La ciudad de escarcha, de CRIT. Companyia de teatre (Teatre El Musical, Valencia. Del 18 al 19 de diciembre de 2020)  | por Óscar Brox

Lo primero que vemos de La ciudad de escarcha es ese decorado hecho de callejuelas y callejones, estrecho y en perspectiva, que nos coloca en las coordenadas de un pueblecito en la España de provincias. Escenario único, una de las señas formales de CRIT, que los personajes recorren de arriba abajo, por dentro y por fuera, trasladándonos todas esas estrecheces, ese vacío, que atenazaba a buena parte de la juventud de finales de los 50. Cuando la vida se hacía en los balcones y las escaleras, camino de casa o del colegio o en los bailes en el casino. A la vista de cualquiera. O sea, sin casi espacio para la intimidad. Para los pensamientos propios. Para el mundo interior.

Puede que esta adaptación de Entre visillos, de Carmen Martín Gaite, sea su trabajo más ambicioso hasta la fecha. No me olvido de La llum del món, que era un ejercicio de imaginación teatral a partir de textos e historias de la Biblia, ni de L’increïble assassinat d’Ausiàs March, que jugaba con los resortes de la acción y la comedia de enredo. Pero diría que en La ciudad de escarcha hay otra densidad, empezando por la dificultad de conseguir que las varias líneas de la novela, con sus voces y personajes, protagonicen la obra sin que una esté por encima de la otra. Me gusta pensar que La ciudad de escarcha es una historia con muchos narradores, o una obra en la que cada personaje es narrador de sus pequeñas miserias, de sus anhelos, contradicciones y sueños. Es cierto que tanto Natalia como Pablo, el maestro, conducen el peso de gran parte de la función. Sin embargo, la habilidad de CRIT reside en hacer que otros personajes, desde Emilio a Gertru, pasando por Julia, Elvira, Manolo o Ángel tengan ese lugar, ese espacio. Esa voz.

Lo que destaca en el teatro de esta compañía es algo tan aparentemente elemental (y generalmente olvidado cuando hablamos de teatro) como la voz y el cuerpo. La palabra y el movimiento. No hay grandes juegos de luces ni (excesivamente) veloces transiciones de escena. Solo todo lo que puedan dar de sí los cuerpos. La manera en la que cada actor es capaz de abrir ese pedacito de intimidad de su personaje al espectador. En La ciudad de escarcha me gusta mucho el personaje de Emilio, con un estupendo Josep Valero, que aspira a ser poeta de provincias aunque no puede ocultar que es un poco simple y pusilánime, anclado a un paisaje y un mundo menor, para quien la vida parece que empieza y acaba en su noviazgo con Elvira. También la ternura con la que Anna Marí describe a Rosa, la animadora del Casino, empañada por los excesos con el vino, la melancolía y ese signo de libertad individual que la hace sentirse señalada en un pueblo en el que nadie es libre. En el que todos viven sometidos a algún tipo de yugo, ya sea familiar, ambiental o los propios sueños que nunca llegarán a cumplirse.

Hablaba de la voz, pero también podría hacerlo de las dualidades. De ese juego de contrastes con un mismo actor. Daniel Tormo es Pablo y también Ángel; el maestro de escuela desubicado en un entorno atrasado en el tiempo y el maduro picaflor que se va a casar con Gertru. Otro tanto sucede con Maribel Bayona, que es a la vez Elvira, quizá uno de los personajes más complejos de la obra, dividida entre los sueños y la frustración por no poder alcanzarlos, y Gertru, que baja los brazos de la independencia para abrazar ese mundo minúsculo y reducido de posesiones y pertenencias que le ofrece Ángel. Unos y otros dibujan una ciudad en plena glaciación emocional, en la que los jóvenes solo pueden emanciparse repitiendo los mismos errores de las anteriores generaciones. Donde no hay lugar para estudiar una carrera o para estar simplemente sola. Donde tampoco (un acierto más de la adaptación) aparecen en escena las figuras adultas y, sin embargo, nunca dejamos de escucharlas por todas partes. Como cuchicheos, como voces en off; como una contaminación ambiental que penetra profundamente en los pensamientos de los personajes.

Los CRIT tratan con cariño el texto de Martín Gaite, lo que se traduce en un esfuerzo por poner en escena cada línea, cada salto de narrador, sin debilitar o adelgazar la novela. En un ir y venir de personajes, voces, altas y bajas pasiones que confluyen en lo reducido del escenario. Que colapsan, casi, cuando los actores consiguen derretir esa escarcha y explorar en escena los momentos de intimidad que los personajes de la obra, acaso, anhelan. Ese instante fatal entre Pablo y Elvira; esas confesiones entre Natalia y Julia; esa amistad difícil (pero amistad, pese a todo) entre Emilio y Pablo. En definitiva, esa manera de vestir las emociones de la obra de Martín Gaite sin caer en subrayados, aderezos innecesarios o efectos de una modernidad dudosa. Solo lo importante: la voz, el cuerpo y el esfuerzo por hacer accesible a la escena, y al patio de butacas, ese corazón que palpita tras las palabras de los personajes.

Creo que en cada obra de CRIT se aprende algo nuevo. A veces se trata de volver a los clásicos de la literatura valenciana para saber cómo darles una vuelta de tuerca; otras veces, cómo imprimir dinamismo, energía, a textos que están plagados de imágenes, iconos, etc. Con Entre visillos, vuelvo a las cosas elementales, tengo la sensación de que han sido más conscientes que nunca de la importancia de un texto dramático. De, casi, la obligación a la hora de ser transparentes con cada personaje, sin por ello dejar de enseñar sus partes oscuras, contradicciones y dobleces (pienso en ese Pablo que no sabe cómo despedirse del pueblo o en esa Tali, gran personaje, que queda como la encargada de recoger los adioses de todos los personajes que, de una u otra manera, se van para no volver). De saber cómo conferirles dignidad, dimensión y peso. Voz, una vez más, y presencia. Y esa es una de las habilidades de CRIT y lo que, a menudo, hace tan bonito su teatro: uno siempre los ve en el escenario, en todas partes, creando y compartiendo, interpretando y haciendo justicia a sus personajes. Poniendo a cada espectador en el lugar del drama, en la emoción de las palabras. Derritiendo, en definitiva, toda esa escarcha para ofrecernos a cambio su intimidad.

Fotografía banner: Miguel Lorenzo

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