Lo poco que sé de Glafcos Zrasakis, de Vasilis Vasilicós (Hoja de lata) Traducción de Ángel Pérez | por Óscar Brox

Lo poco que sé de Glafcos Zrasakis | Vasilis Vasilicós

En un modesto epílogo a un texto menor de Proust, Pierre Bergounioux describía la redacción de En busca del tiempo perdido como un asunto de coraje, no de inteligencia. De qué otra forma se puede abarcar, sino, la memoria de tantos años. Vasilis Vasilicós ha invertido varias décadas en la redacción de Lo poco que sé de Glafcos Zrasakis, auténtico work in progress construido en el curso del tiempo y los acontecimientos, como un fresco al que aportar nuevos matices mientras la pintura va secándose. Retrato de la Grecia sometida bajo la dictadura de los coroneles, narración del exilio y la producción literaria, la novela de Vasilicós aterriza en el mercado editorial de la mano de Hoja de lata, que colma con su publicación un pequeño gran hueco en torno a la obra del autor de Z.

Vasilicós, que vivió en sus carnes el exilio forzoso, comenzó a escribir su novela a partir de un par de viñetas que había dedicado a Glafcos Zrasakis en una obra anterior, como una ocasión para poner en limpio sus vicisitudes. Fruto de ello, su criatura acabó convertida en un temprano libro al que, poco a poco, se le empezaron a sumar nuevas páginas. Lo poco que sé de Glafcos Zrasakis narra una investigación, la que lleva a cabo su autor sobre la vida y la muerte de un escritor y el enorme recorrido literario que trazan sus escritos. Un ejercicio de mímesis, pues Vasilicós hace de su personaje un modelo a través del cual reflexionar sobre su propia experiencia, en una suerte de ensayo donde el relato abundante de toda una vida atrapa esa otra vida que se vive fuera de las letras. Así, Zrasakis narra la historia de un exilio y un vagabundeo que plasma en su inagotable producción literaria, en Italia, Bélgica, Estados Unidos, la RDA o la parte más delicada en la que Grecia se confunde con Macedonia. Un mapa más vital que geográfico, esculpido desde la literatura -por tanto, también desde la fantasía- y no tanto desde los hechos. Una aventura donde el inmovilismo pétreo de las estructuras políticas se transforma en evocaciones, tan sensuales como metafóricas, como aquella en la que Zrasakis describe el encuentro erótico entre un fotógrafo, una modelo y el brazo de una estatua en la cueva de Tiberio.

Por boca de su héroe, Vasilicós afirma que «la única forma de esperanza que hace a las personas seguir en la lucha es engañarse a uno mismo». Para describir una realidad a menudo postrada es necesario cultivar la metáfora. El peregrinar de Zrasakis, propio de una novela de espías, describe elocuentemente esa ansiedad del exilio y cómo la literatura actúa como un analgésico para la tristeza. No en vano, la Europa de los años 70 se prestaba a ello, sacudida por dictadores viscosos e impulsos reformistas que no daban con la tecla adecuada, nacionalismos e imperialismos, donde nunca sabías hasta qué punto las fronteras respondían a lo moral y no a lo ideológico. Cuanto más patética resulta la situación, más relatos, declaraciones, poemas encuentra nuestro protagonista, como ese dulce porvenir que preserva la cultura. Relatos donde un grupo de taxistas hacen el mejor balance posible de la caída de la junta militar, donde Zrasakis evoca su confinamiento durante un festival literario o donde las sombras de esa otra guerra frío se extienden sobre el futuro del escritor. Destellos, casi siempre deshilvanados, que Vasilicós une de un capítulo a otro, como partes de un mismo cuadro en construcción.

La habilidad de Vasilicós para trabajar a su protagonista le lleva a imaginar un improbable oficio de espía para la derecha radical antititista de la periferia yugoslava, en la que se agolpan los pasajes más irónicos del libro. Sin embargo, su autor, que también ha sido diplomático, hace de esa trama una inteligente reflexión sobre los extraños compañeros de viaje cuando se comparte el mismo dolor por el exilio. También una forma de asegurar una fuente de anécdotas a un héroe al que ni el periodo más siniestro de la política europea puede silenciar. Porque a Vasilicós le va la vida en ello; porque cada paso en la vida de Glafcos y su mujer de una punta a la otra de Europa es un paso que él mismo ha podido dar con su mujer en ese periodo de la Historia; porque su identificación ha llegado hasta tal punto que seguir viviendo junto a su héroe es como asegurarse de que todo lo que él mismo ha vivido por su cuenta permanecerá fresco sobre el papel.

En este juego de espejos, Lo poco que sé de Glafcos Zrasakis se erige más como testamento vital que como memoria del pasado, como artefacto para mantener vivas las constantes literarias de Vasilis Vasilicós que como libro de Historia para explicar la crisis que sacudió a Europa, como acicate ante la pasividad creativa que como alegato ante la pasividad política. Porque su autor sabe que cualquiera de esos gestos ya es de por sí político y no hace falta barnizarlo con una nueva capa, aunque se trate de una descripción de una bebida anisada como el ourzo o se explique el conflicto amoroso entre varias parejas escrito como si se tratase del circuito interno de una bomba. Todo en Glafcos Zrasakis responde a un impulso tan político como literario, parido desde el coraje y no desde la inteligencia, como un manual para el superviviente y para el exiliado; un texto, en forma de mímesis, al que Vasilicós no quiere poner fin porque sería como dar por concluida su razón de ser. De ahí la perseverancia de todos estos años, la humildad de su título (lo poco que sé…), la necesidad de un epílogo que añada otra palabra más a la cadena. Porque, ante una realidad postrada, y de eso también sabemos los españoles, siempre hay que continuar escribiendo. En ese ejercicio siempre hay un amplio margen para el progreso de la humanidad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.