Viaje a una sala de fiestas y otros escritos dispersos (1952-1959), de Rafael Azcona (Pepitas) | por Juan Jiménez García

Rafael Azcona | Viaje a una sala de fiestas y otros escritos dispersos (1952-1959)

Los libros de Rafael Azcona deberían ser inagotables. Deberían estar saliendo textos suyos de cajones y trasteros hasta el final de los tiempos, para que podamos seguir leyéndole siempre, en esas ediciones de Pepitas, que justamente es su editorial (no siempre los libros están en la editorial apropiada, pero qué mejor lugar para él que este). Viaje a una sala de fiestas y otros escritos dispersos (1952-1959) es precisamente la reunión de la obra de Azcona que andaba dando vueltas por los más diversos lugares: desde la revista femenina Acción Católica, hasta la revista de decoración Arte-Hogar, pasando por el diario sindicalista Pueblo, la revista fascista Arriba o el suplemento literario de la revista Berceo, Codal. Estamos en la década de los cincuenta y el escritor no tiene ni treinta años o poco más, según el momento. Podemos pensar en todo esto como una cuestión alimenticia, y bueno, obviamente era una cuestión alimenticia, que se escapaba de su trabajo en La Codorniz. Pero, ¿es así? No. No del todo. Primero aquí encontramos las semillas de otras obras e incluso de películas, hechas o por hacer, tanto con Berlanga como con Ferreri, como con nadie. Después, pese a todas las buenas intenciones que pudiera tener, Azcona siempre acababa frecuentando ese universo suyo que, después de todo, no sería la España a mostrar pero si la España que veía él, que era la que estaba por todas partes.

En su prólogo al libro, Santiago Aguilar nos habla de la censura, y de cómo no todo estaba en sortearla, lo cual nos puede dar una visión “simpática” de los hechos e incluso tomarla como una motivación para una escritura más depurada, quién sabe. De cómo esto es un completo error, porque a la vista de lo que salió obviamos lo que no salió de ninguna manera. Todo aquello que se perdió. No, la censura nunca es algo alegre. Sin embargo, aún siendo esto cierto, al leer el libro me asalta precisamente un extraño sentimiento: los textos de Azcona siguen teniendo una mordacidad terrible, y los censores debían ser bien poco espabilados (y ya no hablemos de los lectores de revistas como aquellas donde aparecieron). Porque su relato sigue siendo el mismo, y la mala leche se le escapaba por todos lados. En media distancia o en unas líneas. Cualquier momento era apropiado para que su universo de construyera, pasara fugazmente y nos dejara ese poso de humor negro tenido de blanco.

Viaje a una sala de fiestas es un estupendo ejemplo. Su descripción de precisamente eso, una noche de fiesta de un grupo experimental de españoles medios, no deja de ser un retrato de una España triste, gris hasta decir basta y absurdo hasta ser una película de Berlanga. Pero es que eso era lo que había y no es extraño que el editor lo haya incluido junto con textos evocadores de la vida del autor. Tal vez la diferencia sea que esto no va sobre Plácido o un verdugo, sino sobre todos los personajes secundarios de Plácido y el verdugo, sobre sus vidas, no tan ejemplares, pero igualmente desmochadas. Son, como dice el título de otra de las secciones en las que está dividido (y prologado) el libro, Vidas ejemplares, pero menos. Colecciones de dardos, de patadas en la espinilla al régimen. Un régimen (y una censura) que, enfrentada a estos relatos, poco debía poder hacer, porque parecían siempre escritos en un país inexistente (y así era) habitado por seres de otro mundo (todo los habitantes de ese país inexistente). Rafael Azcona se debía reír mucho. Espantado.

Esos enamorados, esos viejos cabreados, esos pobres por todos lados, no son su universo, sino aquellos habitantes de su presente que, apartados de todo lo demás, como las piedrecitas de las lentejas, nos revelan la verdad de un país existente, que no se podía censurar a riesgo de cortar con las tijeras cabezas humanas y otros apéndices. Mirar para otro lado es mirar para otro lado, pero si todos los lados tienen lo mismo, acaba por ser complicado. Y ahí Azcona se movía como nadie, entre los límites y lo limitado de los otros. Igual escribía un texto breve que un reportaje aún más breve, y entre medias te hacía una obrita de teatro. Y la vida avanzaba, mal, pero avanzaba, porque hasta arrastrándose es posible moverse. Rafael Azcona se murió. Y hasta Franco se murió. Y España sigue ahí, a veces extrañamente identificable en otras décadas muy pasadas. Debe ser algún tipo de esencia. Lo cual nos viene a demostrar que España no está presente ni en trapos de colores, ni en himnos vejestorios, ni en todo ese variado surtido de chucherías que nos intentan vender una y otra vez. Si ser español está presente en algo, es  en los escritos de Azcona.

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