El fill que vull tindre (Las Naves, Valencia. Del 11 al 14 de febrero de 2016) Una producción de El Pont Flotant en colaboración con Las Naves | por Óscar Brox

El fill que vull tindre

La crisis que arrastramos durante los últimos años -por no decir, casi, la última década- ha afectado de manera determinante a la mayoría de elementos de nuestra cotidianidad. Explicar las consecuencias nos llevaría, tal vez, hasta un escenario en el que las decisiones se postergan en el tiempo o, peor aún, quedan fatalmente atravesadas por la precariedad económica. En el que el dinero es la medida de todas las cosas y las expectativas nunca llegan a cuajar en la realidad. Aparecen, generan entusiasmo y se evaporan como tantas otras cosas. Es posible que sin este contexto, las reflexiones de una obra como El fill que vull tindre perdiesen parte de su equilibrio. No en vano, es en este presente incierto en el que más nos atenaza la duda ante una futura maternidad o paternidad, en el que revisamos con lupa la forma en la que apoyamos la educación y, seguramente, en el que más nos preocupa un proceso natural como el envejecer. Porque tenemos la sensación de que cada uno de esos elementos fragua una realidad que, más pronto que tarde, requiere ser revisada. O actualizada. O enfrentada. Como quien combate los miedos propios y los ajenos. Discutir las bases de la educación, recuperar la infancia perdida y describir en qué consiste madurar. Cuál es el secreto que yace tras algo tan básico, tan esencial, como vivir.

El Pont Flotant, en colaboración con Las Naves, ha armado un espectáculo teatral que recoge algunos de estos temores con la voluntad de interrogarnos a propósito de la manera en la que llevamos nuestras vidas. Así, rodeados de un elenco de actores que oscila entre los 6 y los 85 años, los tres personajes principales repasan, a través de varias escenas, el núcleo de esa vida contemporánea que tiene en la madurez y la educación sus caballos de batalla. Y lo hace en forma de monólogo dramático sobre la distancia que ponemos en relación al deseo de tener hijos; la responsabilidad que entraña, las dificultades que añade a nuestras vidas ya de por sí complicadas. En forma de escena arrancada de la vida cotidiana en la que sus protagonistas escrutan en qué consiste la paternidad, cómo moldeamos nuestro carácter con los años, qué queda de aquel niño, de aquella niña, en el adulto de hoy. Como comedia, como improvisado número de danza. Como manifiesto colectivo en el que a cada voz, la del niño y también la del anciano, se le concede un relieve especial. O como un cuento tradicional, remodelado para la ocasión, que refleja esos pequeños cambios, desgraciadamente demasiado fáciles de percibir, que los años de ruina y tristeza social han efectuado sobre aquel entorno familiar en el que nos criamos.

Con el escenario convertido en el patio de un colegio, en el parque de las tardes en las que paseamos a nuestros hijos o en el decorado interior de nuestros sentimientos, El fill que vull tindre bascula entre la comedia, la tristeza con un punto de melancolía y la declaración vitalista por un futuro que nos pertenece. El Pont Flotant concibe su puesta en escena como si se tratase de un patio en el que, en segundo plano, los actores construyen, con garabatos y juegos infantiles, un espacio propio por encima del negro básico de las tablas del escenario. Del que, poco a poco, se adueñan, a medida que el tono confesional de la obra penetra en los espectadores y les lleva a identificarse con sus propios dramas personales. Con el hijo, el padre o el anciano que fuimos, que somos o, en fin, que seremos. Y es de esa manera como el escenario se va transformando con el movimiento de los cuerpos, con las sillas apiladas en forma de improvisado castillo o con una balsa de agua en la que, eufóricos, chapotean para celebrar una felicidad que siempre nos ha pertenecido, sobre la que es justo reclamar el derecho legítimo a disfrutarla. Porque en ese autoanálisis que lleva a cabo la obra, siempre se tiene la sensación de que nuestro presente ha puesto las trabas suficientes a aquellos pensamientos, ideas o voluntades que antaño fluían de manera espontánea. De ahí, pues, que la comedia, la danza improvisada de cuerpos en mitad del escenario, ejerza de contrapunto y antídoto frente a esa mediocridad que nos han impuesto como pago para sobrellevar estos tiempos inciertos.

Es justo decir que El Pont Flotant aprovecha cada recurso escénico del que dispone, creando una obra imaginativa y, hasta cierto punto, emotiva. Capaz de generar en el espectador la sensación del juego en el recreo infantil, la soledad ante esa vejez que poco a poco se abalanza implacable, o la promesa de un futuro que no quedará empañado por el temor, la duda o los múltiples imposibles. Ese futuro que, tal vez en el gesto más bello de la obra, representan las puertas abiertas del escenario y ese ruido de voces, de felicidad y algarabía, que escuchamos al fondo. Que nunca queremos dejar de escuchar. El fill que vull tindre es teatro popular, en el mejor sentido de la palabra, teatro que basa su acción en la relación directa con el público, con sus problemas y con la sociedad de la que todos formamos parte. Teatro imaginativo y participativo, que sabe cómo honrar a jóvenes y dignificar a ancianos, conceder espacio a todos para construir colectivamente la voz de un presente. Teatro valenciano, y en valenciano, para un tiempo que ha arrinconado el tonto folclore localista y la ominosa sombra de la corrupción institucional. Capaz de restituir una identidad siempre trazada a la contra, de devolver las señas propias y crear un sentido de comunidad. Teatro que habla de nosotros, de ti y de mí, y de los miedos que vivimos. De los anhelos, de las frustraciones, de las cosas bonitas y de lo que está por venir. Teatro, en toda la extensión de la palabra, creado para mover a la reflexión. Para construir ese presente justo que aguarda a la vuelta de la esquina.

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