Biografía de una idea y otros relatos, de Sigismund Krzyzanowski (Ediciones del Subsuelo)  Traducción de Marta Sánchez-Nieves | por Juan Jiménez García

Sigismund Krzyzanowski | Biografía de una idea y otros relatos

Qué extraña vida la de Sigismund Krzyzanowski. Podríamos decir que una vida soviética, una precoz vida soviética. Venía de la nobleza polaca (pequeña nobleza polaca, dicen) y acabó de redactor de la Gran Enciclopedia Soviética. Entre medias, estudió matemáticas, astronomía, filosofía, los clásicos, lenguas (conocía siete). Se hizo abogado, dejó de serlo. Hombre de teatro, libretista de óperas, guionista de cine,… Un ataque de tétano acaba le hace perder el uso del alfabeto. Como una broma, muere un 28 de diciembre, a los sesenta y tres años. Y como esa broma, no se sabe ni dónde está enterrado. Pero la mayor broma, es que su obra personal, cerca de tres mil hojas, permaneció inédita e incompresible para sus camaradas. Y tuvieron que pasar muchas décadas, otros hombres, otros sistemas y hasta otros países para volverlo a encontrar. Ediciones del subsuelo publicó ya otro de sus libros de relatos, El club de los asesinos de letras. Y ahora este Biografía de una idea y otros relatos. Y esa es la buena noticia, porque estamos ante un escritor singular (por si no se había entendido aún), con una narrativa trepidante capaz de materializar la abstracción en concreción, todo con una ironía, con humor singular.

Pensemos en una idea. En una Idea que acude a la cabeza de un viejo filósofo, un Sabio, que no sabe muy bien qué hacer con ella. La Idea se pone a recorrer mundo por su cuenta. Se va por ahí y acaba en otros sitios, buscando el necesario acomodo. Porque las ideas necesitan establecerse, encontrar un sentido a su vida. O en un vendedor de sistemas filosóficos. Un hambriento vendedor de sistemas filosóficos que a cambio de comida, te puede dar al menos algún que otro aforismo, a utilizar convenientemente llegada la ocasión precisa. Pensemos en el señor Kunz, que vivía en una ciudad alemana que tenía solo dos cosas interesantes: el teatro que él mismo dirige y una estatua de Schiller. Pensemos en un drama jamás encontrado del susodicho Schiller. Por supuesto, aunque nadie lo ha leído, es su mejor obra. Kunz sueña con él, pero cuando la propia estatua se materializa para dárselo, no está a la altura de tamaña broma del destino. Y luego, otro relato. Todos esos amantes metidos en la pupila de ella. Todos esos hombrecillos encontrándose, como una reunión de viejos amigos o enemigos. O ese empleado en el gabinete de peritos judiciales, análisis gráfico, al que de repente los pequeños puntos de tinta se le convierten en ciudadanos de un nuevo mundo, del que incluso puede formar parte con el más alto rango y honores. En fin, ese poeta, y sus problemas con las palabras, en un bosque.

Todo eso son los relatos de Krzyzanowski. Y ya sería mucho, pero son el punto de partida, disparaderos de una imaginación desbordante, de la construcción de discursos trepidantes en los que las cosas y los pensamientos toman partido, divertidos ejercicios de una cierta gimnasia del pensamiento, que se leen como nada y se quedan ahí, dando vuelas, como esa Idea del primer relato. Y sí, qué duda cabe que hace cien años no debían saber muy bien qué hacer con ellos. Falta del sentido del humor, de la aventura, de la paradoja, de todo en general. Y ni tan siquiera algo soviético, sino universal. Y no es que ahora sea muy diferente. Pero mientras lo pensamos, lo mejor es leerle, perdernos en ese otro bosque fantástico.

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