Theodore Roszak. Historias del cine, por Óscar Brox

Parpadeo, de Theodore Roszak (Pálido fuego) Traducción de José Luis Amores | por Óscar Brox

Theodore Roszak | Parpadeo

A Theodore Roszak se le recuerda, principalmente, por ser el autor de El nacimiento de una contracultura, así como por ser uno de los observadores más atentos de los cambios sociales que se gestaron en los Estados Unidos. Cambios, revoluciones y, también, decepciones, en tanto que aquella rebelión de las clases jóvenes poco podía hacer contra un capitalismo de base tecnocrática que devoraba a toda velocidad los viejos sueños de libertad y comunidad que pudieron nacer al calor de la década de los 60. Ciertamente, Parpadeo es una novela que bebe, en buena medida, de aquellos tiempos, en cuyas páginas se puede vislumbrar una reflexión ecologista, una crítica al papel de la mujer de en la sociedad y, por supuesto, al control avasallador que los medios de producción imponían sobre las personas; en este caso, el cine entendido como mecanismo de propaganda subliminal destinada a construir un futuro negro. Algo que, con sus convenientes matizaciones (Parpadeo se escribió a principios de los 90), se ha cumplido con la eclosión determinante del Siglo XXI.

Lo interesante de Parpadeo, sin embargo, reside en la manera en la que Roszak describe la cruzada cinematográfica emprendida por su protagonista para llegar hasta el fondo del arte de un cineasta olvidado durante la resaca del cine clásico. Así, la novela comienza en una época en la que los modestos cine-clubs eran, a falta de un departamento de teoría fílmica lo suficientemente robusto, la mejor universidad para llevar a cabo una investigación en torno a aquellos cineastas y películas perdidos u olvidados por la mala conservación o desinterés de sus propietarios. Un tiempo, como evocaba Augusto Cruz en Londres después de medianoche, en el que el investigador universitario se convertía, prácticamente, en detective de películas, rastreando colecciones en pos del celuloide perdido. Por mucho que Roszak pronto convierta la historia de las películas de Max Castle en algo más. En un embrionario estudio sobre el cine como ente, como mecanismo capaz de alterar nuestra percepción y llegar hasta lo más profundo, calando, entre parpadeo y fotograma, y dejando una huella indeleble de su paso.

Como sucediera con los cineastas surgidos de la UFA, o con las producciones de Val Lewton, como en los textos de Siegfried Kracauer, Roszak convierte las películas, el arte, de Max Castle en una suerte de profecía audiovisual. En el anuncio de un horror, de un sentimiento, que contamina el metraje de películas insignificantes hasta invadir al espectador. Puro desasosiego. Angustia. Vértigo ante las imágenes. En definitiva, un mecanismo de control social que su autor utilizará como metáfora para trazar un paralelismo a propósito de las derivas, contradicciones y fracasos acaecidos en el seno de la cultura estadounidense durante la segunda mitad del Siglo XX. Sobre todo, con el surgimiento de la televisión y su capacidad de difusión/distorsión masiva sobre la comunidad.  Lo que no quita que, en esos primeros compases de la novela, Parpadeo devenga un bellísimo ejercicio de reconstrucción cinematográfica en torno a una época que aún hoy permanece entre lagunas y olvidos. En la que las imágenes pesadillescas de Max Castle evocan aquellas otras que parecían presagiar el auge del nazismo y el brutal proceso de aculturación vivido entre guerra y guerra. Y que Roszak se las apaña para vehicular a través de sectas nigrománticas, cátaros y ejercicios de poder con el fin de alcanzar un apocalipsis que, visto lo visto, sería televisado.

Orson Welles o John Huston son personajes secundarios de la novela, también una especie de sosias de Pauline Kael y Susan Sontag, el único personaje femenino al que Roszak concede entidad y desliga de la figura del hombre, feminista insurgente y autosuficiente. Por el camino, Parpadeo coquetea con la mítica en torno a películas como Sátanas y El halcón maltés, dibuja en sus imágenes los presagios de un apocalipsis y anuncia, bajo la figura de Simon Dunkle (el personaje secundario de la otra mitad del libro) el grado de abyección cultural que asomaba bajo tantas promesas vanas y frustradas. El bofetón, la arcada y la constatación brutal de una transformación social imparable; seguramente, a mucho peor. Todo ello, mientras un eficaz relato que navega entre la investigación detectivesca y el terror se abre camino en la novela, entre la costa californiana y las montañas francesas, los cines de medio pelo de reestreno y los complejos cerrados a cal y canto en los que los huérfanos de la tormenta enseñan a sus discípulos las técnicas de edición, iluminación dividida y otros trucos

En cierto modo, a Parpadeo le sucede como a Mao II, de Don DeLillo. Roszak nos traslada la impresión de que una nueva narrativa ha surgido con tal ímpetu que no tardará en colonizar la ya de por sí endeble cultura social. Hasta el punto de alterarla completamente. De ahí que, en vez de metáfora, quepa hablar de alegoría. No en vano, Roszak pone su empeño en leer aquellas imágenes desasosegantes como signos de lo que estaba por venir. Eso que tantas teorías, burlescamente definidas en la novela como neurosemiología, no alcanzaban a cuajar entre palabras de nuevo cuño. Un horror primitivo, visceral, inconquistable. Escondido entre colas de cine, empalmes toscos e imágenes basura. Esa última imagen que cierra la novela, la de una película que desaparece nada más proyectarse, pero cuyo efecto permanece, indeleble, en nuestro interior.

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Détour

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