Vigilia inquieta, de António Patrício (Ardicia) | por Juan Jiménez García

Vigilia inquieta | António Patrício

Parece ser que Ardicia se ha empeñado en descubrirnos lo pequeño que era nuestro mundo literario o las grandes cosas que nos quedan por descubrir. En ese empeño, su viaje planetario nos lleva ahora, tras Francia, Italia y Rusia, hasta Portugal, para descubrirnos que no, que no lo conocíamos todo. Ni mucho menos. O, en todo caso, no conocíamos a un escritor peculiar: António Patrício. Lo de peculiar no viene por su escritura, sino más bien que él era diplomático, lo cual no le impidió aventurarse en el teatro, la poesía o, como en este caso, la literatura.

Vigilia inquieta lo forman cinco relatos. En todos ellos hay algo de liberación. De liberación a través de un momento catártico. En todos ellos está la noche, el transcurso del día hacia la noche, que también marca en cierto modo, simbólicamente, los destinos. O la deriva, que seguramente es propia de esa nocturnidad, de esa decadencia, que también se adivina en sus relatos. Quizás todo ello unido, simbolismo y decadentismo, encuentre su acomodo en ese país de la saudade, ese sentimiento indefinible, capaz de crear un género en sí mismo, y que, tal vez, de lo que más cerca esté sea de la melancolía.

Veiga es un bonito melodrama de caída sin ascensión (es decir, de decadencia, precisamente). Un pobre funcionario que no espera de la vida demasiado, más que realizar el camino de su casa al trabajo y del trabajo a casa, vive con su madre. Un día tiene la ocurrencia de proponerle el matrimonio a una muchacha, cosa que no saldrá, claro. Veiga, que es el nombre de este hombre, realiza su personal bajada a los infiernos, cuya principal afectada será su madre, con la que vive. Los infiernos, curiosamente, comprenderán también ciertas connotaciones políticas, que nos llevan a pensar que António Patrício no tenía ideas muy abiertas en este tema. Quién sabe, puede ser una falsa impresión. En todo caso, nuestro funcionario se redimirá, aunque puede que no sea esta la palabra. Simplemente, será capaz de no tener nada, cierto, pero de no necesitar nada.

Que el hombre no está precisamente muy cerca de la perfección, es evidente. En Diálogo con un águila, es precisamente este animal el que toma la voz y habla con su protagonista. Es decir, también con nosotros. Un águila que cita a Nietzsche (muy presente en todo el libro y en toda la obra del escritor, de influencia nihilista) y que repasa un poco por encima la historia del ser humano y, de paso, la suya propia. Desde la libertad de los cielos interminables hasta el acabar convertida en triste despojo que ya no quiere ni la libertad, porque no sabría qué hacer ya con ella.

Quién sabe si en Precoz no estará el recuerdo del escritor de aquellos tres hermanos que murieron de tuberculosis siendo pequeños. A través del relato de un niño muy especial, enfermo y apegado a su madre, último de sus hijos. La madre que deposita toda su esperanza en ese niño, tan bueno, hasta que se cruza en su camino la muerte, irremediablemente. Hasta que esa hora mágica, ese instante preciso de la luna atravesando la ventana, momento de inquietante belleza.

En El hombre de las fuentes, sus protagonistas se entregan a la deriva. Esta vez cruzando Europa, distintos lugares, distintas fuentes. Harry se dedica a dibujarlas, cuando no queda nadie. Sin embargo no dibuja su forma física, sino el simbolismo que cree encontrar en ellas. ¿Qué busca? Construir una mansión, una casa, un lugar, donde todo será agua. El agua y su sonido. El ruido tranquilo, tranquilizador, de las fuentes. Y todo para recordar a su padre, una marino que abandonó el mar por su mujer, como imposición de ella. Como si eso fuera posible. Como si eso fuera posible sin acabar trágicamente.

António Patrício acabará su recorrido por esos seres al límite de algún precipicio con Suze. Retrato febril de una cupletista, Suze, Suzanne, su protagonista y amante se entrega a su recuerdo exaltado. Largo lamento mortuorio y mortecino, no hacía falta la cita de  D’Annunzio (otra referencia del escritor) para presentir su influencia, en esa prosa densa, complicada pero subyugante, trabajada hasta la extenuación. Será, para este Vigilia inquieta, como la caída de un pesado y negro telón. Un adiós a la melancolía.

En fin. Cinco relatos para construir una noche sin final, cruzada por los destinos de unas cuantas personas, entre la tristeza y el desencanto por un mundo que no acaba de corresponderles. Bajo el signo de la fatalidad, o el de fin de un tiempo, el suyo. António Patrício es así un escritor que entronca con aquellos otros que compartieron aquel final del XIX principios del XX, que se inscribe en aquel gusto por el relato y por sus temas. Y que sin duda merece un puesto importante entre ellos y ahora, finalmente, podemos dárselo. Nunca es tarde.

 

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