Erotismo de autoayuda, de Eva Illouz (Clave Intelectual/Katz editores) Traducción de Stella Mastrangelo | por Óscar Brox

Eva Illouz | Erotismo de autoayuda

Todo producto cultural, por pequeña que sea su entidad o menor su valor artístico, mantiene un vínculo con la sociedad en la que ha sido creado; resuenan en él su ideología y sus contradicciones. La sexualidad contemporánea, nuestra manera de percibirla y asumirla, así como el conflicto que genera la heteronormatividad, son dos claves teóricas para describir eso que podríamos llamar vida moderna. O, en esencia, todo lo que nos trajo la Ilustración emancipadora y que, tres siglos después, se refleja en el cristal de la cultura capitalista. Lo tradicional contra lo subversivo, el deseo y la autonomía, la fantasía y la dependencia. A buen seguro, Eva Illouz es quien más partido teórico ha sacado de la reflexión sobre el papel de las emociones en las sociedades del capitalismo tardío. Clave Intelectual y Katz coeditan una estimulante obra que, por sus dimensiones breves, podría ser un corolario de sus trabajos anteriores: Erotismo de autoayuda, así se llama, recorre las páginas de la trilogía literaria Cincuenta sombras de Grey para rastrear en su contenido un comentario sobre la sexualidad contemporánea construida como un manual de autoayuda que nos proporciona instrucciones para mejorarla. O, a la postre, como una obra entre cuyas páginas resuena el acto supremo de afirmación del Yo moderno.

Dada su breve extensión, Erotismo de autoayuda se plantea a partir de dos capítulos y un epílogo. Importa, en primer lugar, conocer el proceso que ha popularizado la obra escrita por E.L. James, lo que nos dice de la mecánica del best-seller y, en especial, lo que describe de la propia sociedad. No en vano, además de atender a la creciente expansión de la trilogía, de la ficción para aficionados a la lista de libros más vendidos de The New York Times, Illouz apunta hacia lo que resuena y hacia lo que representa. Lo que resuena, sin duda, engancha una serie de preocupaciones comunes en el contenido de la trama, argumentos universales que disparan sobre conflictos y contradicciones internas; lo que representa nos invita a poner el acento sobre aquello que nos remite a una estructura social contemporánea, a la vida cotidiana que se filtra en la narrativa. De ese potaje, condimentado con una buena estrategia comercial, surge el enorme empuje de Cincuenta sombras de Grey. Y tras ese empuje aparece, precisamente, el meollo de la cuestión: cómo enfoca nuestras relaciones sexuales, la estructura sociológica de estas, como expresa un concepto tan delicado como la fantasía en la cultura del consumo, la contradicción entre una sexualidad que busca su emancipación (digámoslo así, feminista) y otra autotélica, es decir, con una finalidad y un relato generalmente heteronormativo y patriarcal.

Lo que Illouz pone de manifiesto es que, más allá de las etiquetas adjudicadas a la novela, como la de ser porno para mamás, Cincuenta… proyecta una de las preguntas fundamentales dirigidas a las mujeres: ¿Qué se puede descubrir sobre una misma al emprender una vida sexual activa libre de metas y constricciones? ¿Cómo se caracteriza la estructura cultural de la sexualidad femenina contemporánea? No en vano, la sexualidad ha sido un motor para la modernización cultural, en tanto ha enarbolado una serie de rasgos (libertad y autonomía, entre otros) en las relaciones entre hombres y mujeres. Lo que la novela de E.L. James lleva a cabo, pese a ser un ejemplo de literatura mediocre, es codificar en forma de experiencia social, como dirá Illouz, eso que la sexualidad estructura. Abordar sus conflictos y contradicciones y proponer una serie de instrucciones, casi un manual de autoayuda, para resolverlos. Jugar con los opuestos para construir una fantasía que codifique esa realidad y, al mismo tiempo, la niegue.

Entre Christian y Anastasia, protagonistas de la novela, se da una relación sadomasoquista que, a la manera de la novela gótica canónica, enmascara un relato de amor. Tanto tira y afloja dramático busca, en esencia, una de las quimeras de la vida moderna: el reconocimiento. Reconocimiento de una autonomía (no sujeta a la dominación) o de una identidad opacada por diferentes motivos. Como explica el filósofo Byung-Chul Han, la sociedad del rendimiento genera competición, y la competición trae consigo la inseguridad (por comparación, por enumeración de haber y deber). Por tanto, un proceso cuyo éxito radica en el reconocimiento, salvados todos sus escollos. Para Illouz, Cincuenta… construye una fantasía bien definida: el amor nos permite triunfar por encima de la competición de los demás, ya sean estos fantasmas del pasado (en el caso de Christian) o la propia vulgaridad (Ana no es tan exuberante como la mayoría de mujeres que aparecen descritas en la novela). Para llevarla a término, la fantasía se convierte en una mezcla de valores: la fuerza emocional de lo tradicional (el cobijo del macho protector) se fusiona con la sexualidad autotélica. La cosa es sencilla: esa añoranza de la dominación sexual nos retrotrae a un modo de relación social que no producía ansiedad. De ahí, precisamente, la función que detectará Illouz en la práctica del BDSM (siglas para hablar del sadomasoquismo). Lejos de entrañar el dolor y la liquidación del Yo, lo que promueve es una posición en la que las mujeres aprender a desear enmascarando el dolor de amar a hombres inaccesibles.

La ficción, señala Illouz, enseña. Y, en el caso de Cincuenta…, no solo codifica enigmas (las contradicciones internas), sino que proporciona instrumentos para hacerlo efectivamente mejor (la sexualidad). En lugar de excitar, cualidad que atribuimos generalmente a lo pornográfico, instruye. De ahí, por ejemplo, el aumento en las ventas de juguetes sexuales experimentado tras la publicación de la novela, consideración que el capitalismo ha tenido presente como eco comercial de esta. No en vano, dirá la autora, es la cualidad eferente, frente al rasgo cerrado y solitario de lo masculino, lo que hace que resulte fácil trasladar la cultura emocional femenina al mercado capitalista. Lo que, en definitiva, convierte a la obra de James en una guía de autoayuda que propone una nueva manera de que el individuo conecte con la sociedad.

Con todo, Erotismo de autoayuda también tiene sus puntos delicados. Sin ir más lejos, Han, uno de los críticos más feroces de Illouz, lleva su reflexión unos cuantos pasos adelante (o en profundidad) al distinguir entre fantasía y expectativa. Para el autor coreano, los nuevos medios, con su gran densidad de información, reprimen la fantasía mientras aumentan la expectativa, lo que conlleva la crecida de la decepción social, incapaz de responder a esa exigencia. Resulta difícil hablar del deseo cuando la sociedad del rendimiento lo aplaca mediante la igualdad, destruyendo todo lo que tiene de imprevisible (o atópico) y atrofiando la fantasía. El dinero lo hace todo igual, es quien pone los límites que nos señalan la falta de poder de excitación de las fantasías. Y su diagnóstico, con respecto a Cincuenta sombras de Grey, es que se sustituye amor y sexualidad por consumo. Por una fórmula de disfrute sin excitación ni consecuencias.

El valor de Erotismo de autoayuda se encuentra en el interesante análisis que Illouz realiza las relaciones entre sexualidad y cultura capitalista y las soluciones que proporcionan las ficciones y productos creados a la luz de esta última. Un recorrido breve, sin embargo, iluminado con grandes dosis de perspicacia, en el que su autora elabora el retrato robot de una sexualidad marcada por sus contradicciones internas y su explotación comercial, en la que su posición actual se describe a través de una mezcla de autonomía y añoranza, complicado juego de toma y daca que tiene en la guerra de afectos su campo de batalla. Queda pendiente, a cuenta del lector, determinar el alance de este análisis y la erosión de conceptos como los de fantasía y otro, objeto de deseo que esta sociedad capitalista nos acerca a través de sus múltiples ofertas, en la que la utopía del amor describe, más bien, la agonía del eros. O, lo que es lo mismo, preguntarnos si en verdad queda algo de aquella pretendida voluntad emancipadora de la Ilustración.

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