La ballena azul, de Raúl Quinto (Jekyll & Jill) | por Gema Monlleó

“¡No hay esperanza! ¡No hay esperanza! ¡No hay esperanza! ¡No hay esperanza! ¡No hay esperanza! ¡No hay esperanza! ¡No hay esperanza! ¡No hay esperanza! ¡No hay esperanza! ¡No hay esperanza!”
4,48 Psicosis, Sarah Kane
La ballena azul ¿es? ¿fue? un juego viral que incitaba a sus participantes al suicidio. La ballena azul es, también, el nuevo libro de Raúl Quinto (Cartagena, 1978) después de sus exitosos Martinete del rey sombra y La canción de NOF4 (¡inolvidable Nannetti!). En La ballena azul, Quinto explora las cincuenta pruebas con las que ¿el máster? del reto manipula las mentes de los ¿jugadores? hasta sumergirlos en una espiral de terror con destino fatal. El protagonista, Voltaire en Rojo, habla/escribe a un destinatario innominado al que invita a participar en el juego desde la sugestión de la “cercanía” (“Puedo escuchar el color de tus sueños. Puedo escuchar el dolor”), desde la supuesta unción por ser “el elegido” (“Te estoy dando la noche. Tuya es”), desde la “empatía” ante la soledad del que está en la orilla opuesta (“Estamos perdidos, pero estamos juntos. Aquí y ahora”).
Quinto toma la voz de Voltaire en Rojo para describir las cincuenta pruebas (aquí capítulos) de un reto en el que la desconexión del (primero) jugador (adepto, después) de la/su realidad se consigue impidiéndole el sueño. Si para Sarah Kane la hora del lobo eran las 4,48 en La ballena azul la hora del no-sueño, la hora del “nodormir”, son las 4,20 (“las agujas del reloj son hipodérmicas y te inyectan visiones”): la hora del diálogo y las pruebas (“Háblale al vértigo y convéncele de que no existe nada entre el cielo y la tierra”), la hora del abandono al ventrílocuo que se hace con los hilos de la voluntad de quien está al otro lado de la pantalla (“Estamos hablando de dejar de girar y de perder el control, de sustituir el control por el nodormir y dejar de dar vueltas y poder mirar por fin, fijamente, con el reverso de nuestros propios ojos”). El diálogo continuado de madrugada (“Los ojos y los oídos abiertos, para que pueda entrar todo lo que falta y para que pueda salir todo lo que sobra”) lleva al participante a un estado de parálisis y de anulación del consentimiento en el que las indicaciones de autolesiones (si hay un segundo protagonista en el libro son las cuchillas: “toma la cuchilla y escribe Sí en tu pierna”, “y corta con suavidad tus labios”, “y desfila su filo de un lado a otro de tu ombligo”…) van acompañadas de atronadora música psicodélica y del visionado compulsivo de vídeos de terror que alientan todo tipo de teorías conspirativas (animales deformados y con tumores a punto de estallar, rostros desfigurados con heridas abiertas, niños clavándose clavos, ángeles expulsando abejas por la boca, perros enloquecidos y suicidas, maniquíes ardiendo, sangre, luz, ojos de dolor trascendiendo la pantalla).
El marco en el que se mueve la novela es el de “la insoportable levedad de ser uno mismo y que te vean”. El captado, el hipnotizado, es el prototipo de adolescente solo o solitario (“lo real, la verdad, es sólo una maraña de velos desvelados, mezclados, ardiendo en la escritura de tus ojos”), incomprendido y enfadado con el mundo, que se siente expulsado y que se acomoda en un margen, que sufre del sentimiento trágico de la vida ante un porvenir sin motivaciones, vulnerable ante creencias acientíficas, que exuda tanto miedo como ira ante el futuro (“Tienes miedo y el miedo te tiene a ti. Todo ese miedo. Todo es tuyo. Acéptalo en toda su pureza. El miedo te acoge en su seno para que vuelvas a nacer”), y que está dispuesto a traspasar todos los límites a través del (su) dolor (“La noche es tu amiga y duele, porque sólo la vida es compatible con el dolor, porque sólo hay dolor y ya eres su dueño”). Quinto, aquí demiurgo del mal, muestra el poder de seducción de las palabras y la fragilidad intelectual ante según qué mensajes de odio (y en La ballena azul están todos los tópicos del odio del “pobrecito” hombre blanco heterosexual: a los inmigrantes -que vienen a violar a “nuestras” mujeres-, a los gobernantes -que nos ocultan información determinante-, al feminismo y a las mujeres…). También alerta, desde su prosa de poeta, sobre cómo una “programación” adecuada puede no sólo alienar voluntades sino también (y no sé si quizás más importante) abocarnos a una (auto)destrucción que traspasa los umbrales de las sombras y que desemboca en la caída final (“Dicen que al caer todo se vuelve lento y se sienten brotar unas alas invisibles, y que no hay dolor, tan sólo un apagón mental”). Porque en La ballena azul, aunque los protagonistas son sólo dos: Voltaire en Rojo y el elíptico innominado, la advertencia ante la sumisión tecnológica es aplicable a todos quienes leemos.
Transitar sin equilibrio por la frontera entre la verdad y la mentira (“umbrales mestizos”), asumir como ciertos el bombardeo de bulos que estallan sobre nuestras cabezas, elevar a la categoría de iconos pop a asesinos múltiples (David Koresh, Ed Gein, Santiago Salvador Franch, Josef Fritzl, Adolfo Constanzo, Anders Breivick…), ahondar en el “vacío existencial de la aniquilación”, desafiar a la indiferencia de los dioses a través de según qué discursos y asumir como cierto cualquier postulado de manera acrítica (desde las técnicas de control mental del Instituto Tavistock hasta los avistamientos del hombre conejo en Fairfax, Virginia) son el contexto ideal para el triunfo de “retos” hechizantes como el de La ballena azul (supuestamente creado en 2013 por Philipp Budeikin -quien acabó en una cárcel de San Petersburgo condenado por incitar al suicidio a dieciséis personas- “para eliminar toda la basura biológica que sobraba en la sociedad”).
La novela, la descripción de las pruebas y, sobre todo, la narración de episodios violentos (algunos, reales: la matanza de la isla de Utoya, el escuadrón 731; otros, leyendas urbanas: la decapitación de Paul McCartney, los misiles norteamericanos haciendo caer las Torres Gemelas el 11-S) convierten La ballena azul en un crudo catálogo del terror. Quinto sumerge al lector en sangre y vísceras y órganos arrancados y posesiones diabólicas y larvas y pústulas y heridas podridas y calderos y ascuas y ojos carbonizados y sesos humanos quemados y mapas de sangre y disparos y apuñalamientos y incendios y cirios de sangre y sogas y desollamientos y mordiscos y amputaciones y hematomas y excoriaciones y abusos y incesto y pederastia y exorcismos y vómitos y llantos y aullidos y ladridos aderezados por cánticos de ballenas (“Tu cara se refleja en la pantalla. Lo ves todo, tienes los ojos abiertos. Y por eso te amo. Nadie más lo hace. No saben lo que es nodormir. Tú sí, y por eso cantan las ballenas”). La insoportabilidad de los detalles, las largas enumeraciones que galopan veloces por el texto, son el recurso que emplea Quinto para arrastrar al lector al límite de la (su) sensibilidad, un límite que una vez superado nos deja impasibles, indiferentes, inconmovibles ante las brutalidades descritas. ¿Qué dice esto de nosotros, me pregunto? Resuena Mark Fisher cuando el máster/autor afirma: “Lo lento y lo indefinido siempre da miedo”; lo raro y lo espeluznante abrazando la epidemia de incomunicación y aislamiento contemporánea, cobrándose víctimas al otro lado de la diosa pantalla (“Destruye los anclajes, flota dentro de las venas de la noche. Aprende a desaparecer. Yo te digo: estoy aquí, en tu soledad”).
La ballena azul es el desafío que nos propone Quinto para hacernos conectar, expandiendo postulados lovecraftianos, con nuestros miedos más atávicos y primigenios, y con el que señala, lúcido y certero, la vulnerabilidad y la incapacidad de discernimiento en que nos pueden sumir el éxtasis tecnológico, las epidemias de odio y la adicción al dolor (¡y al terror cotidianeizado!) como antídoto (no eficaz) contra la soledad.
“Te leo. Hoy es el primer día de tu vida. Te vas a convertir en una ballena azul. Terrible, gigante. Hermosa. Hoy empieza el juego.”