El alimento de las moscas, de Eusebio Calonge; dirección de Borja Ruiz (Teatro Círculo, Festival ENDOA; Kabia Teatre y Teatre de l’Enjòlit)  | por Juan Jiménez García

Una inquietante pregunta: ¿y si para alcanzar la libertad fuera necesario no ser libre? Es más: necesario que nos impidieran serlo. Encerrarnos, anularnos, liberarnos. Entre todas las preguntas y sensaciones que me produce El alimento de las moscas, de Eusebio Calonge, esta es tan solo la última. Una más. Una interrogación que va hasta ahí desde el tiempo líquido que se pierde por sumidero de una celda, un tiempo que escapa a circunferencias, al pautado de las manecillas, y se extiende como salido de un vaso caído o de una botella rota. Roto. Todo está roto. También ese asesino que está ahí, ante nosotros, carne en descomposición. Por cercanía, pensaba en los cuerpos de Francis Bacon, retorcidos, vueltos del revés. Unas palabras en una entrevista con David Sylvester: en esa distorsión lo que busca es el retrato preciso del retratado. Y ahí está Arnau Marín, entre la fragilidad y la brutalidad del gesto. Transitando en la frontera de una persona que fue y dejó de ser, pero que en ese dejar de ser no puede abandonarse. Su cuerpo, sí, lentamente se va desprendiendo de él, pero esos pensamientos se agarran a las paredes de su cerebro. Ella, asesinada. El asesinato como autodestrucción a través de otro.

Puntos de fuga. Cuando ella es asesinada, recordé la escena de Frankenstein, película, a través de El espíritu de la colmena. La distorsión de las imágenes. En ese punto, que es también el sumidero de la prisión, por ese punto, se escapa la vida de ella y también de él. Caen los dos y el tiempo. Muertos todos de una u otra forma. Otro punto de fuga. La nueva metamorfosis. Gregorio Samsa se despierta convertido en cucaracha. O en otro insecto, poco importa. También el asesino, también el asesino acaba convertido en una, envenenado por todo eso que le corroe por dentro y por fuera. La escena acaba por atrapar el poco aire que quedaba. Como las cucarachas, busca la oscuridad. La oscuridad, de la que la obra parte y en la que la obra se busca, se hace ya no solo con los rincones, sino con todo. La oscuridad que se quiere tinieblas. Un punto más de fuga. Sombras expresionistas.

Abolido el tiempo, queda el espacio. El espacio hay que construirlo. Son doce pasos contados adelante y atrás. En escena no hay mucho más. Una mesa. A la manera de La Zaranda, ese despojamiento de todo se convierte en una abundancia de símbolos que se construyen ante nosotros y bajo la luz cambiante, que crea el propio actor, bajo la precisión, la inteligencia de la puesta en escena de Borja Ruiz. El teatro se construye. No es una cuestión de texto, de arte vivo o del arte muerto. Es una cuestión de aquello que queda alrededor de las cosas. Los silencios y los espacios vacíos y de cómo estos son otro material entre manos. El teatro no puede descomponerse, no debe poder descomponerse. Es un todo y es todo. Es la distancia que va desde Arnau Marín hasta nosotros. Ese impulso vital.

Ascenso a la cruz. Sacrificio. Sacrificarse. Psiquiatrización. El asesino se quiere inmóvil, pero de nada sirve esa inmovilidad si puede seguir pensando. Se quiere sin pensamientos. Necesita esas pastillas, grita por esas pastillas, las exige, exige no su prisión, sino su eliminación. No necesariamente su muerte, sino su anulación como ser pensante. No tiene nada que contar, nada que buscar. Todo está con él, son esas voces de dentro, ese abismo interior porque el que no deja de caer. De lanzarse y de caer. No se puede volver atrás; no hay un atrás. Solo un después, un presente continuo cogido por los pies por ese pasado. Imposible avanzar, pero también innecesario. Entonces uno es una mosca más, una mosca que nace y muere una y otra vez en nada, unos días, unas horas. Sin ningún sentido en especial. Molestar. Incomodar. Esperar el final.

Y así, entre esa oscuridad visible, el espacio de Borja Ruiz y el retorcimiento interior de Arnau Marín, entre las búsquedas de ambos del otro en otro y uno mismo, las palabras de Eusebio Calonge se convierten otra vez en cuerpo y liturgia. Allí, en el Teatro Círculo, en ese festival ENDOA, que nos viene a decir lo que esta obra: que la distancia entre orillas es ninguna.

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