Me llaman Capuchino, de Daniil Jarms (Automática) Traducción de Fernando Otero Macías | por Juan Jiménez García

Daniil Jarms | Me llaman Capuchino

Jesús García Gabaldón titula a su epílogo a este libro La escritura como fiesta o la alegría de leer a Jarms, y ese podría ser el resumen de todo lo demás, es decir, del libro mismo o, mejor, de nuestro estado de ánimo. Podríamos decir también que la vida del escritor soviético (porque en aquellos tiempos vivía) no invitaba a ninguna fiesta ni ninguna alegría, y eso quiere decir aún más. Algo así como una convicción profunda a la que solo su muerte por inanición, preso en un manicomio, pudo poner fin. O no, porque hay escritores que no tienen un final. Siguen ahí, en algún lado, subidos a líneas de sus libros, como esos loros que son como nuestros gorriones.

Me llaman Capuchino es una afortunada reunión de varias cosas atravesadas por un solo aliento. Están algunos relatos que publicó en vida, algunos relatos que no publicó nunca, parte de sus cuadernos (algunos acabaron en manos de la policía estalinista), un relato más extenso y dos maravillosos cuentos para niños (algo que frecuentó… hasta que los confiscaron, tal vez por divertidos). En todos, como decía, hay un mismo movimiento, una misma dirección. La vida, la escritura. Podríamos decir que son absurdos, cuando ciertamente son satíricos (siguiendo una larga tradición rusa). Ya sabemos: el absurdo de unos es la realidad de otros.

Abuelas que se caen a la calle mirando cómo se cae la anterior abuela, niños que viajan hasta un Brasil extrañamente próximo, gente que se encuentra un día con una abuela muerta en su casa y eso es un problema para las relaciones sociales, Puskhin que tropieza con Gogol y se cae, y Gogol tropieza con Puskhin y se cae, y Puskhin tropieza con Gogol y se cae. Ladrillos que caen sobre la cabeza de Kuznetsov, que cada vez olvida una cosa más, hasta olvidarse él mismo. Eso no es todo.

La vida en los tiempos de Stalin se deja caer en cada página, llena de incertezas. O bueno, tal vez solo tenga que haber una, y esa está. La de estar vivos y poco más. Los problemas cotidianos se convierten en existenciales. Una conversación sobre Dios es terriblemente divertida por lo que uno se calla. Los relatos de Jarms son piedrecitas lanzadas al río, entre alegres rebotes. Y cuando todo desaparece, quedan las heridas. Profundas. Está la risa y cuando la risa ya no está, es todo un poco triste, porque esas vidas no son vidas y esas simbologías no esconden nada bueno. Y al final al escritor lo matan de la manera más terrible, por escribir. Y sí, podríamos pensar que escribir en algún momento fue algo peligroso, incluso muy peligroso. Ahora a nadie le importa. Creo.

Decía Vladimir Holan (que de eso sabía un rato) que era terrible vivir puesto que había que quedarse con la aterradora realidad de esos años. Qué decir…

Eso es todo.

[…]

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