Imaginemos una frase, de Brian Dillon (Anagrama) Traducción de Rubén Martín Giráldez | por Óscar Brox

Brian Dillon | Imaginemos una frase

Cada vez queda más patente que el ensayo literario ha tomado una serie de direcciones alternativas para dar cuenta de sus asuntos. O, simplemente, para ir varios pasos más allá de lo que marcan sus características básicas. Ingenio. Curiosidad. Un sano jugueteo con los tópicos y lugares comunes. Imaginemos una frase podría ser un libro sobre estilo; también, un trabajo que escarba en obras mayores y menores para dar con ese elemento, pieza clave, que permite a un escritor volverse reconocible para el lector. Convertirse en autor, titán o coloso. Tener unos rasgos, una identidad, que barnizan sus obras y le conceden esa personalidad propia. Pongo un ejemplo de entre los muchos que cita Brian Dillon: Joan Didion y su papel como redactora de los pies de foto para Vogue. En realidad, señala Dillon, esa historia la comparte Didion con Allene Talmey, editora implacable de la revista y, quizá, la primera figura que ayudó a pulir el estilo de la autora de El año del pensamiento mágico. Lo que importa, lo que cuenta, es la pasión con la que el ensayista recopila la historia y desmenuza esa relación creativa y el impacto que su trabajo, en apariencia menor (¡ay!) tuvo sobre la escritura de Didion. Ahí está, creciendo, en desarrollo, esa forma, esas maneras. Recuperar cualquiera de las revistas no supone tanto una labor de arqueología literaria como la gozosa confirmación al encontrar un posible origen. El Big Bang de Joan Didion.

Pero volvamos a un aspecto fundamental, la pasión que transmite el ensayo de Dillon. Tanto da si se centra en las oes menguantes de Shakespeare como expresión vocal y apoteosis trágica del silencio o consigna el efecto lúgubre del desfallecer a través de un sermón de John Donne. La gastronomía japonesa según Barthes o la forma de habitar un idioma en la escritura de Theresa Hak Kyung Cha. La cuestión es que aplica sus esfuerzos a hacer visible esa estructura que habitualmente permanece invisible, encapotada en el texto y el libro. En Imaginemos una frase hay espacio para el juego de espejos, al escribir sobre Thomas de Quincey y, también, sobre esa maravillosa miniatura literaria (publicada en España hace unos años por Alpha Decay) que le dedicó Fleur Jaeggy. O lo que es lo mismo: cómo recuperar la languidez visionaria de su prosa a partir de unas estructuras y tonos, que podríamos llamar “de hoy”, aparentemente alejados de las frases largas, envolventes y somnolientas de De Quincey.

Hablamos de efectos y recursos, pero Dillon se revela como un crítico preocupadísimo por cada detalle. Es muy interesante su análisis de la vertiente narrativa de Susan Sontag, siempre en conflicto con su trabajo en el ensayo. Realmente es un eufemismo para decir que se trataba de un rol francamente menor. Y es interesante no solo por su comparación con Donald Barthelme, sino por la manera en la que Dillon conecta las preocupaciones de Sontag, las ramificaciones de ese relato, sus dificultades para despegarse de su Yo ensayístico. Una gozada, como lo son los análisis del crítico de jazz Whitney Balliett (en el Olimpo de la escritura exuberantemente adjetival) o de la respuesta de James Baldwin a un comentario de Norman Mailer y ese desmenuzamiento del ofay (blanquito) que emplea Baldwin.

Dillon nos traslada unas cuantas cuestiones literarias: ¿qué conmueve más, una frase o un párrafo? (sobre Anne Boyer) ¿Cómo es un estilo hecho de giros desenvueltos y encrespados? (Elizabeth Bowen) ¿Cómo sobrevive un sentimiento en una frase exhausta de ironía? (Beckett). Y así otros tantos, entre ellos Virginia Woolf, Gertrude Stein o John Ruskin. Leídos, releídos, subrayados, volcados con gracia, idea y curiosidad sobre esa mesa de disección que el autor del ensayo propone a partir de frases, breves, largas, sencillísimas o abigarradas. Resulta difícil no reconocer esas obsesiones como propias cuando pienso en los maravillosos efectos de la escritura de William Gaddis, sobre todo, en esa manera de escribir caminando, anotando sin necesidad de marcadores textuales la polifonía de voces, el ambiente vivo, que rodea a sus personajes en Los reconocimientos (no sé por qué, es un gesto que siempre me hace pensar en Adalbert Stifter). O en el párrafo que nunca parece terminar en las novelas de László Krasznahorkai. O que termina, precisamente, cuando su autor ha consignado cada detalle de la descomposición de su personaje. Revelada la muerte, la desaparición, no queda otra cosa que marcar el punto final.

La cuestión es que Imaginemos una frase es un magnífico recorrido por lo que se puede entender como estilo, por lo que vemos y no vemos de la escritura, sus estructuras y sus tonos, y por cómo la suma de todo esto cuaja en la figura del autor. Así, esta colección de frases es también una práctica alternativa del retrato literario, con el añadido, merced a la pasión analítica de Brian Dillon, de ser al mismo tiempo un bello autorretrato del ensayista literario. Una gozada.

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