El colgajo, de Philippe Lançon (Anagrama). Traducción de Juan de Sola | por Óscar Brox

Philippe Lançon | El colgajo

A menudo, el tratamiento informativo de determinados sucesos despierta una oleada imparable de hipocresía social. Sin ir más lejos, el atentado contra el semanario satírico Charlie Hebdo activó, por unos días, la conciencia moral de un puñado de mandatarios que, en circunstancias normales, no se habrían acercado (menos aún, llorado) a las páginas de la revista. Más que compasión o carga moral, aquel grotesco desfile era la explicación más palmaria de una Europa que no ha dejado de sorprendernos desde entonces: la misma que habla de Comunidad, pero vigila continuamente sus fronteras; la de Lampedusa, Lesbos o Calais; la de La Liga Norte y el blanqueamiento de la extrema derecha; o la de los consejos para maquillar la precariedad, tanto económica como social. Todo ello, huelga decirlo, el verdadero caldo de cultivo para fomentar más desigualdad y odio.

Mientras alguien subasta en Wallapop o eBay la memorabilia de aquellos días, Philippe Lançon escribe el informe transparente de lo que sucedió. O de lo que se perdió. O de lo que se transformó, irremediablemente, en otra cosa. Las pérdidas son las conocidas: Charb, Cabu, Wolinski, Tignous, Bernard Maris, Elsa Cayat… El corazón, el pulmón, el cerebro o, simplemente, todos los órganos que mantenían con vida Charlie Hebdo. Lançon recuerda casi todo. El momento antes de que los asesinos irrumpan en la sala, la falta de tiempo para reaccionar del guardaespaldas de la publicación, los heridos y los muertos y fin. La imagen le perseguirá y nos interrogará durante su largo proceso de recuperación de las heridas provocadas por el atentado. Será un fantasma, un residuo, una anémona o, definitivamente, ese colgajo que, entre gasas y cánulas, concentra la evidencia de un dolor, de una herida y un daño.

Capítulo a capítulo, Lançon va y viene por sus recuerdos. Y uno tiene la sensación de que se habla, de que se intenta rescatar una idea de cultura hecha añicos. De una Francia que ha perdido la esencia de la República porque la izquierda también ha perdido su norte. De esa misma Francia a la que Houellebecq somete, en Sumisión, en clave de ucronía social, sobre la que Lançon no deja de volver una y otra vez, intuyendo que bajo el poder de la sátira se agazapa la lectura moral de nuestro tiempo. O de esa otra Francia que le inculcó unas lecturas de juventud, unos nombres que lo acompañarán como remedios familiares contra el dolor del alma: ya sea ese Proust que funcionará como viga maestra de algunos capítulos o la rectitud humanista de Libération, el otro periódico de Lançon, en el que el autor publicará el primer texto tras el atentado.

Lançon recuerda su primer matrimonio, su identidad cosmopolita, la familia y los aires cubanos, su relación con otra mujer, las dificultades logísticas que provoca su convalecencia hospitalaria, ese futuro en Nueva York cancelado por el ataque, el roce de la Beretta de uno de los policías que custodia su habitación en el hospital, los nombres y los rostros de cada cirujano, médico, camillero, anestesista y funcionario que desfila por las páginas del libro. En especial, para esa Chloé, encargada de su reconstrucción facial, que se convierte en una presencia total en la obra. A su manera, en un contrapeso que libera al autor de la carga y el dolor del atentado. Por mucho que jamás eluda la delicada posición en la que ha quedado: ya no es, ya no puede ser, aquel Philippe Lançon. Esa identidad, en fin, se la han arrebatado del mismo modo que a sus compañeros les quitaron sus vidas. Quedan las cicatrices y las promesas; por ejemplo, la de volver a masticar alimentación sólida. Pero algo importante se ha perdido para siempre.

En este sentido, resulta encomiable la dignidad con la que Lançon enfoca cada tema, sin depositar la culpa en sus verdugos y sin renunciar al sentimiento de extrañamiento que no solo sus heridas exteriores, también las interiores, le producen al volver sobre los acontecimientos recientes. Algo ha hecho crac, quebrándose más allá del optimismo, y queda tan solo el complejo ejercicio de aceptar. El cambio, la transformación o la irreversibilidad de lo sucedido. Y, asimismo, el tiempo que queda, en el que todo seguirá igual y, sin embargo, nada volverá a ser lo mismo. Tarde o temprano dejará de necesitar la pizarra portátil para formular las preguntas más básicas, volverá a reinsertarse en su cotidianidad y huirá de tubos, sondas, cánulas, inyecciones y extracciones como la clase de rutina hospitalaria que nunca tiene fin. Pero quedará esa mácula, ese agujerito casi invisible, como señala el propio Lançon, que no termina de cerrar. Y que, más allá de ahogarlo en la pena, le conmina a reflexionar sobre el vértigo de unos sucesos que nos han pasado a todos por encima. Porque después de Charlie Hebdo vendrán Bataclan o Barcelona o tantos otros fuegos culturales que se quedarán en un dato para la Historia más cruel.

Con El colgajo sucede como con Si esto es un hombre…, uno lee, incluso escucha, las reflexiones de los autores advirtiendo, no obstante, cómo cada capítulo excava en la conciencia moral de la sociedad. Sin voluntad aleccionadora ni, menos aún, revanchista. Philippe Lançon desnuda sus heridas al lector, pero a cambio también le regala una perspectiva y una profundidad sobre su entorno y sobre la cultura que debería conducirle, conducirnos, a una reflexión más pausada. Porque igual que hay heridas que tardan en curar o que dejan una cicatriz ostensible, hay conflictos culturales, con sus respectivas necesidades y elecciones, que nos invitan a cambiar nuestra forma de actuar. Durante todo el libro, Lançon agita la necesidad de ese cambio, de esa acción, recordándonos todos esos tesoros, de Proust a Bach, que el tiempo ha convertido en parte de su organismo. Y lo justo es observar de qué manera eso se traslada, en plan lectura ampliada, a nuestras sociedades contemporáneas, cuando la herida del terrorismo o de lo aparentemente inexplicable nos obliga a replantearnos el espacio que ocupa la cultura.

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