La derrota, de Pierre Minet (Pepitas)  Traducción de Julio Monteverde | por Juan Jiménez García

Pierre Minet | La derrota

Leí La derrota hace algunas semanas. Si hubiera escrito sobre él entonces, golpeado hasta lo más profundo, hubiera escrito otra cosa. También en un futuro. Hay que decir que La derrota no es el libro de un instante, sino de una vida. También la nuestra. Y que se queda ahí, como el recordatorio de algo que no pudo ser. Que no pudo ser también en nosotros. Tras leerlo, le escribí a Julio Monteverde, autor de la traducción y el prólogo. Tenía algunas preguntas apresuradas. Después viajé, me fui lejos (lejos para mí, que no he estado en ningún sitio), volví, me perdí, volví a encontrarme y a perderme. Y siempre La derrota estaba ahí. Escuchaba, mientras tanto, un programa de la radio francesa sobre Minet. Ya prácticamente lo he memorizado, aunque no podría contar nada de él. Y pienso ¿por qué estoy hablando de mí? Y tal vez la respuesta es que este es un libro sobre nosotros. No sobre todos nosotros, si no sobre unos pocos de nosotros. Y es que podemos pensar que es un libro sobre la libertad. La libertad absoluta. Eso a lo que aspiramos. Pero tal vez sea un libro sobre la traición, que fue aquello que conseguimos.

Quién sabe por qué, la traición es una palabra en la que no pensé en un primer momento. Pensaba en Los cuatrocientos golpes, de François Truffaut (esas extrañas relaciones), y en esa escena final. En vez de Jean-Pierre Léaud corriendo por la playa hacia un futuro incierto, pero libre, corría Pierre Minet hacia Antonin Artaud, libre de su propia libertad. No corría hacia el futuro, porque escribía desde ahí. La derrota es la vida de un joven libre de diecisiete años escrita por otro hombre que se llama igual que él y que es él, quince años después. No es un ajuste de cuentas (qué expresión tan horrible, tan llena de balas y sangre… y venganza), sino una especie de… no sé. Escribir en un papel algo muy íntimo que ya no nos pertenece, que ya ni tan siquiera queremos, entre las grietas de una pared cualquiera, en la esperanza que eso pueda hacer que lo olvidemos todo.

Pierre Minet nace en una familia acomodada. No lleva una vida difícil y, como suele ocurrir, solo le piden que sea un hombre de provecho. No podemos decir ni tan siquiera que lo intente. Tiene dieciséis, diecisiete años, y todo trabajo, todo esfuerzo por ser alguien, cualquiera, es refractario a él. Nos encontramos en Reims, que no es París, y allí las cosas suceden a otro ritmo (un ritmo que no le interesa demasiado). Entre tanto, entra en Acción francesa, un grupo que entonces era de derechas y hoy sería de ultraderecha, si es que caben esas sutiles distinciones. No, nuestro hombre no pensaba en la revolución, precisamente. De hecho, es en una manifestación de este grupo cuando conoce a dos personas que le cambiarán la vida: René Daumal y Roger Gilbert-Lecomte. Algo mayores que él (pero no mucho) lo ven ahí, un jovencito provocador en un grupo reaccionario enfrentado a los manifestantes del 1 de mayo. Ellos, con otros, forman Le Grand Jeu, grupo de inclinación surrealista sin saberlo (vía Artaud, tal vez ese poco que les une). Y lanzarán sobre él una losa, una primera cosa que traicionar: para ellos será un nuevo Rimbaud. Un papel que no podrá nunca asumir.

Minet se marcha a París con argumentos parecidos a los de tantos otros. Allí será alguien. Su padre le cree. También sus fugaces camaradas de Acción francesa. A todos, por supuesto, traiciona, porque él, en realidad, no quiere ser nada, no quiere hacer nada. Da igual el trabajo. En una editorial, en cualquier sitio. Prefiere la miseria más absoluta, sacar dinero de aquí y de allá, como un Maurice Sachs cualquiera, y vivir por las calles o donde buenamente pueda. Mientras otros escriben sobre la libertad, él es libre. No, no será nunca Rimbaud sino, tal vez, el sueño de Rimbaud. Conoce a todo el mundo nocturno parisino. Está en todos los lados sin pertenecer realmente a ninguno. No será capaz de escribir mucho, aunque lo poco aún llame en algo la atención. Su primera obra tiene un título casi premonitorio: Circoncision du cœur. Con todo, allá a lo lejos, sigue su padre. Otra traición más sobre la que se construye su relato. Esa relación que lejos de ser sobre el amor y el odio, es sobre un aprecio incapaz de sobrevivir a esos impulsos salvajes, gloriosamente salvajes, de Pierre. Definiciones de sí mismo: malcriado, sin ningún oficio, pero con encanto y buena voluntad. En algún momento dice lo que seguramente mejor le define en aquellos años: dejarse ir.

De cuando en cuando vuelve a Reims y se encuentra con Gilbert (Roger Gilbert-Lecomte) y Nathaniel (René Daumal). Y con su padre. Pero no. Solo logra entender que le resulta imposible trabajar y que su lugar está en la calle. Abandonad, si hace falta, una vida acomodada, aquello que os presentan como una situación con porvenir. Lanzaos a los caminos. Lo hace. Lo hizo. Las calles de Montparnasse son sus caminos. Allí encuentra todo y no tiene nada. En los cafés encuentra el aire puro que necesita para respirar. Reniega de lo cotidiano para vivir en lo extraordinario. Pierre Minet no quiere escribir sus memorias. Tampoco su diario (llevó un diario). La derrota es un libro singular porque lo es todo sin pretender ser nada. Y porque forma parte de un instante decisivo: aquel que enfrenta a uno mismo con el que fue. Pero ¿por qué tantos años después? El libro empieza en ese punto. Gilbert y Nathaniel han muerto (destruidos por sus propias elecciones). Con ello se abre La derrota.

Deberíamos dedicar un tiempo a mirar las escasas fotografías de Pierre Minet… También las de sus compañeros. Todas las ilusiones y desafíos del presente y aquello que quedó. Cuando muchos años después de su publicación escribe Génesis de La defaite (incluido también esta edición), aún parece más furioso con aquel otro que fue. Intento recordar algo que dijo en algún momento de su vida… algo así como que el actor de escribir no le producía ningún placer. Que su placer venía del hecho del deber cumplido. Y ciertamente, este libro es la máxima representación de esa idea, de ese deber cumplido. Con él, toda una constelación de sentimientos encontrados giran en nuestra cabeza. Si el libro ha sido un fascinante canto a la libertad por encima de la comodidad, la parte final es un torbellino de emociones. Encuentra el amor y, contemporáneamente, la enfermedad. Todo se precipita hacia un final, el momento cero. Ha corrido hasta el último aliento, ha sobrevivido y traicionado todo. Antes que todo, a sí mismo. Desaparece. En sus palabras, quedó atrapado. La muerte de sus amigos le liberó de sus cadenas, pero aquella Génesis solo demostrará que no pudo escapar del todo.

Debería acabar aquí. Nada reemplazará la lectura de este libro extraordinario sobre un hombre. Podría añadir qué fue de Pierre Minet, si logró librarse de sus fantasmas. En realidad, nunca pensó en todos aquellos cambios como una derrota, sino más bien como una liberación. Hay algo tremendamente confuso en su vida, por lo que la derrota sería una victoria. Y sin embargo… De ese combate consigo mismo quedo este libro extraordinario. Si aquellos días, si aquel joven, marcaron su vida, La derrota, que pretendía ser una manera de olvidar todo a través del recuerdo, no le abandonó ya. Como tampoco nos abandonará a nosotros.

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