Los placeres de la literatura japonesa, de Donald Keene (Siruela) Traducción de Julio Baquero Cruz | por Juan Jiménez García

Donald Keene | Los placeres de la literatura japonesa

Donald Keene nació en 1922 en Nueva York, pero su vida siempre ha estado relacionada con Japón, país al que ha dedicado, seguramente, sus noventa y cinco años (y ahí sigue). Traductor pero también crítico y estudioso de la literatura japonesa, estas cinco conferencias que Siruela reúne bajo el título de Los placeres de la literatura japonesa, son una buena oportunidad para introducirse en distintos aspectos de ella, dado que abarcan desde cuestiones de estética hasta el teatro, pasando por la poesía y la narrativa. Todo ello desde una óptica relajada pero no por ello menos erudita, propia de unas introducciones que pretenden mostrar el camino (voy a decir iluminar) sin renunciar a entrar en aspecto importantes para entender una cultura, que aún, tanto tiempo después, sigue siendo un misterio en tantas cosas.

En La estética japonesa, Keene se centra en una serie de términos que para él definen esta estética: sugestión, irregularidad, sencillez y lo efímero. Algunos los asociaremos antes que otros a nuestra idea del Japón, pero todos forman parte inequívoca de su manera de entender el mundo (mejor: la vida). La sugestión frente a aquello que nos desvela todo. Esa necesidad de completar (el gusto por los comienzos y los finales). La irregularidad frente a la uniformidad. Solo hay que contemplar los vasos, las tazas, los platos, que aspiran a ser no objetos únicos, sino, precisamente, irregulares (frente a un gusto occidental más entregado a las simetrías, a la repetición). La sencillez. Frente a lo recargado, esa idea de lo justo, de lo despojado. Contra lo superfluo (que puede ser mucho, aunque, de nuevo, occidentales, creamos en el lujo como acumulación). Lo efímero. O como preferir las flores del cerezo, que ni son las más bellas ni las más duraderas, sino, más bien, las más efímeras. Aquellas que cualquier ligero viendo hará temblar y caer. Una estética que ya venía trazada en los Ensayos sobre la pereza, obra del monje Kenko, que vienen del siglo XIV.

A la poesía dedica dos conferencias. Una más general, La poesía japonesa, y otra de curioso título: La utilidad de la poesía japonesa. La poesía japonesa siempre se ha basado un poco sobre la brevedad, hasta llegar al haiku (que hoy en día nos parece que contiene algo de esencial, pero que ha tenido épocas en los que se consideraba nada especial). Ser poeta, durante muchos siglos, se consideró algo tan elevado como para hacer carrera en la corte. Escribir poesía era, pues, algo elevado, y, como suele ocurrir, debía ser aún más exclusivo, por lo que se solía escribir en chino. El caso es que el japonés sobrevivió en la poesía amorosa, menos exigente socialmente. El desarrollo de esa poesía clásica y sus formas, es el objetivo del primer ensayo. Preguntarse sobre la utilidad de la poesía, desde este lugar del mundo, puede parecer casi hasta obsceno, dado que se la considera un arte libre, que parece deberse solo a sí misma. Pero lo cierto es que en Japón, se escribía poesía incluso para trasladar algunos mensajes nada poéticos. Y no solo eso, sino que esta podía practicarse como algo colectivo, lo cual no deja de llevarnos un poco al terreno de los cadáveres exquisitos surrealistas.

En La narrativa japonesa, el objetivo es trazar el recorrido desde su creación o uso (como es habitual, la narrativa partió de la poesía y era algo menos elevado, por no decir no tenido en consideración). Pero lo cierto es que, siguiendo la estela china (como gran parte del arte japonés), la narrativa se fue desarrollando hasta que empezaron a aparecer sus primeros clásicos y, con ellos, la consideración. Donald Keene llega hasta mediados del siglo XIX, centrado fundamentalmente en la forma del relato, de los cuentos, muy habitual en los estados fundacionales de la prosa en literatura.

Finalmente, El teatro japonés, es otra estupenda introducción al género y a su formación, pasando por los distintos tipos de representación, desde el bungaku o teatro de marionetas, hasta el No, pasando por el kabuki (forma de representación más moderna, menos codificada), pero también del gigaku, una de las formas más antiguas en el que los actores aparecían como animales o seres extraños. Una introducción no solo ya a estos géneros y a sus características principales, sino también a los rituales (vamos a llamarlos así) por los que se regían, tan absolutamente particulares, pero a la vez reveladores de no pocas facetas de la identidad cultural o social japonesa.

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