Punin y Baburin, de Iván Turguénev (Nórdica)  Traducción de Marta Sánchez-Nieves | por Almudena Muñoz

Iván Turguénev | Punin y Baburin

Iván es un nombre suave. Si es de un niño nos lo imaginamos tranquilo, o apasionado pero silencioso, correteando entre las zarzas y mordisqueando su pirozhok de la merienda. Así es también Piotr, el narrador de Punin y Baburin, que comienza la remembranza desde su infancia en las propiedades de su “severa y enojada” abuela. No sabemos el nombre de esta implacable dama, pero seguro que no es nada suave, sino duro como Yekaterina o Varvara. Así se llamaban la abuela y la madre reales de Iván Turguénev, quien tomaría las sensaciones de ser un niño privilegiado en una hacienda cruel para escribir esta novela corta.

Punin y Baburin, en cambio, nos suenan a dúo cómico, a feliz coincidencia fonética en alguna barra de taberna. Y, en efecto, la llegada de Baburin y, sobre todo, de Punin a la casa de Piotr Petróvich es un alegre acontecimiento: la prosa de Turguénev comienza derrochando ese positivismo tan extraño en él y que, tal vez por esa misma razón, siempre tiene un estilo tan embriagador. A pesar de vivir en tan pocas páginas, Punin sigue el patrón de personaje memorable, hecho de todo lo que nunca sabremos de él. Piotr se enamora de su presencia, y el lector también, a pesar de que en segundo plano no están sucediendo cosas muy agradables en la hacienda, como intuyen los niños mientras juegan lejos… Hasta que la alegría y Punin también se van lejos del niño, y éste se ve obligado a crecer.

Los saltos temporales del relato son bruscos y grandes, en parte por el formato y con mayor motivo porque a Turguénev sólo le interesa cruzarse con Punin o Baburin. Comienza entonces un viaje al desencanto antes que una educación sentimental; el reconocimiento de causas graves en la vieja Rusia y de iniciativas transformadoras que Turguénev acoge con una pizca de sal, adelantándose a décadas de desengaños con una negra paradoja en el desenlace.

A medio camino de la historia, todo parece enredarse a propósito de una joven, Muza, un nudo romántico sin demasiado peso en la trama. Desde su presentación Muza es voluble y parece esconder muchas caras; podría ser la joven pizpireta y bella que ven en ella otros jóvenes, o la camarada robusta que desean los mayores como conspiradora y acompañante. De cierta forma, Rusia se ha cruzado en el camino de Piotr, Punin y Baburin, y la incertidumbre sobre qué será de Muza es la misma que lleva a pensar sobre el futuro de las tierras: ¿abrazará Rusia una causa vieja, pero honesta y necesitada? ¿O preferirá la compañía de valores de moda, más europeos y hedonistas? ¿Tendrá Rusia un final feliz o será engañada por todos sus pretendientes?

Leer a Turguénev siempre es una experiencia melancólica y sombría, y en Punin y Baburin las escenas nos transportan como en calesa desde una finca soleada hasta un pequeño cuarto donde apenas hay carbón para encender una estufa, aunque todo parezca negro y cubierto de grasa. Sin embargo, perder la vista inocente del niño o la suavidad de Iván nos trae a cambio un aprendizaje conciso que quisieran para sí muchas gruesas novelas, y todo el brillo de los detalles y el lenguaje que seguramente nunca tuvo la abuela Yekaterina a la hora de la merienda.

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