Bohumil Hrabal. Un duro invierno, por Juan Jiménez García

Bohumil Hrabal | Mi gato Autíčko, de Bohumil Hrabal (Galaxia Gutenberg) Traducción de Monika Zgustova | por Juan Jiménez García

Bohumil Hrabal | Mi gato Autíčko

Cuando hace algunos años murió Emilio Toibero, amigo insustituible en la distancia argentina, tras haber aparecido desplomado en la calle y sin poder ser identificado durante unos días (me dijeron), lo primero en lo que pensé, entre todo el horror, fue en su perro. Aquel perro que le reclamaba ver, en su soledad, uno junto al otro, el Umberto D de Vittorio de Sica. Ahora, todo este tiempo después, leyendo  Mi gato Autíčko, de Bohumil Hrabal, he entendido que lo único que hacía era abrazar póstumamente los temores, ciertos, de Emilio. ¿Qué será de todos aquellos animales cuando uno no esté? Hay que decirlo ya, para huir de confusiones: Mi gato Autíčko es un libro terrible. Terriblemente bello y terriblemente triste. Un libro sobre la vida pero también sobre la muerte (seguramente más sobre la muerte). Y sobre la culpa, que es el precio común que nos toca pagar por la belleza de algunos instantes.

El amor del escritor checo por los gatos es bien conocido. Curiosamente no es algo que se transmita a sus novelas, pero estaba bien presente en su vida. En su casa de campo de Kersko, no muy lejos de Praga, Hrabal vivía sin ninguna comodidad, con un puñados de gatos y una mujer que le preguntaba cada día que iban hacer con todos aquellos animales. A esos instantes mágicos en los que despertaban rodeados de un afecto que pocas cosas podían reemplazar, le seguían los tormentos de la existencia. Pensar en ellos cuando se iba a la ciudad, imaginarlos en el frío, esperando poder entrar de nuevo en la calidez del hogar, pensar que sería de ellos cuando él ya no estuviera allí para cuidarles. Pero lo más terrible de todo, lo que verdaderamente le volvía loco era cuando sus gatas traían al mundo otros gatitos, de cinco en cinco si era necesario y él ya no sabía qué hacer con ellos (o sí, y eso era lo peor). Y seguía oyendo la eterna pregunta de su mujer.

En su vida, como en su obra, lo bello y lo triste siempre han ido juntos de la mano. Para alguien que vivió la realidad de aquella Checoslovaquia aplastada por su época, atravesada por los tanques populares-soviéticos y convertida en país de las maravillas perdidas, no podía ser de otro modo. Trabajar en una fábrica, escribir subido al tejado, guardar todo lo escrito en un cajón, esperando un futuro incierto y una eternidad aún más incierta. Hrabal construye su narrativa sobre la necesidad de vivir y Mi gato Autíčko (en realidad, Autíčko es una gata), aún desde su tono íntimo, personal (o precisamente por eso), no deja de ser un canto a la vida por encima de todo, empezando por lo terrible. Lo terrible, ese algo que está siempre por ahí, para lo que no es necesaria ninguna tragedia griega.

A través de su relación con los gatos, Hrabal nos propone su relación con él mismo. Ya ni tan siquiera con el mundo que le rodea, que es algo que está ahí. Ya decía en uno de sus poemas que la distancia más lejana es la que va de uno mismo a uno mismo, e invitaba a construir un puente. Sin duda ese puente está habitado de gatos. De gatos vivos y de gatos muertos. De fantasmas. Y del frío invierno.

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Détour

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