Cuentos completos [1880-1885], de Antón Chéjov (Páginas de espuma) Edición de Paul Viejo | por Juan Jiménez García

Cuentos completos [1880-1885] | Páginas de espuma

He leído a Chéjov desde siempre. Nuestra relación amorosa dura muchos años, pero nunca fui demasiado preciso para aquellas fechas que me llevaban de la infancia a la juventud. Nunca fui demasiado preciso para nada. Algunas veces, muchas, cuando pensaba que no valía la pena escribir, pensaba en Chéjov, leía sus relatos, y entendía que la escritura era una de esas pocas cosas que valen la pena ser hechas. Junto a mi almohada, estaba él y muy pocos más. Como diría Jean Renoir, siempre me sentí más cerca de él que de la vecina de enfrente. Veía el mundo con los ojos de aquel escritor ruso que había vivido tantos años antes. Compartía ese gusto por las cosas pequeñas, y empezaba a comprender esta sociedad de mediocres en la que las almas sensibles no tienen mucho sitio. No, nunca pude vivir sin Chéjov.

Sus libros crecían a través de los estantes vacíos. Tenían todos los tamaños y formas: desde las pequeñas obras (in)completas de Aguilar, en papel biblia, hasta las ediciones de bolsillo de Alianza, como aquella de La dama del perrito con cubierta de Daniel Gil. Las formas, los colores, los formatos, las páginas, se sumaban. Los relatos se iban añadiendo de manera caótica, confundiendo entre sí, repitiéndose, en una sucesión interminable de traductores y traducciones. Entonces soñaba con que alguien, algún día, en algún momento, pensaría en unas obras completas. Unas obras completas de verdad. Y yo, que siempre fui refractario al orden (aun buscándolo siempre), esperaba.

Han pasado veinticinco años desde entonces. Pero ese momento llegó.

Sin duda uno de los acontecimientos del año literario 2013 fue la aparición del primer volumen de los cuentos completos de Chéjov, editado por Páginas de espuma. Vendrán otros tres más, uno por año, a poner orden en este caos, y el mundo chejoviano encontrará su lugar, finalmente.

Como en todo, hay un principio. El primer volumen recoge los cinco primeros años de escritura del autor ruso, de 1880 a 1885. Estos no son desde luego sus años más brillantes, algo evidente, por razones más allá de la experiencia. Obviamente, son sus años de formación, pero, en lo fundamental, el problema es que también son sus años en los que debe reivindicarse como escritor y ganarse la vida con ello. Un poco al menos. Escribe para distintas revistas y casi siempre se encuentra con dos problemas de fondo: el espacio y la necesidad de entregar a los editores un tipo de relato que haga reir. Podemos decir que seguramente esa limitación en la extensión le permitió llegar, en su depuración, a un estilo inigualable, pero lo cierto es que, cuando le dan espacio suficiente, Chéjov no lo malgasta. Todo lo contrario: es entonces cuando su estilo alcanza una mayor eficacia. El día de San Pedro, Historia ruin o, sobre todo, Flores tardías, son buen ejemplo de ello.

El día de San Pedro (1881) ya nos avanza buena parte de los caminos que transitará el escritor en estos primeros años. Un grupo de cazadores, formado por las fuerzas vivas del pueblo, parte de cacería, pero no van muy lejos. Simplemente deciden volver al llegar, acribillados por los reproches que se lanzan entre ellos. Aun así, a su regreso, todos seguirán igual. El humor, esos personajes ejemplares, dibujados firmemente con unos pocos trazos, generalmente a través de los diálogos. El insoportable sopor de la vida provinciana, que magnifica cualquier hecho cotidiano. A partir de ahí, los relatos se convertirán en una grotesca galería de tipos (museo de los horrores de la mediocridad).

Historia ruin, un años después, ejemplificará un nuevo elemento de su narrativa: la crueldad de esa misma sociedad mediocre. Frente a su torpeza, a veces rayando la ingenuidad, los protagonistas de sus relatos pueden ser partícipes de la mayor crueldad. Entre la mediocridad, hay un espacio, un muy amplio espacio, para la ruindad, y la historia de esa muchacha no muy atractiva, cortejada por un tímido artista, nos ofrece una buena muestra de ello.

Pero sin duda, en estos primeros años, el relato que más destaca (seguramente también el más extenso) es Flores tardías. Escrito ese mismo año, perfectamente podría considerarse una obra de madurez. En él, tenemos ya un escritor pleno, que domina todos sus recursos, y que parecía esperar solo un poco de espacio. La historia nos muestra una familia venida a menos, con una devota e inocente hija y un hijo que se empeña de dilapidar el poco dinero que les queda, unida al médico de éxito salido de lo más bajo de la sociedad, del que aquella se enamora. Con todo, crea unas páginas de una belleza conmovedora (esa es, sin exageración, la palabra) y, por si nos quedaba alguna duda a estas alturas de su narrativa, Chéjov ocupa ya un lugar que no abandonará, entre los grandes de la brevedad.

Fuera de ahí y por esas limitaciones que señalaba, el escritor ruso va creando pequeños retratos, pinceladas apenas, de la sociedad en la que le tocó sufrir, a veces con brocha más gorda, otros con pinceles más delicados, siempre atravesados por una anécdota y, a menudo, humorísticos. A veces de un humor incomprensible, tal vez por ser muy de su época o de las circunstancias. Otras, con unas formas paródicas, que hacen que estos cuentos (aunque es incluso dudoso llamarles así) estén demasiado datados o sean excesivamente localistas. Esto no quiere decir nada. Las casi mil cien páginas de relatos de este primer periodo se devoran a una velocidad vertiginosa. Aquí y allá surge el deslumbramiento. Su prosa palpita, crece entre nuestras manos, bajo nuestra mirada asombrada.

Habrá que esperar a 1885 para encontrar como ese humor se va transformando en ironía, y las anécdotas van dejando lugar a un recorrido despiadado sobre las costumbres y las personas. Entonces sus relatos serán muchos más homogéneos. Empieza a saber lo que quiere, también a tener sus lectores, y eso le da esa libertad que busca desde el primer momento, desde sus primeras palabras. Hasta aquí, con la promesa de los años por venir, estos Cuentos completos nos ofrecen la creación de un escritor, con sus búsquedas y vacilaciones. Cien años después. Nunca es tarde.

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