El hechicero de Meudon, de Éliphas Lévi (WunderKammer)  Traducción de Enrique Juncosa | por Juan Jiménez García

Éliphas Lévi | El hechicero de Meudon

Entre François Rabelais y Éliphas Lévi hay algo más de trescientos años y, para el caso, eso no es nada. Fueron contemporáneos en su espíritu y Gargantúa y Pantagruel estaban por todos lados, como lo están el Quijote y Sancho Panza, el soldado Švejk o el Rey Mono. Y es que hay personajes que trascienden todo lo que se puede transcender porque están sacados de la costilla del hombre o, mejor, de las costillas molidas a palos del hombre, porque, bien pensando, todos estos personajes (universales, como nos gusta decir) eran eternos perdedores a los que damos por vencedores y, en todo caso, niños delatadores de emperadores desnudos. Lo cierto es que Éliphas Lévi fue más conocido por las ciencias ocultas que por la literatura. Fue la magia la que le dio un lugar en el siglo XIX y su influencia se dejó notar en no pocas figuras y personajes del ocultismo. Por muy peculiar que resulte (o no) tanto Rabelais como Lévi fueron hombres de la iglesia, aunque seguramente su idea de la iglesia no comulgaba mucho con la de esa otra Iglesia.

Bueno, el caso es que Éliphas Lévi también escribió. Y maravillosamente, además. Por ejemplo, El hechicero de Meudon, ahora publicado por WunderKammer. Y ese hechicero no era otro que Rabelais y este libro un gozoso homenaje a su vida y obra, a través de sus aventuras, basadas en hechos reales. Creemos (y tampoco importa demasiado que así sea, porque así es). Lévi se pega a Gargantúa y Pantagruel. Le toma personajes y citas sus libros cita aquí y allá, literalmente. Juega a confundirse y a decirnos que Rabelais podría haber sido un personaje más de aquella si no los fuera todos. Estamos, pues, ante el último libro. O libros, porque podrían ser tres, dado que en tres aventuras está dividido. Las dos primeras podrían ser François Rabelais y los infortunios de la religión, entendida como un negocio. La tercera, las vueltas amargas del destino, un destino que es el de las otras dos, reunión de todos con todos, muerte, resurrección y muerte.

En Los hechizados de la Basmette nos encontramos con un Rabelais en cierta tensión conventual. Un Rabelais que, pese a su hábito, intenta apartar al joven Lubin de la ordenación, para que pueda entregarse al amor de Marjoline. Para ello tendrá que recurrir a los mismos métodos de que sus captores, y provocar una pequeña y jubilosa revolución, entre milagros y milagrería. Lo cierto es que todo eso le costará a nuestro particular héroe la huída y, ya que estaba, el regreso al hogar paterno. Pero en Los diablos de la Devinière el padre no le espera. Es más, le repudia. Lo cual no es problema para nuestro hechicero, que adoptará algún que otro disfraz y su proverbial capacidad para la conversación y la conversión, para ganarse de nuevo los favores y colocar las cosas en su sitio. De nuevo se topará con la religión y el amor (o algo parecido). Y el vino, que está por toda la parte y que no es solo la sangre de Cristo si no la de los hombres. Para acabar, en El bardo de Meudon, todo acaba por confluir. Y como final no es especialmente divertido comprobar que la vida, de alegría en alegría puede ser una desgracia. Relato crepuscular porque todas las épocas han tenido sus crepúsculos y todo borrachera su resaca. Desgraciadamente, no todas tuvieron a Rabelais. Ni Quijotes, ni Švejks. Qué será de nosotros…

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