La barca de los cinco colores, de Yoko Kondo (Gallo Nero) Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés | por Juan Jiménez García

¡Qué manga más inquietante! La barca de los cinco colores adapta un relato de Yasumi Tsuhara, pero, como indica Yoko Kondo, no se podía hacer igual. Incluso escribe un final adicional, que no lo hace menos perturbador. Al contrario. En esta parada de los monstruos que atraviesa el Japón de la guerra, ¿qué tendrán ellos de inquietante? El futuro los alcanzará a todos y será más terrible. La historia está contada por Kazuo, un niño al que sus padres tienen encerrado en una caja, entregado a la oscuridad, y al fin abandonado. Ni tiene brazos, ni puede oír o hablar, pero es capaz de entender incluso en la distancia. Lo dejan a la orilla del mar, junto a una barcaza en la que vive un actor que ha perdido sus piernas y que, de no haber encontrado a Shosuke, un adulto forzudo en el cuerpo de un niño, también hubiera querido perder la vida. Acaban por formar una familia, con Kyoko, que tiene las rodillas del revés, a la que hacen pasar por una mujer vaca. Y Sakura, que compartía cuerpo con su hermana, ahora muerta y separada, a la que hacen también pasar por una mujer serpiente. Juntos van hacia Iwakuni, para comprar un kudan, una vaca con cabeza de hombre, capaz de predecir el futuro. Japón se precipita hacia la catástrofe. La bomba, las bombas, destruirán algo más que dos ciudades. El kudan, Kazuo y Sakura, partirán hacia otro mundo, llevados por él. Los corazones quedarán allá, en aquel presente sin futuro, mientras ellos se irán a un futuro distinto. Allí parece que todo puede ser diferente, pero con esa sensación de que algo ha quedado en ese otro lado. Esos corazones. No podemos hablar de la pérdida de la inocencia del país, arrancada como tantas vidas, pero sí de un mundo antiguo. Como a los protagonistas, en él algo faltaba, algo se había quedado en un tiempo anterior a la explosión.
La adaptación de Yoko Kondo podría ser algo más esperanzadora si no fuera porque algo parece haberse desplazado, como una continuidad perdida. Una historia triste, que podría ser de perdedores, pero es difícil pensar que han perdido cuando nunca han logrado jugar a nada. Son un espectáculo horrible que permite escapar de los horrores de la vida. De alguna manera son felices, recorriendo el borde de ese abismo que les rodea. Ni tan siquiera la cosa queda en una exhibición de rarezas, sino que se llega a la pornografía para algún rico o la prostitución. No, no hay dónde agarrarse. El manga es de una ambigüedad nebulosa. La niebla del sueño. En el epílogo, Yoko Kondo dice que decidió dibujarlo como un manga para niñas. De nuevo, es como cosas enfrentadas. La historia contra el dibujo. Los personajes contra su tiempo. La realidad frente al sueño. La realidad frente al futuro predicho. Frente a la sordidez del presente, pensar en abandonar los cuerpos para encontrar otro espíritu. El kudan, que era su esperanza, aquel en quien el padre veía la posibilidad de ganar más dinero, es decir, de sobrevivir, se convierte en el anuncio del final. La maestría de Yoko Kondo es crear esa incertidumbre constante, esa rareza que va más allá de lo físico, que es inaprensible. Tiene la habilidad del detalle, de esos elementos desestabilizantes que puntean el relato hasta su mismo final. El viaje de los monstruos, el viaje de las personas especiales, a través de un mundo que aún no se sabe muerto.