Jean Genet en Tánger, de Mohamed Chukri (Cabaret Voltaire) | por Juan Jiménez García

Libros

Mohamed Chukri conoce a Jean Genet en Tánger en 1968, un 18 de noviembre, en el Café Central. Se encontrarán algún día más aquel año, de café en café, pero será sobre todo al año siguiente cuando su relación será algo más extensa, de nuevo, de café en café. El escritor marroquí reunirá esos encuentros en un libro que se publicará en Estados Unidos, en traducción de Paul Bowles. A Genet no le hará mucha gracia la idea (fundamentalmente que nadie le haya pedido permiso y que saliera alguna fotografía), y así se lo hará saber cuando se encuentren de nuevo en 1974. Nada grave. Su relación proseguirá, así como el libro, de café en café, porque sí, esta es una historia de cafés, de calles, de encuentros, de conversaciones, en un Tánger que ya recordaba sus viejos y buenos tiempos. Pero para la literatura, se detendrá en aquel año. Chukri lo explica en el epílogo: dejó de escribir cuando sintió que el otro ya no estaba de acuerdo. Todo eso, reunido, es Jean Genet en Tánger, libro con el que Cabaret Voltaire prosigue en la edición de la obra de este escritor imprescindible, siempre en la magnífica traducción de Rajae Boumediane.

Volvamos atrás. Mohamed Chukri conoce a Jean Genet en 1968. Está sentado con un amigo en una terraza. Genet está frente a ellos, con su fama de difícil, intratable a veces. Le da igual. Se acerca y se presenta como un escritor árabe (un escritor que solo ha publicado dos relatos). Quedan para el día siguiente. Chukri relata estos encuentros como páginas arrancadas a un diario. El escritor francés (ex ladrón), ya ha escrito todo lo que tenía que escribir. No quedándole nada, en su opinión, por contar, escribirá obras teatrales o textos políticos. Piensa que la literatura debe reinventarse, que está agotada. Entre tés y otras bebidas, entre ir de acá para allá por la ciudad tangerina, hablan de escritores que leen o leyeron: de Proust, por ejemplo, que salvó a Genet de la cárcel, de Camus (poco apreciado por él), de Stendhal, o de su admirado Mallarmé, del que le lee un poema, Brisa marina (“sobre el papel vacío que la blancura defiende”). A través de sus conversaciones, vamos conociendo a la persona: generoso con sus amigos, pero también con los pobres, los que no tienen nada, implacable con el poder, con el que no quiere tener contacto, comprometido con las luchas, orgulloso de aquel que roba al que más tiene. Chukri, con su escritura siempre tan próxima de la oralidad, poco amiga de arabescos y descripciones superfluas, cuenta, y es a través de esa escritura despojada, que juega a ser una mera transcripción anotada, punteada de breves impresiones, se nos muestra más precisa que cualquier interminable ensayo. La vida fluye. Está ahí, alrededor de ellos, en ellos. Solo hay que seguirla con la mirada, saber escuchar, dejarse llevar por los días, que se suceden de un lado a otro, cuestión de gestos y palabras, ligeros, breves.

Jean Genet en Tánger es también, de este modo, un fragmento de la vida de Chukri, a través del que se escapan sus lecturas, sus años de formación como escritor, tras haberlo dejado ahí, en El pan a secas, marchándose para aprender a leer. Para él, vida y escritura, encuentros y desencuentros, no dejan de formar parte de su propia historia, de esa vida que hay que contar,  poco a poco, libro a libro, palabra a palabra. Fernando Arrabal decía que uno escribe porque no vive. Mohamed Chukri escribe porque vive.

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