Las palabras de la noche, de Natalia Ginzburg (Pre-Textos) | por Óscar Brox

ALibros menudo, en plena madurez, nos preguntamos para qué sirve una herencia. Los objetos de valor ya no pertenecen a sus antiguos dueños y, en un giro más doloroso, a veces ni siquiera conseguimos almacenar una imagen, una voz, que nos recuerdo a los que ya no están. El tiempo pasa. Sin embargo, en ocasiones los legados solo mantienen, bajo una estructura cada vez más débil, la huella borrosa de una época extinguida. A su manera, impiden algo tan sano como olvidar y construir un nuevo hogar. Uno de los elementos más atractivos de Las palabras de la noche consiste en la habilidad de Natalia Ginzburg para desmenuzar el sentimiento de impotencia que alberga toda resistencia contra el olvido. Frente a Elsa, la hija que conduce en silencio la memoria de una generación, la escritora italiana interpone la imposibilidad de convivir con unos recuerdos y conseguir ser feliz.

En una Italia en la que aún se notan los ecos del fascismo, el microcosmos familiar de una población se dedica a recoger las esquirlas de ese pasado. Asesinatos, vidas truncadas o, simplemente, vidas mal vividas forman un conjunto vacío que pasa de padres a hijos. Tommasino, el amante pasajero de Elsa, nunca ha conseguido superar ese testamento. Piensa en Vincenzino, el hermano perdido, cuyos deseos y anhelos han pasado a pertenecerle. Siente esa clase de angustia que se arremolina en la boca del estómago. Piensa, en fin, que su vida no es más que recorrer las pisadas de Vincenzino o, peor aún, visitar aquellos lugares que su hermano habría querido visitar. Tommasino, escribe Ginzburg, se lamenta porque no encuentra la forma de poder ser él mismo.

Mientras Elsa y Tommasino yacen en una habitación de alquiler, rozan sus manos en una cafetería o huelen el aroma del libro viejo en la biblioteca que visitan regularmente, el joven mantiene un débil sentimiento de pertenencia. Ese amor, fugaz y breve, escapa al compromiso familiar, a la memoria y al tiempo; existe cada vez que se encuentran en la pequeña habitación y conviven entre sus palabras de cariño. Elsa, tal vez, esté verdaderamente enamorada de él, pero Tommasino lo está de ese paréntesis en el que por primera vez actúa como quiere. Allí, en esa realidad microscópica, el pasado no tiene lugar ni indicación para lo que ha sucedido; no ha embalsamado esa felicidad que, desgraciadamente, suele ser inestable cuando tienes que compatibilizarla con las cicatrices de otras vidas.

A media voz, Ginzburg combina la aventura amorosa de la pareja protagonista con la memoria que sobrevuela su microcosmos. Quizá, podemos pensar, muchos de nuestros problemas residen en no saber olvidar las cosas, por miedo o por ternura. Esa impotencia se graba en la repetición mecánica de rutinas que ya no tienen el mismo sentido o, como le sucede al viejo Ballota en la novela, en la profunda melancolía que supone no volver a ver a aquellos que alguna vez compusieron tu mundo. Tommasino, que podría ser una persona de éxito, se siente hundido en ese pasado descompuesto que le obliga -que, incluso, se obliga- a no olvidar. Y Elsa, aunque enamorada de él, nada puede hacer para revertir el sentimiento que construye su realidad. En la escritura de Ginzburg no suele haber sitio para el temblor de la duda, para la voz rota que suplica un cambio. Lo que tiene que ser, será. Esa firmeza hace doblemente hermosa su visión de los diminutos entornos familiares que, como restos de metralla, capean el temporal de la memoria.

Bajo su estructura de relato y evocación de una época, Las palabras de la noche es quizá una de las obras en la que se palpa mejor el espíritu de derrota y la ausencia de un lugar donde quedarnos. Pero, también, donde las emociones más frágiles y bellas albergan una ternura casi sobrenatural, como si procediesen directamente de nuestro corazón. Y ese fulgor romántico que trata de entenderse con la memoria es, tal vez, uno de los recuerdos pasajeros más hermosos que una obra pueda evocar. El tiempo pasa, las emociones resisten y en algún momento de nuestra vida tendremos que asumir el testigo de todo aquello que cada día deja de existir, como palabras perdidas en el silencio de una noche.

1 thought on “ El hogar y la memoria, por Óscar Brox ”

  1. Mi año empezó leyendo a Agota Kristof, Le grand cahier. Y ha continuado leyendo a Danil Jarms, Mi nombre es Capuchino (Automática Editorial, 2012). Siguió leyendo los guiones de The Navire Night y Aurélie Steiner de la Duras (otra vez, sí) y pretende continuar leyendo a Cioran…
    Natalia Ginzburg tiene una delicadeza extraña. Es rara avis, sin duda. Habla desde una voz simple y efímera, un poco deslindada, propia de los lugares de paso en los que inscribe a sus personajes, y a sí misma (pienso en sus ensayos, parcialmente autobiográficos, que beben de la misma voz y sensaciones). Ella fue una superviviente. Tuvo la fuerza de serlo, de ahí que su obra, aunque pequeña, y en parte desconocida en España-aunque haya sido muy editada- me parezca importante.
    ¡Un abrazo!

    Laia

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