Carles Pradas es un excelente contador de historias. Es tan perspicaz, que durante la entrevista he disfrutado tanto como cuando leí La Séptima vida de Kaspar Schwarz, el debut literario de este autor barcelonés que publica en castellano AstroRey. Un juego de pistas en el que el lector, más que leer, imagina. Es de esas historias en las que es más importante lo que queda en el aire que lo que se cuenta. La imaginación del lector determina la longitud de la historia, puede ser muy breve o puede no terminar nunca. Pradas pone las bases y las hojas en blanco (¡que las hay!) que uno tiene que rellenar. No debería suponer ninguna molestia, si tenemos en cuenta que se ha hartado de investigar y recoger pruebas para colocarnos sobre la mesa la vida de un ente que no tiene ningún prejuicio en poner en práctica, y de manera vil —por qué esconderlo—, todas esas vidas que su cabeza es capaz de maquinar. Porque, ¿quién no quiso ponerse en la piel de otra persona? ¿De M.I.A.? ¿De Virginia Woolf? Pasad y conoced a este Gran Gatsby felino. ¡Mirad sus fotos y hurgad entre sus recuerdos!

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¿Cuál fue el primer indicio que tuviste de la existencia de Kaspar Schwarz?

El primer indicio que encontré de Kaspar Schwarz fueron algunos pelos negros en el sofá del comedor de casa. Las fotografías y otros documentos aparecieron más tarde…

¿Por qué decidiste investigar las vidas de este personaje?

Mi decisión parte de mi interés por la historia. Siempre me ha interesado mucho estudiar historia a través de las biografías de esas personalidades que de uno u otro modo desempeñaron un papel decisivo en momentos de fractura mayúsculos de la humanidad. La biografía de Kaspar Schwarz me resulta interesante porque se encuadra en un periodo histórico del que estoy totalmente prendado: la primera mitad del siglo xx. Una época que me encanta, tanto por su estética como por sus aspectos bélicos y transformadores que la caracterizan. Un contemporáneo de Kaspar Schwarz, el filósofo Antonio Gramsci, dijo: «El viejo mundo muere. El nuevo mundo no acaba de nacer. Es en este claroscuro donde surgen los monstruos». Y Kaspar es precisamente eso: un monstruo, producto de su tiempo. Un tiempo convulso, de grandes cambios y trastornos, en cierto modo parecido a la época actual. Por este motivo me interesa su figura.

¿Con qué facilidades y dificultades te encontraste?

Las dificultades en las investigaciones las estableció simplemente la limitación de mi capacidad imaginativa. Al cruzar esos límites, Kaspar se generó a sí mismo y sus biografías pueden anidar en la mente de cualquier lector que se deje poseer.

¿Cuál de sus 7 vidas es tu preferida?

Resulta difícil elegir una sola. Durante el proceso pasé por obsesionarme con Hugo Von Hauser, me dejé fascinar por Alexander Kosinki o compartí la espiral destructiva de Gerald S. Miller, pero nunca encontré a mi personaje preferido. Es complicado decidirte por una sola vida cuando tienes enfrente a una personalidad tan mutante como esta. Es igual que cuando escuchas un disco muchas veces y vas cambiando tu canción preferida en cada nueva audición (supongo que también en función de tu estado de ánimo o de tu presión cerebral ese día). De todas formas, me gusta pensar que mi vida preferida de Kaspar es esa que aún desconocemos.

Al investigar su historia, ¿has encontrado que tengáis algún punto en común?

Sí. Pocos, pero alguno hay. Su inquietud sería uno, quizás sea el más importante. La dificultad de encasillarse en algún lugar sería otro. Yo mismo no termino de especializarme nunca en nada y me aterroriza consagrarme a una sola actividad. Lo puedes llamar también inconstancia… La mentira también; como narrador siempre tienes que definirte como un poco mentiroso. Y por último, la curiosidad. Dicen que la curiosidad mató al gato, ¿verdad?

¿Algunas de sus personalidades están inspiradas en otro personaje real, literario o cinematográfico? Por ejemplo, vemos que Kaspar mantiene una intuida amistad con Aleister Crowley.

Inspirarse en otros personajes siempre es inevitable. Ya sea por tus lecturas, tus mitos, cosas que ves o escuchas y sin que tú lo sepas se almacenan en tu inconsciente. Te podría citar algunos, así de forma rápida, como quien vacía el tambor de un revólver: David Bowie, Fernando Pessoa, Alonso Quijano (alias Don Quijote), Leonard Zelig, Bobby Fisher, Jay Gatsby, William S. Burroughs, Vittorio Andolini de Corleone, Hans Bender, Kaspar Hauser (no el niño perdido alemán, sino mi gato negro)…

Respecto a Aleister Crowley, Kaspar lo conoció, en efecto. Al menos así lo creemos.

Pero al final, las diversas personalidades terminan por mezclarse y los distintos personajes confunden las inspiraciones. Todo nos afecta y nos contamina sin darnos cuenta y siempre llegará alguien que te dirá: «Este personaje es clavado a…» y, probablemente, tendrá razón.

¡Hablando de personajes! ¿Cuál es el simbolismo que esconde Egon, el relojero de París con vocación de escritor?

Egon es seguramente el personaje que más me representa, ya que de algún modo es el que intenta controlar el tiempo a través de sus engranajes, algo así como cuando el escritor intenta dominar el texto con sus estructuras. Egon calibra el tiempo, pero no necesariamente lo doma. Aquí influye mucho la propia linealidad temporal y la articulación de la biografía de Kaspar Schwarz. El tiempo —y su concepción— es muy importante en este libro y este personaje nos resume la paradoja que supone que un creador del paso del tiempo no pueda nunca llevar las riendas de un relato que, por otro lado, no deja de ser fundamentalmente una sucesión cronológica de acontecimientos. Pero este libro tiene mucho de mecanismo que permuta en cada lectura y un personaje como Egon, entre la precisión y el descontrol, me servía para explicar lo que yo sentía y experimentaba mientras escribía la novela. El pobre Egon intenta obstinadamente escribir su libro sin mucho éxito, pero yo finalmente lo he conseguido. A pesar de todo, ahora es el lector quien debe opinar si lo he hecho con éxito o no.

¿Por qué Alexander Kosinski (uno de los álter ego de Kaspar) decidió en 1931 instalarse en el Hotel Chelsea de Nueva York? Él es un hombre millonario, educado y diplomático, mientras que en ese periodo el hotel estaba en decadencia, justo antes de que lo adquiriera la familia Bard y se convirtiera en el albergue de artistas como Patti Smith y Dylan Thomas. ¿Es posible que Kaspar supiera que esto iba a suceder?

¡Es cierto! Veo que te has preparado a conciencia la entrevista… 😉 Alexander ganó mucho dinero, pero también se lo gastaba rápidamente; era más bien un catalizador de riqueza que un poseedor de ella. Su poder adquisitivo era elevado, pero su liquidez tampoco era ilimitada y el Chelsea le permitía llevar ese nivel de vida acelerado y de gasto desorbitado. Por otro lado, su espíritu era decadente y el Chelsea atesoraba ese carácter melancólico que acompañaba a nuestro protagonista durante sus vidas. Debemos considerarlo, así, uno de los primeros personajes ilustres que vivió allí, antes incluso de que se convirtiera en un lugar de referencia. No podemos olvidar que Kaspar o Alexander —como quieras llamarlo— fue un precursor profético de muchas cosas. ¿Sabías que el Chelsea llegó a ser el edificio más alto de Manhattan en un momento determinado de la historia neoyorquina? Estos detalles fascinaban a Alexander Kosinski: el mítico aliento de la decadencia. De lo que había sido y ya no era y que posiblemente ya nunca jamás sería. Si te fijas, el coche que conduce tampoco es lujoso y resulta anacrónico para su época. Aún así, Kosinski tiene ese aire de crooner que lo convierte en un ser carismático y especial. Fíjate ahora: todos los «modernos» quieren gadgets y complementos antiguos, vintage —como se dice ahora— y fuera de época. Kosinski, en cierto modo, fue un visionario estético, un creador de tendencia.

Pero el principal motivo era porque el Chelsea era de los pocos hoteles céntricos de Nueva York que te permitía vivir con un perro en la habitación, y si a una cosa no renunciaría Alexander era a Arthur.

Respecto a la pregunta de si Kaspar Schwarz ya lo sabía, te diré que es probable. Ahora que conocemos el don de la ubicuidad temporal del protagonista de la obra, puedo darte la siguiente exclusiva… Ahora no entraré en detalles y de momento no lo publicaremos por falta de garantías en la información, pero dispongo de una fuente —eso sí, poco fiable— que habla de una presunta hoja de contactos en la que se ve a Kaspar en el Chelsea con Leonard Cohen y Janis Joplin en situaciones comprometidas. ¿Ménage à trois? Continuaremos investigando… ¿Quién sabe?

El hecho de que todas sus vidas adoptivas sean personajes enriquecidos, ¿tiene relación con algún trauma de infancia como inmigrante a «las Américas»?

Tienes toda la razón. Se parece un poco a esa frase de Scarlett O’Hara: «¡A Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre!», chachaaan, chaaann,… y el plano que se aleja con un atardecer rojizo en Tara. En fin, que sí, que el pobre y pequeño Kaspar las pasó «canutísimas» y desde que terminó la Gran Guerra decidió que no volvería a pasar estrecheces. Pero las cosas no siempre le fueron bien y algunas de sus vidas no resultaron tan sencillas como parecen, económicamente hablando. En muchas ocasiones subsistió engañando, mintiendo o incluso robando. De todos modos, no creo que el dinero le interesara nunca demasiado.

En sus papeles, siempre que puede se infiltra en y se aprovecha de la nobleza. ¿Fue un precursor del «Pequeño Nicolás»? Y no precisamente el personaje de René Goscinny…

La figura del impostor siempre me ha parecido un pozo infinito de contradicciones y trastornos. Es un tema muy interesante… ¿Te acuerdas del tipo que se infiltró en el funeral de Mandela como intérprete de sordomudos y al final se desveló que nadie lo había contratado y que, además, estaba absolutamente loco (clínicamente)? Eso es material de primera para hacer ficción. Se halla a medio camino entre la comedia más decadente, el patetismo y la peligrosidad. Todos los casos de infiltrados, suplantadores de identidad o mentirosos tienen un calado dramático (en el sentido narrativo) brutal. O, como mínimo, a mí así me lo parece.

Ahora que tenemos a ese «ser plasticoso» con aspecto de dibujo animado atolondrado que han bautizado como «Pequeño Nicolás» por doquier, las conexiones con Kaspar resultan evidentes. Y, mucho ojo, porque este «niñato» puede llegar a desestabilizar a un país entero dando un golpe de Estado a base de entretenimento y espectáculo. ¡Es increíble! No sé qué me da más miedo: que esté mintiendo o que todo sea verdad.

En la vida de Kaspar Schwarz hay un agujero de lombriz (puente de Einstein-Rosen), lo que me hace pensar en Interstellar. Como investigador detectivesco y escritor de ciencia ficción, ¿te sitúas entre los defensores o detractores de la película?

Je je, vaya, vaya… Los enemigos que me buscaré con esta respuesta… No te voy a mentir: ya tuve esta discusión alguna que otra vez (y otra y otra…), pero como decía uno: «Me encanta que me hagas esta pregunta».

En primer lugar, el solo hecho de generar debate ya me parece algo muy positivo para esta película. Únicamente porque algún colgado que no tenía ni puñetera idea de lo que era la teoría de la relatividad, ni que Einstein era algo más que ese tipo con cara de asustado de la E = mc2, vaya y busque información sobre este tema, ya me parece un pequeño triunfo de la película.

Ahora bien, si queremos comparar la peli de Nolan con 2001, Solaris o, incluso, Moon, ¡eso ya no! Interstellar es un producto comercial, muy bien hecha, con un presupuesto acojonante y con unos actores solventes, pero no es una obra de la transcendencia filosófica como la de las que he citado anteriormente. Aparte, continúo pensando que tiene errores de guión que no cuelan y que los hermanos Nolan nos los meten con malas artes y trampas. Si queréis entender la física cuántica, la teoría de cuerdas y estas cosas tan complicadas, revisad Futurama: ¡lo entenderéis mejor y además reiréis!

En definitiva, se trata de un blockbuster bien ejecutado que no trata al espectador como si fuera un retrasado mental –siempre se agradece– y que te mantiene muy entretenido durante casi tres horas –por cierto, una tarea nada fácil–. No lo definiría como un clásico de culto, pero se puede decir que, finalmente, soy un defensor de lo que realmente es: That’s entertaiment!

Entrevista publicada originalmente en català en Gent Normal

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