Valor, de Clara Usón (Seix Barral) | por Óscar Brox

Clara Usón | Valor

En un pequeño opúsculo a propósito de Proust, Pierre Bergounioux decía del autor de En busca del tiempo perdido que su conquista no pertenecía (solo) al orden literario, sino también al coraje. O, mejor dicho, que había de entenderse desde ese esfuerzo de tantos años. Al revisar la Historia, más o menos lejana, bajo un prisma contemporáneo, nos viene a la mente esa palabra: coraje. O ímpetu. O valor. Tal vez sea porque la distancia del tiempo concede a cada decisión tomada la dimensión que en su momento no tuvo. Un cierto ardor, casi diríamos que un heroísmo. Releer la Historia es una manera de actualizarla, de conferirle una vigencia en lo que hacemos. En lo que pensamos o en lo que decidimos. Para Clara Usón, la Historia es un elemento que debe imbricarse en el relato, un órgano vital dentro de la novela. Como una transfusión de sangre para la ficción. En Valor, su última obra, si cabe es más directa. Aquí es el tiempo de la República y de la caída hacia el abismo de la Guerra Civil, la época más negra de los campos y las matanzas. En definitiva, ese instante fatal en el que, para bien y para mal, la condición humana desnudaba sus vergüenzas. El mayor gesto de dignidad o la demostración de la perversidad del hombre.

Valor comienza con la preparación de un pelotón de fusilamiento, con Fermín Galán y García Hernández como personajes de ficción. La primera parte de la novela tiene en el primero y en Luis Duch (este, acaso, menos conocido que los dos anteriores) el punto de conexión con aquella España que se tambaleaba. El país que ahora es un pequeño tema en un libro de Historia de una adolescente, con la foto del dictador Franco coloreada y pintarrajeada como si nada importase. Y en verdad la sensación es que Usón nos lleva por esos caminos paralelos, los de Duch y la niña Mar, en busca del sentido. Del lugar en el mundo. De la importancia de ocupar ese lugar, de tomar una decisión y asumir sus consecuencias. No en vano, Luisito Duch es, también, un muchacho indolente que disfruta de los parabienes de su situación económica para picotear de un lado y otro, de una tertulia de café a un prostíbulo, de la calle al sofá de la casa familiar. Cualquiera diría que toda su energía, que todo su mundo interior, solo necesita cambiar de foco; dirigirse correctamente a otro punto. También Mar, que vive los últimos momentos de su adolescencia perdida entre la pantalla digital de su ordenador, los mensajes en las redes y el odio viscoso hacia unos padres que la han abandonado a pasar una etapa de cambios sin el menor asidero emocional. Cambios, transiciones, episodios que apelan a ese salto instintivo, gesto decisivo para revelar quién se es realmente, que en el caso de Duch le lleva hacia la orilla de la República, con la euforia, la cárcel y el fusilamiento; y en el caso de Mar a los primeros amores, la sexualidad incipiente y el deseo de independencia. En definitiva, a ser uno mismo.

Usón mira al pasado en busca de ese proceso que cada personaje vivió hasta llegar a convertirse en quien realmente fue. Rastrea esos prolegómenos que llevan a Fermín Galán a la desobediencia (o la sedición, que diría el bando enemigo), a la escritura de un panfleto y la formación de un grupo de militares y hombres que, parapetados en Jaca, defienda otro régimen político antes de que las cosas tomen una dirección aún más funesta. Son páginas donde la escritura de su autora refleja la duda, la convicción, la lucha encarnizada entre las altas y bajas pasiones que coagula en una decisión. En el coraje y en el valor. En la impronta que su protagonista deja en la Historia. Por mucho que en Valor la épica sea de orden doméstico, protagonizada por una hija y una madre, por la amiga de la madre y por un chico en apuros, cuya única preocupación es conseguir levantar la cabeza. No en vano, ¿acaso no es ese el tema de esta época precaria, de preferentes, contratos basura y desilusión? De este tiempo sin referentes, en el que la Historia es una fotografía en blanco y negro que cualquier rotulador de colores puede ironizar hasta que pierda su sentido. Su vigencia, su importancia o su interés. Por eso, lo bonito de Valor es que narra un drama costumbrista con el mismo respeto con el que repasa los episodios olvidados de España. Porque en esas decisiones macro y microscópicas, que pueden afectar a muchas o a las personas que más importan, se encuentra lo fundamental de la condición humana. Los sentimientos, las emociones, las relaciones con los demás. El coraje a la hora de hacer accesible nuestra intimidad a los otros.

Entre un sacerdote croata en el momento más bajo de la Europa del pasado siglo y una insólita escapada a Benidorm con un desconocido, Usón teje los hilos de esa debilidad, de esa fragilidad humana que, quizá por caminos desconocidos, nos llevan hasta nuestra identidad. Al arrepentimiento, o la vejez, o al gesto definitorio que aporta un relieve especial a todo aquello que nos ha precedido. Alumbran, en otras palabras, lo que somos; lo que nunca vamos a dejar de ser. Y nos exhortan a asumirlo con valor, con entereza, con coraje. Es esta la forma de relacionarnos con la Historia. Cómo leerla, cómo recorrerla y cómo reflejar el poso que ha dejado. Por eso, Valor hace del prolegómeno a los momentos fatídicos que viven sus personajes (los fusilamientos de Galán y García Hernández, la muerte de Duch) un pequeño monumento a aquellos hombres que, antes de levantarse contra la injusticia, descubrieron en su interior ese algo que les llamaba a la revuelta y no a la resignación. La emoción secreta. El ímpetu. La pasión. Son esos momentos fugaces el material con el que Usón construye su novela. Con el que nos dice que todo ejercicio de Historia pertenece al orden del coraje, porque solo desde ese punto podemos observar en su totalidad la dimensión humana. El valor.

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