El origen del mundo, de Pierre Michon (Anagrama). Traducción de María Teresa Gallego Urrutia | por Óscar Brox

Pierre Michon | El origen del mundo

En su prólogo a la doble edición de Mitologías de invierno y El emperador de Occidente, Ricardo Menéndez Salmón describe a Pierre Michon como una suerte de gestor de la belleza. En esa descripción está presente una idea de tiempo, de paciencia, de cuidado (en el sentido en el que Michel Foucault hablaba del cuidado de sí); no en vano, Michon fue un escritor tardío, como Melville, que no publicó sus vidas minúsculas hasta pasada la treintena. Y, sin embargo, uno acude a su literatura en busca de un lugar, de un paisaje, casi, de una ligazón. El lugar puede ser una región del macizo central francés o de la Dordoña; la ligazón, ese momento en el que se vislumbra el final del viejo mundo. Cuando los dioses, o los mitos, les entregan la tierra, la carne, las pasiones a los hombres.

Michon se caracteriza por su escritura breve, por la exigencia para con un lector al que no quiere soltar hasta que no alcance la última página de su obra. De una obra que bebe de la liturgia, de lo divino o lo mitológico, pero que su autor no duda en desdramatizar: más que de trascendencia, la suya es una cuestión de magnitud. De esa grandiosidad con la que la literatura se acerca a conceptos más bien filosóficos. En este sentido, El origen del mundo nos acerca hasta Castelnau, en la Dordoña, entre los afluentes fluviales y la corriente del Beune como imagen que afecta a las vidas de los protagonistas. Que protege, que prácticamente blinda, al pueblo, frente a la mirada primeriza del narrador recién llegado al lugar.

De nuevo acude el encantamiento, la fascinación por un entorno rural que Michon describe desde sus contornos fantásticos. Como una ensoñación, dominado por esa naturaleza que corre salvaje a su alrededor. Frente a la precisión de geógrafo de un Julien Gracq, Michon se acerca a los ritos, a los ritmos, que marcan la convivencia en el pueblo. Habla de las profesiones, de las genealogías, de los espacios, como la posada de Hélène, y de esos rostros embrujados por unas mitologías afines al lugar. Al sexo. A la condición humana. A esos hombres que encarnan la depredación y la sangre y a esas mujeres que recogen la maternidad y la belleza del mundo. Y que Michon descompone en Hélène e Yvonne. En esa mujer cuyo lugar es la posada, la casa familiar, el recogimiento maternal, frente a esa otra cuyo deseo ardiente, cuya belleza, es un lugar en sí mismo. Allí donde el narrador quiere ir a parar.

Michon aúna lo culto con lo terrenal, lo sublime con lo grotesco. Y como en El rey del bosque, se sitúa en la linde de esas emociones para explicárnoslas al oído, para contarnos lo que ve, lo que le fascina, lo que permanece imborrable en su memoria, lo que se impone al ruido del agua corriendo por el cauce del Beune. De ahí esa sensación de revelación continua, de un mundo que se despliega frente a nuestros ojos mientras, al mismo tiempo, el viejo mundo que ha cobijado durante tanto tiempo, agoniza. Es la belleza original, el deseo original, la pasión original, lo que Michon captura a cada instante, a medida que su protagonista se ve envuelto en los ritmos de la vida en Castelnau. Es la maravilla, la misma que habita en las cuevas de Lascaux, la que trata de imprimir a cada pasaje, a cada paisaje, a la intensidad con la que las vivencias se abren paso en la narración.

El origen del mundo es, como tantos otros relatos, un acercamiento elíptico a la Historia. Michon es el artista de las vidas minúsculas, de los personajes insignificantes que, sin embargo, aprovechan el privilegio de la invisibilidad en favor de su virtud como narradores. Como ultimísimos testigos de esa porción de Historia, de mitología, de experiencia emocional, que vive sus últimos parpadeos antes de colapsar. Como herederos de ese otro mundo, el nuevo, que crece bajo las cenizas del viejo. Como depositarios de una belleza que las palabras de Michon no solo preservan, sino que también dotan de volumen. De magnitud. De poder. Como un hechizo o un encantamiento. Y que, en definitiva, nos someten a la fuerza de ese paisaje, olvidado y minúsculo, en el que la vida se abre camino.

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