SSacrificiooñé con un lago inmenso, tanto que carecía de un final exacto, y era como el mar, un mar tranquilo, sin olas y sin sal, dulce. Pronto anochecería, bajo el canto estruendoso de centenares o miles de pájaros, que como cada atardecer, desde el principio de los tiempos, anunciarían el fin del mundo. En el embarcadero sin barcas, un caballo salvaje color nube de aire mordisquea las malas hierbas desganado y, de cuando en cuando, mira muy lejos, más allá de todo lo visible. Junto a él, un niño pequeño está sentado en el suelo de tablones y lanza piedrecitas al agua, piedrecitas que crean innumerables círculos concéntricos, uno dos tres cuatro… Una voz llama “Andryusha, Andryusha”. Siete ocho nueve… La voz llega desde la orilla, lejana o quizás tan solo apagada por el bosque, el bosque inmenso que rodea el lago y que, como él, no tiene final, sucesión infinita de plantas y plantas, de verde y verde.

El embarcadero acaba en una plataforma. En la plataforma hay una pérgola devorada por la hiedra y, bajo ella, un banco. Allí, juntos, solos, están Marina Tsvietáieva y Arseni Tarkvoski. Ella lleva el pelo corto de sus últimos años y viste una túnica oriental; él un abrigo de paño. Miran en silencio hacia un futuro distinto. Callan y ese no hablar está lleno de sus voces, lleno de historias y de palabras que conforman esas historias.

Entonces, de repente, ella se vuelve hacia él, le coge del brazo, nerviosa, como recordando algo que no puede, no debe ser olvidado, y le dice que ha de cuidar de Andrei, que debe cuidar de Andrei porque es su deber, y que ella le ayudará, le ayudará a cuidar de ese hijo que es el suyo, el de ambos, de algún modo. Porque ellos se aman.

Él la mira.

Desde la orilla, llega el alboroto de una fiesta: una boda, tal vez un cumpleaños, qué se yo. Allí, junto al agua, unos niños se persiguen. Más allá, alrededor de unas mesas alargadas, bajo hileras de luces de colores, los mayores hablan.

Ellos no. De nuevo está el silencio, ese silencio denso, ese silencio  que les hace más lentos, más pesados o más cansados, como metidos en miel.

Marina sigue hablando. Le dice que Andrei le mostrará al mundo el verdadero significado de la vida, y también lo que quiere decir amar.

Ha empezado a llover. Primero unas gotas débiles, apenas leves heridas. Luego, una lluvia ligera, tenue, de esos días de primavera. Se oyen los gritos, las prisas en la orilla y, de nuevo, esa voz que llama: “Andryusha, ¿dónde estás? ¡Llueve!”.

Despierto llorando. Busco y encuentro que Tarkovski fue amigo íntimo de Tsvietáieva (quizás su último amor). Me acuerdo de Zérkalo y, de algún modo, siento aquí a Marina, con Arseni, y también con Andrei, conmigo, en el mundo.

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