Paseos por Berlín, de Franz Hessel (Errata Naturae) Traducción de Manolo Laguillo | por Juan Jiménez García

Franz Hessel | Paseos por Berlín

Hemos leído libros sobre mundos que se pierden, irremediablemente. El peatón de París, editado también por Errata Naturae, podría ser uno de ellos. Son como cajitas en las que se guardan un montón de cosas con la certeza de que no estarán en breve o dejaron de estar no hace mucho. Con una especie de necesidad de preservar la ciudad, pero también los recuerdos. La infancia o aquellos sitios que significaron algo. Sitios que significaron algo pero también cuál era aquel significado. Para quien escribe o para sus contemporáneos. Pero Berlín no era París, ni Franz Hessel era Léon-Paul Fargue. Tampoco sus épocas coincidían. Leyendo al escritor alemán es imposible dejar de pensar en el año en que el libro fue escrito: 1929. La República de Weimar lleva diez años dando tumbos por la Historia. 1929 sería el año de la Gran Depresión. Cuatro años después, el Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores de Adolf Hitler llegaría al poder. El curso de los acontecimientos más o menos lo sabemos. El final también. Entre todo, la destrucción de Berlín, convertida en un montón de escombros. Así pues, estos Paseos por Berlín son también la historia de una ciudad devastada.

Pero el porvenir es largo, decía Louis Althusser, y mientras este llegaba, Franz Hessel paseaba por ese Berlín gris, no por triste, sino porque Berlín siempre fue una ciudad en ese color. Una ciudad monumental, como su Historia. Y Hessel también se ocupa de ella. Como si fuera preciso nombrar las cosas, para que no desaparezcan, recorrerá calles y plazas, a pie o velozmente (cuando la velocidad era otra cosa) en coche. Como un turista o como alguien que rememora, como un paseante solitario o como un visitante, como alguien que mira o alguien que está ahí para dar testimonio también de las personas que poblaron aquel Berlín que venía de un montón de desastres y derrotas sin saber que se encaminaba hacia otros desastres y derrotas aún más terribles.

En Hessel está el tiempo que pasa dulcemente, mientras la ciudad se teje y desteje, porque en Berlín siempre pareció existir esa necesidad de inventarse constantemente, de huir hacia adelante. Le gustaba caminar lentamente, un corredor de fondo de la literatura peatonal, que nunca pretendió ganar ninguna carrera. A diferencia de Fargue (y vuelvo una y otra vez a él como referencia de una forma de entender la vida) no se paraba en cada bar o café y tampoco era una cuestión de ver la vida desde un rincón. Como un poético registrador de la propiedad, hay que inventariar edificios, animales del zoológico, hombres-aves nocturnos y otros seres que pueblan (o mejor: son) las ciudades. No todo puede estar, pero hay que intentarlo, porque el peatón de Berlín debe hacer que las cosas sean indestructibles. Las palabras, al contrario que las piedras, permanecerán. Y esa es la verdadera obra del flâneur que escribe, ese ser capaz de construir ciudades de letras, como esas otras ciudades recortables y montables de nuestra infancia.

Franz Hessel es esa torre Eiffel de Guillaume Apollinaire que pastoreaba un mundo antiguo. Un bello mundo antiguo, un bonito presente, un triste futuro todavía desconocido y por llegar. Y como André Breton, tenemos que gritar (e inventar): abandonadlo todo, abandonad la comodidad de vuestras casas, vuestros televisores, liberaos de redes sociales, de amigos imaginarios, sí, abandonadlo todo. Salid a las calles, pasead, recorred esas ciudades visibles, mientras estén ahí, mientras sean algo.

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