La escalera del hotel, de Franz Werfel (Mármara)  Traducción de Olga García | por Juan Jiménez García

Franz Werfel | La escalera del hotel

Con la Primera Guerra Mundial no solo acabó un mundo antiguo, pero confortable en una determinada manera, sino que empezaban también unos años extraños y otros años que aún superarían lo terrible de aquella guerra. No se había aprendido nada y todo un mundo había muerto para dejar paso a nada mejor. No fueron pocos los escritores que sucumbieron a ese movimiento de tierra, a esas grietas producidas en lo más profundo de su ser. En particular en el lado alemán (o, para ser más precisos, en la lengua alemana). El Imperio Austriaco sucumbía para dejar paso al Imperio Austro-Húngaro (que no solo fue un cambio de nombres o el reconocimiento de un hecho, si no la intuición del desastre, del colapso). Todo era viejo. Y más viejo que todo, el emperador Francisco José. Esos escritores (léase Stefan Zweig, Joseph Roth, Franz Werfel, etcétera) emprendían su huída hacia delante para darse cuenta de que no se movían del sitio. No era nostalgia de un régimen, me atrevería apresuradamente a decir, sino más bien de una idea. De una idea de Europa.

En la edición de Mármara del relato La escalera de hotel, no solo se esconde este brillante ejercicio del género, sino un texto más que interesante para entender todo esto. Franz Werfel consideró que la publicación de sus relatos en Estados Unidos requerían una introducción para entender su obra, y lo verdaderamente interesante es que no es esta lo que explica, sino, como dice el título, el Imperio Austriaco. Y es que uno hace comprender a la otra. Para el escritor praguense, los imperios solo pueden ser construidos desde las ideas. Esa reunión increíble de pueblos y naciones solo puede responder a esto: una idea (y también la religión lo es). La disolución del Imperio Austriaco tras las guerra (tras un periodo de enfermedad), le aboca a un mundo que no es que no entienda, sino que no le dice nada. Para él, aquel Imperio era la idea de una Europa sin fronteras, respetuosa con los pueblos y naciones pero unida por un ideal superior.

Todo esto no era una cuestión de principio de siglo, sino algo más profundo, que llegaba desde el principio del siglo anterior. Y el puente que lo unía todo era Francisco José, el emperador al que dedica buena parte de su ensayo porque en él están recogidos todos los enigmas, tragedias y silencios. Un monarca obsesionado con desaparecer tras ese Imperio. En no ser nada más que la encarnación del mismo. El ensayo se convierte en una nota autobiográfica, sin dejar de estar atravesado por las mismas dudas y las mismas certezas. Primero se moría de uno en uno, con atentados, anarquistas, princesas míticas, luego acabarían muertos doce millones de personas. El infierno también perfecciona sus métodos. Aun con todo, un ensayo general para la Segunda Guerra. Para Werfel, un mundo ha desaparecido y no hay posesión más segura que aquella que se ha perdido.

Tras el ensayo, el relato. En La escalera del hotel, una mujer, una joven, en un hotel. Pierde el ascensor y decide subir por la escalera de ese viejo hotel, que contiene todo el esplendor de esa vieja Europa. Mientras va subiendo, los últimos sucesos de su vida van acudiendo a ella. Un amor que se va, sin que crea perder nada, un amor que viene y que será el definitivo. Menos emocionante pero más seguro. Algo que sus padres aprobarán a su regreso. Sigue y sigue subiendo. No sabe si debería estar contenta o triste. Sí, definitivamente sí lo sabe. O cree saberlo. Franz Werfel escribió este relato porque tenía algunas dudas sobre el abismo. Sobre la atracción del abismo, el abismo por el abismo. Sin más razón que él mismo. Y entonces, ensayo y literatura se dan la mano. Es más: se abrazan. Y eso es todo.

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