George Meredith. Arriba y arriba, por Juan Jiménez García

El general Ople y lady Camper, de George Meredith (Ardicia) Traducción de Pepa Linares | por Juan Jiménez García

George Meredith | El general Ople y lady Camper

Quién sabe las razones, durante años hemos ido cultivando en nuestra cabeza un género literario. Es más, un estilo de vida. Seguramente la culpa habría que encontrarla más allá de los libros, en aquellas series británicas de los años ochenta, como Arriba y bajo o El magistrado inglés o, más tarde, en otras como Jeeves y Wooster. En fin. El caso es que este género sería profundamente anglosajón, terriblemente deudor de tardes más o menos soleadas y lecturas deliciosas, con té y galletas de mantequilla. Y el libro que ahora nos trae Ardicia, El general Ople y Lady Camper, participa en cierto modo de él. Aunque hay más cosas, cosas que lo hacen un libro muy particular, especial.

Para empezar, sí, tenemos aquellas viejas mansiones (señoriales, diría el general Ople), y aquella vieja aristocracia victoriana, pero a la vez que los tenemos nos falta una cosa, una cosa que en ese género del que hablamos siempre estaba ahí: los criados, la gente común. Están, pero no, ahí al fondo acaso. Esta no es una historia de clases sociales, sino de personas, y, por encima de todo (y no olvidemos que está escrito en 1890) una reivindicación de la mujer. No como señora de su casa (que sería también muy de la época), madre ejemplar, pilar fundamental de la familia. Ni tan siquiera como alocada jovencita que busca reivindicarse o reclama una suerte de libertad individual para alcanzar un futuro parecido a aquellos contra lo que se reivindicaba. No. Nada de eso. Lady Camper, una mujer alrededor de los cuarenta años (que presume de setenta), viuda de aristócrata, reivindica su independencia.

Wilson Ople es un general retirado a una edad no muy avanzada. Cincuenta y algo años. Es viudo y, junto a su hija, una jovencita entregada a su cuidado, encuentra una joyita de mansión a muy buen precio, que no duda de considerar señorial. Así pasa sus días dedicándose a la jardinería y a intercambiar impresiones con los habitantes del lugar de posición parecida. Hasta que un día llega, como decíamos, Lady Camper, ocupando la mansión de al lado, esa sí mucho más señorial, aristocrática diríamos, como ella. Pero Lady Camper no se prodiga mucho y no parece muy dispuesta a mantener una vida social que no le interesa. El general Ople, mujeriego, no puede evitar fijarse en esa viuda de mediana edad y una indiscutible belleza. Y así, entre unas cosas y otras, empieza un tira y afloja entre ellos (es un decir, porque la descripción exacta sería que una tempestad cae sobre el general Ople, sin que sepa ni dónde ni cómo cobijarse).

Ver a una mujer llevando por la calle de la amargura a un hombre en plena época victoriana, reivindicando cosas de un exotismo subido (abandonar los usos asfixiantes de la etiqueta, las palabra pomposas, viajar por el mundo, que es eso que está alrededor de la isla, mantener una relación honesta, sin juegos palaciegos, valorar el dinero en sus justa medida, ser responsable únicamente de sí misma), sin duda es todo un ejercicio de osadía en la escritura. George Meredith se concentra en esas relaciones humanas más allá de paisajes, campiñas, lagos, paseos a caballo y todas esas cosas a las que estamos acostumbrados (y bien acostumbrados: no renunciamos a ellos) cuando leemos las novelas de aquella época o sobre aquella época.

Con los tiempos y los medios de la comedia, con la precisión de un relojero suizo, Meredith nos ofrece una literatura fresca, jovial, hedonista si se quiere, con un enfoque completamente distinto de las relaciones de clase (no arriba y abajo, sino arriba y arriba), alrededor de dos personajes deliciosos, dignos de figurar en nuestra cuidada galería de tipos victorianos. Virginia Woolf, en el posfacio que acompaña a esta edición, acaba preguntándose cuál será el arte de una época verdaderamente democrática. Nuestro escritor, seguramente, no iba tan allá. Simplemente se interrogaba sobre cómo sería una vida con personas que realmente dicen lo que piensan y, horror, actúan en consecuencia con ello. Gran pregunta.

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Détour

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