Mihura. El último comediógrafo / Observen a estos hijos de puta, de Adrián Perea (Punto de Vista) | por Juan Jiménez García

En el prólogo de Sergi Belbel (su justamente entusiasta prólogo) hay, tal vez implícita, una reflexión sobre si Miguel Mihura, como titula Adrián Perea, es el último comediógrafo del teatro español… antes de que apareciera el propio Perea y contando con Jordi Galceran en el teatro en catalán. Comediógrafo: autor de comedias. Autores de comedias hay muchos, pensemos en esto como una vocación, casi como un destino. Es más, como una construcción. Tengo mis dudas. Mis dudas vienen a propósito de la reunión de estas dos obras: Mihura. El último comediógrafo y Observen a estos hijos de puta. Casi sin remedio, no he dejado de pensar en Alfredo Sanzol, que sí, que ahora está a otras cosas, pero que desde Risas y destrucción ofreció una serie demoledora de comedias. Cierto que a mí Risas y destrucción me remite al Café de la Gare francés, aquel del que salieron Patrick Dewaere, Miou-Miou o incluso Gerard Depardieu, pero esa es otra historia. Sus obras episódicas en Observen a estos hijos de puta, o el tono de las que le siguieron en Mihura. El último comediógrafo (El bar que se tragó a todos los españoles). Tal vez es que todos vienen de Mihura o algo más complejo (que atraviesa la obra de Perea): Mihura inventó el teatro del absurdo muchos años antes del teatro del absurdo y creó un tipo de humor al que luego le han ido creciendo ramas e hijos, olvidado, tremendamente olvidado, el tronco. Y olvidado tal vez porque se representa mal. No se dice lo suficiente las tragedias que han causado malas puestas en escena de ciertos autores. Beckett convertido en una broma, por ejemplo. Un humor, el absurdo, resbaladizo. En el cine, Azcona digirió mejor esa herencia, una herencia compartida desde La codorniz.
Entonces, en Mihura. El último comediógrafo, nos encontramos no solo un sentido homenaje a su humor, sino una asimilación de este. Es decir: compartir el humor de Mihura para contar mejor la vida de Mihura. No toda, no en abundancia, sino más bien algunos apuntes (reales o no) sobre el origen y primer destino de Tres sombreros de copa, que estaba en buena medida basada en su vida. Todo es cierto, menos lo que es incierto o directamente falso. Todo es cierto porque está ahí, representado. Hasta en el último acto, el dramaturgo se reserva un lugar y, además, piensa un poco en esto de la autoficción. El caso es que, para resolver ese antes, durante y después, Adrián Perea crea tres tiempos. En el primero está Miguel y Mihura, su juventud y el autor dramático. En el segundo Mihura, autor dramático. En el tercero Adrián Perea, autor dramático él mismo. Todo estupendamente resuelto, engarzado. No he visto la obra (quién sabe sin vendrá a este círculo polar), pero por una vez (podría preguntarme por el misterio) no he sentido la necesidad de verla. No es que no quiera, es que así, de momento, me da igual. Como literatura dramática, como literatura, funciona perfectamente. Sin demasiadas indicaciones, pero bien sugerente. No es solo mapa, por citar a Gabriel Calderón, sino territorio acabado en sí mismo. Es decir, podemos imaginarnos sin dificultad un Adrián Perea autor de novelas. He pensado en estos últimos tiempos en qué hace funcionar mejor la literatura dramática como literatura. La autoficción es agradecida, también encuentro esa narrativa en autores como Pablo Remón (otro referente), en su manera de escribir, tan hecha para la lectura. Pienso en Chéjov. La capacidad de los diálogos para generar tipos y espacios. Adrián Perea, sin duda, está ahí.
Observen a estos hijos de puta, que precede a la anterior cronológicamente, es otra cosa. Una sucesión de piezas, de fragmentos, de momentos cómicos alrededor del poder y la corrupción, con personajes fácilmente reconocibles (no se pretende otra cosa). Fútbol, política (si me detento aquí, ya viene un nombre a la cabeza: es correcto), teatro. En fin, la vida está envenenada en este país siempre al borde de un ataque de nervios, por no decir en estado de histeria crónica. Frente a eso, ¿qué le queda al teatro? Observen a estos hijos de puta es heredera de esa tradición humorística española, pero engarzada en la realidad circundante. De nuevo, todo es cierto excepto lo que no lo es. El temor: cuando lo que no lo es parece tan tremendamente real. Cuando el absurdo se materializa, se vuelve realidad, día a día, ¿sigue siendo absurdo? El problema actual del humor absurdo es que una y otra vez se ve superado por la realidad. El disparate se ha convertido en algo común. ¿Cómo encontrar ahí un espacio? Pienso que Adrián Perea funciona mejor en una obra como Mihura. El último comediógrafo, porque ese desapego de la realidad y ese abrazo al costumbrismo (entendido como retrato de algo que está profundamente arraigado en nosotros) le viene mejor. Y porque, me repito, tiene vocación de narrador y para eso la construcción de Observen a estos hijos de puta es un obstáculo. Poco quiere decir esto en un autor que acaba de empezar y que ya da muestras de que llega para quedarse y estar un lugar preeminente. A mí autores como él o Pablo Rosal, me invitan a pensar que tal vez los comediógrafos se acabaron, pero los autores de comedia no. Incluso nos esperan grandes cosas.