Pastoralia, de George Saunders (Alfabia) Traducción de Ben Clark | por Óscar Brox

George Saunders | Pastoralia

Resulta difícil hablar de George Saunders sin girar momentáneamente la vista hacia Kurt Vonnegut. El autor de Madre noche tenía un talento único para convertir cada relato en un fino análisis moral de las miserias y los vicios de la condición humana. También para comprobar la salud de la sátira y enseñar al lector a diferenciar entre aquellas obras que tras el codazo cómplice y la mala uva ofrecían la posibilidad de redimirse y aquellas otras que, simplemente, se quedaban con el codazo. En las historias de Saunders abundan los codazos y las patadas en la espinilla, los personajes de extracción social modesta y la clase de conflictos y dilemas que, de tan tontos, se vuelven irresolubles. Sin embargo, el escritor de Diez de diciembre los encara con la misma media sonrisa de Vonnegut, con esa mezcla de condescendencia y conmiseración que desprenden sus historias. Con estas credenciales, Alfabia publica Pastoralia, una nouvelle y una colección de relatos que inciden de nuevo en los vicios pequeños de la condición humana.

La bondad humana está sobrevalorada, por eso nos servimos del pragmatismo para apoyar nuestros argumentos. Cualquier recurso que maquille esa combinación peligrosa de imbecilidad y mezquindad es bueno. A Saunders le gusta que sus personajes sean íntegros, pues le dan más motivos para desplegar su arsenal de conflictos y dilemas personales con el fin de sacar a la luz el cálculo de riesgos y el instinto que llevamos dentro. Pastoralia, la nouvelle que abre el libro, es un buen ejemplo de ese extremo. Ambientada en una especie de parque de atracciones sobre las edades del hombre, la acción se centra en la convivencia de dos actores que representan el papel de habitantes de las cavernas. Presionados por una organización totalizadora, que hace valer su fuerza sobre un trabajo precario, los dos protagonistas reflejan las grietas de la condición humana: sus virtudes, sus vicios, la volatilidad del ánimo y, por encima de todo, el individualismo. A Saunders le interesa apretar las tuercas a su protagonista, empecinado en defender a una compañera de trabajo que no acierta una. Por eso lleva su convivencia hasta el límite, con una sucesión de golpes bajos inimaginable, a la espera de que se quiebre y muestre, tras esa aparente bondad, el individualismo salvaje que inyecta el capitalismo en nuestro ADN.

A Saunders no le preocupa tanto desmontar esa idea de que todo el mundo es bueno como, en cambio, demostrar esa otra que señala que todo el mundo es dócil. Por eso somete a sus criaturas al capricho de un poder, sea el capital, la casualidad o los imperativos morales, cuyo peso nunca resisten nuestras espaldas. En Cascada, sin ir más lejos, un accidente desencadena un dilema humano con el que su autor juega a lo largo de sus pocas páginas: ¿vale la pena salvar a unos desconocidos que piden auxilio o es preferible guardar fuerzas para destinarlas a los nuestros, a los que siempre nos necesitan? Pirueta tras pirueta, Saunders juega con los clichés y los lugares comunes de la sociedad contemporánea, con un aparente cinismo que, sin embargo, nunca oculta su preocupación real. Como si la ética, ahogada en sus múltiples declinaciones, pidiese a la literatura que le echase una mano.

Pastoralia es una obra construida con todas esas cosas que barremos debajo de la alfombra, tan molesta como una flema y tan puñetera como un vecino inquisitivo. Todo el mundo es bueno, nos dice Saunders, pero hay que ver qué decisiones tan malas toma. En Winky, otro de los relatos, el protagonista acude a un charlatán para que reduzca sus problemas a la mínima expresión. A palabras vacías que refieren a más palabras vacías, a refuerzos y estímulos que hacen equilibrismos sobre la nada. Neil es un bobalicón, sí, pero su punto débil es su incapacidad para hacer frente a cada asunto. Winky, su hermana, tiene alguna especie de retraso. O quizá es el odio acumulado de Neil el que la ha deformado en su imaginación para encontrar un justificante a tanta frustración. Si por él fuera, pondría a su hermana de patitas en la calle y viviría su vida. Otra de esas cosas que tanto fascinan a Saunders, otro de esos cortocircuitos de sus personajes: la imposibilidad de vivir, la entrega dócil a algo o alguien que les enseñe cómo se vive; al paternalismo familiar o al paternalismo ideológico. En el mundo de Pastoralia nada sucede porque así lo quieran sus protagonistas. La frustración solo alimenta la mezquindad. Mientras Winky corre hacia la puerta de la casa para dar la bienvenida a su hermano, aquel solo piensa cómo puede ser tan idiota.

Admitámoslo, una vez acostumbrados al estilo de Saunders, como si se tratase de un nuevo paso de baile, no resulta difícil sucumbir a sus encantos. No en vano, cada cuento es un breve tratado moral que rastrea nuestros vicios. Quizá haya quien piense que el autor de Pastoralia muestra solo una risa burlona sobre nuestras mediocridades diarias. Nada más lejos de la realidad. Tras cada quiebro, tras cada personaje baboso y aun así tierno, se esconde un escritor preocupado que hace de la sátira una excusa para tomar partido. O cómo, ante ese gesto tan natural de ocultar la basura en cualquier parte, Saunders se toma la molestia de levantar la alfombra para examinar los restos. De qué otra forma, si no, puede convencerse de que todo el mundo es bueno. Por eso Pastoralia es una colección de relatos sobre vicios pequeños, vidas precarias y sociedades alarmantemente controladoras. Por eso hace tanta falta, ahora que vivimos instalados en una era de la docilidad. No hay que fiarse de las apariencias.

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