sobre este tema incorpore e indague en las palabras y explicaciones de los acusados por los tribunales inquisitorios para poder así reconstruir la historia perdida de unas creencias de origen arcaico, resistentes a las imposiciones de un sistema y doctrina religiosos. Y hay otro punto en esa introducción, también pertinente para la reflexión sobre este libro de Michaux, al aludir a la valoración de las tesis sobre la brujería publicadas por Margaret Murray en 1931 y posteriormente denostadas por la comunidad científica, y de las que Ginzburg plantea que «aunque formuladas de un modo totalmente acrítico encierran un núcleo de verdad».

Éste es el punto de inflexión mental en el que se situará Michaux, si es que necesitamos de ese prolegómeno acomodador. Una vía para la insubordinación es un escrito cuya fuerza y lucidez radica en su alejamiento de cualquier obligación respecto al compromiso de validar su tema mediante argumentos racionalizados o racionalizables. Su tema es la certeza acerca de la potencia de la vida psíquica y su capacidad de alteración y perturbación, de desquiciamiento incluso, sobre la materia física. La existencia, vida, de un doble o reverso del yo, cobijado en nuestro inconsciente, hostil al anverso del yo, y que se manifiesta desde actos de subversión del orden.

A lo largo de un discurso cuya ruta es impecable, Michaux comienza abordando la forma más cronológicamente cercana a nosotros de las manifestaciones de esa potencia: el poltergeist. Ruidos inexplicables, objetos que vuelan y acaban estrellándose contra la pared, puertas que se abren y cierran solas…Fenómenos que suceden dentro del controlado orden del escenario doméstico cotidiano, agrediendo de raíz su apacibilidad y que Michaux interpreta como acciones de rebeldía y desafío contra la imposición opresora de la casa. Turbulencias producidas por la ingente fuerza psíquica inconsciente de una muchacha liminar, aquélla en la frontera de la infancia y el traspaso a la adultez, en conflicto contra esa jerarquía a obedecer, encarnada en el continente doméstico. Culmina aquí en el reconocimiento de la oscura pugna que la personalidad secundaria del individuo entabla con su personalidad principal, a partir de la que prosigue abordando los fenómenos de posesión (considerada demoníaca) experimentados por religiosos y anhelantes de alcanzar la virtud a través de casos sucedidos en diferentes siglos.

Michaux recalca aquí la potencia, simultáneamente devastadora e iluminadora, que hay en el asedio espiritual ejercido por ese adversario que no es demonio ni tentación del maligno alguna sino un enfrentamiento al otro lado del yo. Un estado de adquisición de conciencia del otro, autoimaginado como demonio, que afirma es posible experimentar a través del efecto de ciertas drogas y que hay que comprender como un acceso a un conocimiento más profundo y verdadero del yo que ha estado reprimido por la pueril cobardía de la espiritualidad occidental, tan radicalmente opuesta a la consideración que Oriente tiene de sus demonios, como el propio Michaux señala, y respecto a la que cabe sumar también las complejas concepciones respecto al desdoblamiento de ser físico y alma persistentes en las creencias de numerosas culturas primitivas.

Aun en la fuerte convicción intelectual y espiritual compartida que escritos como éste pueden suscitar en muchos de nosotros, la lectura de Una vía para la insubordinación es algo más que la ocasión de entregarse a una afinidad, a la impactante fascinación que ejerce la audaz lucidez de Michaux, el efecto de su pensamiento y escritura. Puede servirnos quizá para sentir (voz titubeante tal vez de nuestro adversario) la auténtica voluntad de traspaso hacia ese lado profundo de lo ignoto y no controlado del yo que culmina en la luciferación; sentir la falta del miedo que supone ese traspaso que percibimos contundente en Michaux y su creencia abierta, expectante, donde el significado del espanto no conlleva en absoluto el deseo del regreso al orden conocido, ni el de la ignorancia del adversario-demonio que somos sino – como apunta Javier Calvo en su excelente prólogo a este volumen− «convertirse a uno mismo en ser-poseído. Endemoniado». Insubordinado.

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