Morrissey. Que la fiesta comience, por Juan Jiménez García

Autobiografía, de Morrissey (Malpaso) Traducción de Rubén Martín Giráldez | por Juan Jiménez García

Morrissey | Autobiografía

Qué libro tan extraño esta Autobiografía de Morrissey. Sería absurdo decir que esperábamos otra cosa. ¿Otra cosa con respecto a qué? Podríamos decir que es cien por cien Morrissey pero ¿quién le conoce? Después de leer quinientas páginas sobre su vida escritas por él mismo, nuestro hombre consigue, como un prodigio más, que no sepamos quién es. Y no será porque no cuente nada. Cuenta tanto y de tantas maneras, entre la certeza y la incerteza… Como si fuera un disco de los Smiths, igual le embarga el lirismo que la furia, igual está vagando por ahí, con Johnnie Marr al fondo, que es pura concisión. Es capaz de dedicar más páginas a ajustar cuentas que a hablar de su música y tiene tantas cuentas que ajustar que no es extraño. Morrissey se lanza a los caminos para contarse.

En su escritura no hay capítulos. Podríamos pensar que todo es una misma historia, una larga canción de horas. Realmente lo que no hay es orden. Sí, hay una cronología, pero no un plan. Sale como Leopold Bloom a pasear y cuando vuelve el mundo ha cambiado. El nuestro. El suyo no mucho. Al principio estaba el orden. El jovencito Morrissey vive en la oscura Manchester sin muchas aspiraciones. No le interesan muchas cosas. La música. Escuchar discos. Está su familia, irlandeses perdidos en Inglaterra. Su interés por la música no es dedicarse a ella. Es comprar discos. Ninguno le cambia la vida, que sigue igual de miserable. Pero se la hacen más llevadera. Son los tiempos del punk y de otras cosas que el punk esconde tras ellas. El furor y la mierda (creo que es el título de una película… o debería serlo).

En una de esas conoce a Johnny Marr. Pura casualidad. Un amigo le dice que… etcétera. Y así, la vida dickensiana de Steven Patrick Morrissey cambia de dirección (de abajo a arriba). Los Smiths han llegado para cambiar el mundo, pero el mundo (el viejo mundo) no quiere ser cambiado por ellos. Hay resistencias y Moz empieza su incansable ajuste de cuentas con la historia, que podría resumirse en tres jinetes del Apocalipsis (hay más, pero estos…): NME (es decir, la revista New Musical Express), Mike Joyce, el batería de los Smiths (que lo llevó a juicio para que lo consideraran un miembro con iguales derechos que Marr y él) y el juez John Weeks que sentenció a favor de Joyce. Llegados a este punto, el libro, que seguía apaciblemente su curso, salta por los aires, en una explosión de luz y color y fuegos del infierno, por la que nuestro hombre ya no se conformará con dar una patada en la espinilla por aquí y un golpe bajo por allá (en especial a su primera discográfica, Rough Trade), dedicar una frase afectuosa a no sé quién y un puñalada a aquel otro.

En el ordenado caos desfila la humanidad entera. Su carrera en solitario, sus fans, sus casas, la gente famosa (y no tan famosa) con la que se encuentra, pajarillos caídos, coches, carreteras, países, odios, afectos,… Todos tienen su pequeña historia o su un poco menos pequeña historia. Morrissey llora, se lamenta, no sonríe mucho, se emociona fácilmente y se enfurece con la misma facilidad, con sus momentos de euforia no poco chulesca. Desafiante, lo niega todo, aunque no acabemos de saber muy bien qué niega. Eternamente malinterpretado, no para de arrancarse camisas y camisas (como esas mil que se arranca o le son arrancadas en sus directos). Tiene para todos. Desde David Bowie a Johnny Deep. A algunos los quiere. A otros los quiere a ratos. A otros los quería pero le traicionan. Sobre todo los músicos. Y las compañías discográficas. Eterno luchador por el número uno, no entiende otros puestos ni otros compromisos.

Decía Samuel Fuller, en aquel Pierrot de Godard, que una película era como un campo de batalla. Para Morrissey, sin duda, escribir su autobiografía es ese campo. Muchos años estando ahí, muchos deudas que saldar, muchos silencios en la prensa (o, directamente, invenciones). Pero ahora nada puede callarle. Ahora es invencible. Entre la fina ironía y la sal gorda, entre el pellizco y la pedrada en la cabeza. Cuesta creer en su proclamada fragilidad. Morrissey no defrauda. Seguramente no nos desvelará ningún fulgurante secreto (complicado para alguien tan analizado y perseguido, que además dice carecer de vida sexual y cualquier interés por ella, lo cual no le convierte en algo a la moda), pero sí que ofrece un viaje abrasador por un tiempo irrepetible, que no seguramente mejor.

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