Ann Beattie. La mujer-reflejo, por Dara Scully

Paseando con hombres, de Ann Beattie (Gatopardo) Traducción de Catalina Martínez Muñoz | por Dara Scully

Ann Beattie | Paseando con hombres

Neil dice: si me das permiso, te cambiaré la vida. Neil es un mentor. Un escritor de éxito, de cierta edad, sin duda de vuelta de todo. Un hombrecito mediocre que para ocultarlo necesita proyectarse sobre las mujeres. Sobre las jóvenes que, como Jane, quedan deslumbradas por su sabiduría. Neil es ese hombre que todos hemos conocido en algún momento. También Jane nos es familiar, su talento menospreciado por él, su progresivo amoldamiento a los gustos del que sabe. Del que le dice dónde colocar el pie, cómo moverse, qué decir para que todos sepan que dice lo correcto. Qué buen trabajo he hecho contigo, le dirá una noche. Y ella pensará que la ha modelado de tal forma que ya sólo existe como su reflejo. Solo él le da la réplica a sus gustos refinados. Se han hecho el uno para el otro, o ella para él, para sus ojos. Y Jane, desde su voz adulta, pasado el tiempo, lo sabe. Tal vez lo supo siempre, que él era lo que son tantos otros y que la suya iba a ser otra de esas relaciones en la que el hombre construye a su pareja. Un demiurgo insignificante, cuya grandeza hueca sólo es percibida por los que aún son vulnerables.

¿Por qué no le dejó? Nos preguntamos. Por qué vuelve después de que aparezca la otra, la legítima, la que hubo antes de ella y fue también modelada por el hombre. Por qué, se pregunta todo aquel que forma parte de la vida de Jane. Pero Paseando con hombres no nos da la respuesta. La novela sobrevuela su propio conflicto y luego lo deja caer, como si apenas se interesara por ello. Nos lleva de un lugar a otro –lleva a Jane, que nos guía de la mano– y nunca se queda demasiado tiempo en el mismo sitio. No nos permite profundizar, tender lazos; los demás –Pantalla, Janelle, el padrastro– son apenas un esbozo en el camino. Sólo Ben, ese ex novio transformado, adquiere dimensiones reales a través de las páginas. Un contrapunto, tal vez, a Neil; un hombre honesto, bueno, al que tal vez Jane nunca debió abandonar. Un joven que criaba cabras y que nunca le dijo: qué buen trabajo he hecho contigo.

Paseando con hombres nos impone una distancia imposible de salvar. Nos entrega destellos que luego deja morir irremediablemente. Ni siquiera nos permite la reflexión; sus escenas fragmentadas son demasiado breves, demasiado erráticas para dejarnos una huella duradera. He deseado hallar una respuesta para Jane. Una respuesta universal: por qué hay hombres que necesitan modelar a sus parejas, por qué hay mujeres que admiran a estos hombres. Por qué una muchacha que se hizo famosa por rechazar lo convencional acaba cayendo en el cliché. Pero Ann Beattie no parece interesada en dárnosla. Deja discurrir el tiempo y Jane avanza, pero nunca crece. Tampoco en ella quedan huellas, marcas que podamos rastrear. Neil se va y ella permanece, pero incluso cuando el éxito llega parece acompañarla una deriva existencial. Como si no supiera quién es y por eso no pudiera mostrárnoslo. O como si, al irse el espejo, el reflejo hubiera dejado de existir.

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Détour

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