Principio, medio, fin, de Valeria Luiselli (Feltrinelli) | por Gema Monlleó

Proteo (Πρωτεύς): dios marino de la mitología griega cuyo nombre quiere decir “primero” y “origen” (la materia prima a partir de la cual todo lo demás está hecho), capaz de predecir el futuro y que cambia de forma para evitar tener que revelarlo a los mortales.
En la película La chimera (Alice Rohrwacher, 2023), Arthur (Josh O’Connor) es un tombarolo (ladrón de tumbas) que tiene el don del hallazgo y que con su vara de zahorí tantea la tierra de la Toscana buscando ajuares etruscos que expoliar y vender. Pero Arthur no busca sólo la fortuna, sino que también, y sobre todo, desea encontrar el hilo rojo del vestido de Benjamina para, tirando de él, regresar de nuevo junto a su amada (fallecida, aunque él no lo sabe). El título, La quimera, hace alusión a aquello que los personajes desean hallar y poseer pero que nunca encuentran, ya sean grandes tesoros o el amor definitivo.
Principio, medio, fin, la novela de Valeria Luiseli (Ciudad de México, 1983) con la que la mítica editorial italiana Feltrinelli (desde hace unos años casa madre de Anagrama) desembarca en España, tira también de un elíptico hilo rojo para narrar una historia de memoria e identidad familiar cuya estirpe narrativa se remonta a la época de la Nanna, la tombarola por un día que encontró un mosaico del dios Proteo en las excavaciones sicilianas en las que participaba un siglo atrás, antes de emigrar a México (naufragio included).
“Pasamos buena parte de nuestras vidas corriendo a ciegas entre espacios y momentos, entre inicios y finales, tratando de entender dónde estamos parados exactamente: dónde en la historia, en qué parte de nuestra propia historia, cuál fue el principio y dónde está el final. Pero tal vez no haya principios. Tal vez no haya, tampoco, finales. Tal vez todo lo que hay es la parte de en medio.”
Las protagonistas de la novela son una madre y una hija que, tras el conflictivo divorcio de la primera que la sume en una crisis existencial, viajan por Europa hasta recalar en Sicilia, tierra de sus ancestros (“El plan original: mudarnos de ciudad en ciudad, las veces que fuera necesario, de vida en vida, maletas ligeras, hasta que las cosas volvieran a caer en su lugar”). La madre, escritora, se parece sospechosamente a Luiselli, y durante el viaje lidia también con la historia que quiere escribir (“¿Qué es volver a empezar? ¿Dónde está el principio?”). Una historia que, casualmente, narra las tensiones con la escritura de una escritora-madre durante la estancia con su hija en Sicilia (“Sicilia no es más que una gran tumba adonde llegan a morir todas las culturas”). Junto a ellas un tercer personaje, la madre de la escritora, una mujer todavía no anciana, que vive en México y que está comenzando a perder la memoria (“¿Será posible que su mente se mueva como una marea extraña, yendo y viniendo del olvido al recuerdo, para luego volver a olvidar que se había olvidado?”). El hilo rojo que las une a las tres —y también a la cuarta: la abuela-bisabuela emigrante— es el mosaico de Proteo, una pieza que ha pasado de generación en generación, que la madre-abuela de México entregó a su hija escritora antes de comenzar su viaje, y que acompaña a la madre y a la hija cual suerte de amuleto.
“La primera cualidad de la trama, dice Aristóteles, es su completud: una trama es un todo. Y un todo, dice en la Poética, es simplemente algo que tiene un principio, un medio y un fin.”
A modo de novela-road-trip, la isla de Sicilia contiene en sí misma los tres elementos del título: el principio (el pueblito cercano a Catania en el que nació la Nanna), el medio (el lugar del intersticio vital de la protagonista) y el fin (el duelo por el matrimonio fallido, la conclusión del libro in progress, el regreso a casa: “todos los nuevos significados para las viejas cosas”). La novela narra también un doble rito de paso: el de la hija adolescente (al principio espectadora casi pasiva y a medida que avanza la narración cada vez más prometéica: “Ma, ¿por qué a veces la lluvia se siente como si fuera un recuerdo?”), y el de la madre escritora, cuyas metamorfosis vitales y escritas corren parejas a las del dios del mosaico antiguo que las observa y acompaña desde dentro de una pañoleta (“reinventar quiere decir volver a encontrar algo que estuvo siempre ahí”). Y es que las metamorfosis, la mitología, la cultura clásica grecolatina (“Un clásico es una duda. Un clásico es una conjetura. Un clásico es un matrimonio arreglado. Un clásico es una consecuencia. Un clásico es todo lo que no somos”), son el eje vertebrador de la narración (“no existen causas originales, ninguna explicación fundamental, solo posibles narrativas”), el vórtice —Plinio el Viejo y su Historia natural mediante— a partir del cual Luiselli construye un relato sobre la madurez y la aceptación de uno mismo (“¿Qué es lo que nos ocurre a medida que crecemos? ¿Es el tiempo acumulado, casi molecularmente, que deja entrar cada vez menos luz y menos aire?”), las constelaciones familiares (genéticas y geológicas), la identidad individual y colectiva (¿quién somos cuando nos hemos roto?, ¿cuántas mujeres deambulan en el pasillo del desconcierto del maltrato o los abusos?), la escritura (“la ficción empieza con dos personas buscando un diente en un teatro vacío”) y la memoria (y ahí las lagunas de olvidos de la abuela mexicana: “cuando los padres y madres van de salida, todavía aquí vivos, pero dejando de ser quienes eran”).
“Quiero buscar, a través de la escritura y adentro de la escritura, una manera distinta de pensar el tiempo, de sentirlo, de entender cómo es que ha cambiado exactamente, y cómo es que podemos empezar otra vez a movernos junto a él y no a contracorriente.”
La novela, al igual que la novela de dentro de la novela, muñeca rusa de bailes concéntricos, es digresiva, a ratos ensayística, autorreferencial, metaliteraria (“una novela a la mitad, en el medio de la novela, a medio camino de las cosas”), juguetona como la conversación de una adolescente, con un desorden aparente (reflejo de la confusión anímica de la protagonista), organizada en fragmentos titulados según el índice de contenidos del Libro II de la Historia natural (travesura casi oulipiana), instructiva en cuanto a la mitología y los clásicos (reivindicando la contemporaneidad que jamás pierden), con cierta fantasmagoría ambiental —cercana a Melancholía, Lars von Trier, 2011— en el comportamiento de la naturaleza (y ahí la actividad volcánica, la savia lechosa de los higos, la luna inmóvil… ¿señalando tal vez el ecocidio?), política en la vindicación de aquellos campesinos (entre los que se encontraba la Nanna) que fueron usados como mano de obra barata en las primeras excavaciones arqueológicas sicilianas, también en la mirada sobre los campamentos de refugiados y el rechazo racista del sistema (imposible no recordar aquí su Los niños perdidos, Un ensayo en cuarenta preguntas, Sexto Piso, 2017), y de ineludible carácter emancipador y feminista (muy a favor de denominar al útero el órgano “más sisífico”). A lo largo de la novela, la hija de la escritora escribe postales a su abuela (también al no hermano que conformó su familia extendida antes del divorcio de su madre) y toma fotografías Polaroid (en un aquí y ahora que subraya desde la inmediatez el imperativo del arraigo a cada momento), componiendo un anexo de perspectiva adicional tanto para la novela escrita por su madre (y performada por ella, no escribo más para no hacer ningún espóiler) como para la novela que firma Luiselli.
“Hola, tal vez en otro principio estaban el mar y la Luna. Después, a la mitad, vino el océano Pacífico y las olas inundaron las tierras y el agua hendió todo pero de mucha mejor forma. Y las ballenas salieron a nadar encima de las dunas del desierto, y las ruinas de los edificios y las casas estaban cubiertas de algas y corales, y en los picos de las montañas más altas pasaron las nubes, y algunas personas voltearon a ver el cielo donde no había Luna y decidieron salir a navegar, para poder vivir, ¡para no extinguirse!”
Elogio de la imaginación y de la libertad de creación (“la imaginación mira hacia adelante y la memoria hacia atrás, y que el lugar donde se encuentran es eso: la ficción”), del salirse del anquilosado tiempo continuo para “viajar” en el tiempo líquido (“extraño aún más el presente de lo que extraño el pasado”), del dejarse habitar por ritmos pausados (como los que impone la naturaleza) para que emerjan las diferencias y vuelta de tuerca experimental y reflexiva a las literaturas del yo. Del mismo modo que los anillos de un árbol, Principio, medio, fin traza círculos concéntricos de lo íntimo a lo universal, del léxico familiar al hogar (“nuestros cuerpos son casas, espacios físicos en donde los rastros de quienes vinieron antes siguen viviendo y rebotando”), de la historia humana a la natural, de la geología a la cosmología, dejándose atravesar por los misterios de un “silencio viejo” que comienza a cubrirse de ceniza cuando el Etna amenaza la tranquilidad de la isla. Fuego y lava, caudal que cubre y fija (como las fotografías, como la escritura), humo denso que quizás anuncia que el tiempo de las metamorfosis proteicas (pez espada, cámara, tempestad, medusa, burro, cepillo de dientes, fuego, barco, libro) ya ha terminado.
Cierro el libro y mi mente regresa otra vez al hilo rojo de La chimera, al hilo rojo que Arthur resigue hacia las profundidades de la tierra, más allá del lugar de los tesoros de los tombareli, y siento que el hilo ha traspasado aquella historia para entrar en esta, estableciendo una nueva transmutación que sumar a las que narró Plinio el Viejo, reinventando vidas desde la literatura y categorizando los elementos ficcionales desde la invocación trascendente de un futuro trazado con un rutilante color rojo.