Anotaciones circulares, de Iban Petit (Expediciones polares) | por Óscar Brox

Iban Petit | Anotaciones circulares

En una tarde apacible de playa, cualquier figura destaca en el paisaje. Basta un rostro, una mirada fugaz, para encadenar una historia que explique los pasos que han llevado a ese desconocido hasta este lugar. Qué busca, a quién busca, cuánto tiempo lleva buscándolo. Hablamos de búsqueda porque, en cierto modo, asumimos que en eso consiste la vida. La conquista de un anhelo que, una y otra vez, resbala entre los dedos cuando parece que lo hemos conseguido asir. Que se evapora y desvanece, que al menor descuido cambia de escenario y nos obliga a volver a empezar desde el principio. Toda búsqueda tiene un aspecto creativo, en tanto que alberga un relato sobre el aliento y el desaliento, la tenacidad y la obsesión. Una narración que pone en forma aquello que somos, que hemos sido y que, tal vez, también seremos. En la que nos desdoblamos en otras tantas identidades, según el momento en que nos pilla. Que captura nuestro estado de ánimo y dibuja una línea circular que refleja nuestro movimiento alrededor de esa ansiada conquista. En Anotaciones circulares, Iban Petit compacta estas sensaciones en el corazón de una historia de madurez y amor que es, al mismo tiempo, una reflexión sobre los procesos creativos y la línea borrosa que separa al artefacto de ficción de la reflexión autobiográfica.

La vida de Marcos Amable está marcada por una amargura de la que no sabe cómo deshacerse; lánguida como uno de los temas de Belle and Sebastian que sonará en algún tramo de la novela. Estancado en un punto concreto, cada día pasa por repetir la misma rutina que le conduce hasta la playa de su ciudad. Al último espacio en el que las cosas detienen su velocidad sin arrastrarle, en ese momento de calma en el que es capaz de escrutar hasta el último detalle de su intimidad, como si pudiese salir de su cuerpo y evaluarlo ante la fría luz de la tarde. Amor, desamor, ilusiones que se desmoronan… Petit describe a su criatura sometida bajo el yugo de la insatisfacción, sin nada ni nadie que desvíe la trayectoria circular de su vida. Que le transforme en otro hombre. En otro Yo. De pies a cabeza. Una elección diferente. Por eso, cuando hace acto de aparición Alline, todo parece cambiar de manera integral. El eco repetitivo de la rutina cede su espacio a las palabras íntimas que acompañan al amor recién descubierto, la gama de colores que su protagonista distingue con meticulosidad varía hacia otras tonalidades. La misma novela respira, reacciona, con un talante distinto.

Precisamente por su escritura, Anotaciones circulares juega con las apariencias, con aquello que, a falta de la mirada del otro, creemos que revelan las cosas. La maraña de palabras que se forma en nuestra cabeza tan pronto nos convencemos de querer a alguien o, como mínimo, de querer conocer a alguien. Los motivos, los temores, la ira y todas aquellas emociones morales que pintan con profundidad cada paso que damos. Cada punto en el que nos convertimos en otra persona, en el que asumimos un cambio drástico y el barco vira en dirección contraria. Petit nos sumerge en esa maraña de pensamientos de sus protagonistas mientras juega a apretar la tecla de varios registros. De ahí que en la novela se produzca una muerte -más figurada que literal- y una reencarnación, a medida que los episodios enseñan el plano y el contraplano de cada escena, lo que piensa uno de los personajes y lo que mueve al otro. A medida, en definitiva, que su escritura se torna más íntima, más serena, y nos permite penetrar en Marcos y Alline, en todas esas emociones narradas con precisión que fundamentan la búsqueda emocional de ambos protagonistas.

Anotaciones circulares es, desde luego, una novela sobre el proceso creativo o la capacidad que posee la ficción para dar cuenta, en sus propios términos, de la realidad. Por ello, el propio autor es también personaje dentro de su relato. Narrador, observador, retratista de esa belleza que pasa desapercibida porque tiene lugar a media distancia, en una playa tranquila, entre dos desconocidos a los que solo la imaginación puede nutrir de detalles especiales. Vivencias, obsesiones, desdoblamientos sentimentales, quimeras y terrores. En definitiva, la vida. Y es que, en cierto modo, la obra de Petit consiste en anotar esa vida que, con o sin ficción, pasa a cada rato. A veces pueril y a veces maravillosa. En la que los pequeños destellos encuentran su instante junto a las palabras de Joseph Brodsky o D.H. Lawrence y las canciones de Stuart Murdoch. En ese cuaderno personal e intransferible en el que damos cuenta de nuestros sentimientos. Ese que, ante la primera página en blanco, empieza con la siguiente frase: Idea para una historia.

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