Vida en el jardín, de Penelope Lively (Impedimenta)  Traducción de Alicia Frieyro | por Almudena Muñoz

Penelope Lively | Vida en el jardín

Vista la antipatía que demuestra Penelope Lively por antropomorfizar las plantas, busco qué especie le correspondería por seguir en activo, esbelta y lúcida, a sus ochenta y seis años. Dejando de lado algas y organismos que más parecen medrar por toda la eternidad en la tierra que pasar por ella, suena apropiado un magnolio o un cornejo florido, que puede superar los cien años de edad. Fuerte como un roble: esta especie alcanza los trescientos años, de modo que tampoco es equivocado, aunque tópico, dedicarle esa admiración a la escritora.

Pocas plantas y árboles viven más allá del siglo, como los jardines y el éxito de los libros (no hablemos ya de las flores de uno o varios días, de las historias que van y vienen). La memoria es el único fertilizante para aquellas dos últimas cosas, y Lively nos indica que también un poco para la vegetación que nos rodea. En cuanto nos olvidamos de ella, crece desbocada, se rebela contra las construcciones humanas y enterraría para siempre ejemplares cruzados por artificio.

Vida en el jardín se despliega como un cuadernos de recuerdos antes que ser un ensayo exhaustivo acerca de los jardines descritos en las más famosas novelas y que cultivaron sus autores en algún terruño, más o menos burgués o aristocrático. Al no partir de esa intención, el librito es humilde y ligero, un tipo de enredadera que el editor no quiere podar porque es longeva, admirada, persistente. Tal vez ni siquiera Penelope Lively sabe si ha escrito sus memorias, un breve comentario sobre el estado del Reino Unido a través de su naturaleza, o un tratado sobre sus flores favoritas. Le ha salido el jardín inglés de sus amores, salpicado de especies distintas, muchos nombres latinos, un rinconcito para la lectura; silvestre y caprichoso.

Penelope Lively no cultivaría muchos jardines de ficción, pero las portadas de sus novelas lucen flores silvestres y bulbos extraños. Cojo uno de sus libros del estante (la novela infantil A Stitch in Time) y no hace falta hojear mucho antes de toparse con una referencia a una encina y el rotundo comienzo de capítulo «El jardín, como descubrió al día siguiente, tenía posibilidades». Tal vez no para la escritora, que no vuelve a ese escenario páginas más adelante ni siente la necesidad de compartir con el lector su afición de jardinera y su extensa documentación sobre tipos de begonia y enfermedades de las fagáceas. El desquite en Vida en el jardín quizá sea más personal que literario, y por eso abundan los juicios sobre los libros que le gustan poco y mucho, las costumbres inglesas y los hábitos de jardinera.

Para quien no cultive más que un poco de albahaca en la cocina, la pasión de Lively puede resultar desmedida o contagiosa. Así oímos hablar a nuestros mayores: a veces revelan un capítulo fascinante de sus pasados, otras repiten ocurrencias de columna dominical. Incluso esa flaqueza, de serlo, es un reflejo más de la vida de jardín. Las pequeñas parcelas adosadas a las casas de campo y ciudad pueden encerrar rosaledas y setos milimétricos, o pilas de hiedra y cacharros oxidados; son la concha de nuestras vidas como parásitos en lugares de paso.

Me admira la variedad de nombres que se concentran en un mismo párrafo para describir unos pocos metros cuadrados de verde. Zinnias, geums, asteres, eléboros, clemátides; palabras que quedan en el papel como un jardín francés de setos en hilera y en el oído suenan a ramo de prado, aún húmedo. Es tan curioso como lamentable que sólo tengamos nombre para aquellas especies que crecían en la tierra cuando el lenguaje empezaba a tomar forma, que no exista palabra en un idioma para la flor, la baya o la liana que nuestros antepasados nunca vieron crecer en esta zona. Lively no aborda este tema, tampoco que la jardinería refleja tendencias humanas tolerantes, chauvinistas e hipócritas, ni que la literatura y las plantas tienen más en común que ser motivo de ficción: una pasta de pulpa vegetal, que como toda belleza algún día será sólo compost para alguna otra idea.

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