Gokumon-Tō. La isla de las puertas del infierno, de Seishi Yokomizo (Quaterni) Traducción de Ismael Funes Aguilera | por Juan Jiménez García

Seishi Yokomizo | Gokumon-Tō. La isla de las puertas del infierno

La importancia de Seishi Yokomizo en la literatura policiaca japonesa es prácticamente fundacional. Es inevitable escribir de él cuando uno trata del género en aquel país y es también inevitable encontrarse con su obra de algún modo, bien sea a través de sus propios libros (aquí en España ya se editó El clan Inugami) bien a través de la infinidad de adaptaciones que ha tenido su obra, al cine o la televisión (muchas de ellas dirigidas por Kon Ichikawa). Por eso, la edición a cargo de Quarterni de una de sus novelas fundamentales, Gokumon-Tō. La isla de las puertas del infierno, es un acontecimiento que cualquier amante del género no debería dejar pasar.

Protagonizada por su personaje más famoso, el detective privado número uno Kosuke Kindaichi, Yokomizo construye, para deleite del lector, una novela que abraza todo lo mejor del género, en su vertiente occidental, y le añade un toque muy personal, muy japonés, al trasladarlo a las rigidices de las sociedad japonesa, no como elemento decorativo o funcional, sino como columna vertebradora de la trama. Una columna que sostiene en un perfecto equilibrio todos los elementos. Kindaichi no es ese detective omnipresente y egocéntrico por el que pasa toda la trama, sino más bien un atento observador, un testigo que se pregunta, que intenta que todo encaje, mientras deja la vida pasar.

Nuestro protagonista llega a la isla de Gokumon-Tō (literalmente, la puerta del infierno) con malas noticias. La guerra ha acabado, Japón ha perdido, y la desmovilización trae igualmente a los muertos. Kindaichi lleva consigo la carta de uno de ellos, su compañero Chimata, hijo de uno de los patrones de la isla, el antaño todopoderoso Kaemon, patriarca de la familia Kitō y muerto él mismo recientemente. La isla, que fue en su tiempo (y aun hoy en día) refugio de piratas, es un ecosistema cerrado en el que esta familia y una rama opuesta (los otros Kitō), lo son todo. Ellos y las tres personas a las que debe ser entregada esa carta: el abad, el alcalde y el médico. Queda otro hijo por volver, del que solo se tienen esperanzadoras noticias, pero nuestro detective no deja de darle vueltas a las últimas palabras de Chimata, pidiéndole que proteja a sus hermanas. Pero ¿por qué? No tardará en saberlo. Poco después de su llegada se sucederán unos extraños asesinatos en un ambiente enrarecido.

La habilidad de Seishi Yokomizo ya no está en construir una impecable trama llena de misterio, velocidad y precisión, sino en ser capaz de hacerlo en una obra coral en la que todos los personajes tiene su cuerpo, su forma. Como toda buena novela policiaca, construye a la vez un retrato de su tiempo a través de aquellos que aparecen, aunque sea fugazmente, a la vez que todos aportan su granito de arena, su pieza de puzle-enigma. El manejo de los tiempos y de las entradas y salidas en escena es fascinante, y ese es su ritmo, sin recurrir a tiempos muertos ni momentos de relleno. Deliciosa, ligera, con su toque de humor, es un plato de factura impecable. El escritor japonés logró la alquimia perfecta de oriente y occidente, para ofrecer otra cosa que no renuncia al clasicismo ni a instalarse en una tradición ya construida de la novela de detectives. Una tradición en la que desde occidente hemos renunciado demasiado deprisa a la narrativa asiática. Hasta que empezaron a llegar recientemente las novelas de gente como Yokomizo o Seicho Matsumoto. Y que sigan.

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