Querida niña, de Edith Olivier (Periférica) Traducción de Ángeles de los Santos | por Dara Scully

Edith Olivier | Querida niña

Pronuncio tu nombre: Clarissa. Pronuncio tu vestido blanco, los zapatitos rojos, el pálido recuerdo de tu ausencia. La niña que fui cuando corría de tu mano. ¿Te acuerdas, Clarissa? ¿Puedes verme, allá donde estés ahora, allá donde descansa nuestra infancia?

Clarissa regresa con el golpe. En la casa, una soledad de plomo, una soledad de muerte, arrasadora. Agatha entierra a la madre, pero no es a ella a quien extraña. Tanto tiempo después, ya mujer, adulta, recuerda a la compañera imaginaria. A esa niña, Clarissa, a la que inventó en la infancia. Un recuerdo doloroso. Un deseo de alcanzar de nuevo el juego, su mano caliente, pequeña, en el hueco de su palma. ¿Dónde estás, Clarissa? ¿Vendrías a mí si te invoco? ¿Traerías luz a esta vida solitaria?

Agatha vive fuera del mundo. En la casa, en el jardín, su aislamiento se repliega, se ramifica hacia el interior, sosteniéndola con ternura. Los otros la incomodan. La mirada inquisitiva, sus voces: Agatha los rechaza. No comprende su lenguaje. El lenguaje vivo, locuaz, de aquellos que habitan en el mundo. Sólo Clarissa, tiempo atrás, un tiempo ahora recuperado, supo tender hacia ella su mano. Su propio reflejo, la niña, inventada por una imaginación que desborda sus límites impalpables. ¿Existió realmente, Clarissa? ¿Existe ahora, en el jardín, ahora que la ve entre los parterres, invocada de nuevo, devorando frambuesas con deleite? ¿Hasta dónde podemos fiarnos? También nosotros observamos a distancia. Agatha puede ver a la niña. Puede oír su risa, su voz templada, infantil, el rastro de sus pasos. Clarissa ya no es sólo memoria; de pronto, otros pueden verla también, la llaman señorita, admiran su risa cantarina. Una criatura creada de la nada que parece haberse transformado en otra cosa. Un Frankenstein fantasmal que adquiere la consistencia de la carne, la lucidez de los vivos. ¿Está viva, Clarissa? ¿Hay realmente una niña con ella, en el coche camino de la ciudad, en la playa, en el hotel al que se retiran durante el verano? ¿Es posible retenerla? ¿Se puede retener aquello que tiene vida propia?

El tiempo les concede su gracia. Durante seis años, Agatha y Clarissa conviven en la casa. Juegan a sus juegos inventados: ambas niñas, mujer y criatura, madre e hija, cogidas de la mano. No necesitan salir al exterior. En el jardín, en las habitaciones, la vida adquiere dimensiones nuevas: pueden ir donde les plazca. Sólo tienen que imaginarlo. Pero al final, el pájaro termina por anhelar el vuelo, y el exterior, hostil, penetra en sus dominios. Extiende sus lazos hacia Clarissa, que alza sin temor sus alas. Vuela conmigo, Agatha. No hay nada que temer al otro lado.

‘Querida niña’ parece una historia de fantasmas. Una aparición que cobra vida. Una niña pequeña, imaginada, que se transforma en carne, que crece hasta alcanzar el final de la adolescencia. Nunca sabemos si existe más allá de la mirada de Agatha, si es la perturbación de su mente quien la solidifica ante los otros. ¿Existen siquiera, los otros? ¿Existen David, o Kitty, o la vida fuera de la casa? En realidad, no tiene importancia. Porque, como digo, ‘Querida niña’ parece una historia de fantasmas, pero es otra cosa diferente. Es, a veces, un canto a la imaginación. Y es, sobre todo, un estudio sobre los celos, sobre querer poseer a otro, reducirlo al influjo de nuestra propia órbita. Agatha no tolera la vida sin Clarissa. Pero Clarissa siente y desea, da pasos firmes sobre la tierra, anhela su propio vuelo. Como el hijo que, al crecer, abandona el nido para encontrar su lugar en el mundo. Agatha es a la vez creadora y madre. Y como muchos padres, proyecta su sombra sobre la hija, estrangulando su canto. Pero al final el canto siempre prevalece. Aunque no sepamos si quien canta es una niña o un fantasma.

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