Autobiografía de un búfalo pardo, de Óscar Zeta Acosta (Dirty Works). Traducción de Javier Lucini | por Óscar Brox

Óscar Zeta Acosta | Autobiografía de un búfalo pardo

La literatura contracultural, en aquellos tiempos en los que semejante epíteto tenía un auténtico relieve subversivo, marcó a fuego el destino de Óscar Zeta Acosta como escudero de Hunter S. Thompson en Miedo y asco en Las Vegas. Y eso que la de Acosta fue, por sí sola, una trayectoria atípica surcada de excesos, revueltas, viajes, obsesiones y, como remate, una desaparición en suelo mexicano que, a falta de mejores evidencias, se resolvió con su muerte. Autobiografía de un búfalo pardo, la nueva joya editada por Dirty Works, responde al carácter excesivo de su autor; no hay página que no rebose de ironía, aventura, desfachatez y de ese tono confesional con el que Acosta enmarcó el relato de su vida. La búsqueda de una identidad en una época especialmente problemática con los conflictos raciales y los escarceos, siempre excesivos y desbordantes, con todos aquellos bichos raros que recorrían los márgenes de América en busca de su propio nicho.

Que Acosta era un escritor visceral, de los de agarrar al lector por los huevos, lo confirma el mismo arranca de la obra, pura vomitona en primera persona que redimensiona, si cabe aún más, aquella definición de feo, fuerte y formal. Agobiado por un trabajo insustancial, el Búfalo pardo, Dr. Gonzo para su amigo Thompson, abandona la abogacía para dejarse llevar en una excursión entre el Sur de América y México en busca de su identidad. De su rol en mitad de una nación que se cuece al calor de las revoluciones hippies mientras los cambios políticos comienzan a convulsionar el panorama social. Pasado y presente se mezclan sin, prácticamente, marcador textual que ponga en orden las memorias acumuladas por su protagonista. Como una riada de anécdotas, en ocasiones, contrapunteadas por la presencia fantasmal del terapeuta de Acosta o de sus más cercanos amigos. Y así, año tras año, Autobiografía… nos sumerge a lo loco en la personalidad absorbente de su autor. En una infancia marcada por su peso, su piel y la confortable vida suburbial de Riverbank; la religión, la figura del padre espalda mojada que luchó por América y los primeros escarceos amorosos que casi siempre derivarán en penas y promesas. La bebida, la rebeldía, los guantazos y el trato de animal indómito que sus futuras adicciones multiplicarán. El carisma, la tenacidad y la garra con la que, contra viento y marea, Acosta cimentará un mundo propio, pese a todo.

De Panamá a Juárez, de la banda de música del ejército a la abogacía y el consejo legal en casos de mala muerte. De la barra de un bar a la parte trasera de un Plymouth verde. De los concursos de tragar chili por unos centavos a las hormigas que corren (o que corroen) por el estómago de Acosta. Son tantas y tantas las palabras reunidas que la historia de este coloso chicano no parece fin; casi que tampoco principio. Como uno de esos personajes que continuamente se reinventan, que persigue el más difícil todavía mientras menea el mostacho y sacude las greñas en mitad de una fiesta hippie, borracho hasta las trancas y perdido en sus ensoñaciones. En las mujeres que quiso, en las que no le quisieron ver ni en pintura y en su puñetero deseo de ir, constantemente, un paso más allá. A saber si porque en ese puro exceso, en el límite del límite, tal vez se encuentre su verdadera identidad. Aquello que le hace único. Los elementos disponibles para esbozar su más fiel retrato. Tanto da si para ello se tiene que hacer amigo de los paletos, de los ángeles del infierno o de la juez mexicana que le aconseja que no se le olvide el idioma de su familia porque lo habla de pena.

Autobiografía… es pura felicidad literaria, anarquía narrativa escrita con vómitos, erupciones de ingenio y, fundamentalmente, un alto grado de ironía. La búsqueda de la identidad propia en mitad de una América famélica, idiotizada por su pretensión de libertad, que no se había quitado de encima los vicios racistas, clasistas y endogámicos. Una peculiar odisea que lleva a su insólito Ulises por desiertos de peyote, mares de cerveza barata y úlceras de estómago sangrientas. Pero, sobre todo, la clase de odisea que forja el carácter inconformista de un escritor. Que encuentra en cada persona, en cada lugar atravesado, la sustancia de esa historia que se está escribiendo a medida que pasan las hojas. Que respira la futura insurrección, la loca evasión de una realidad demasiado mediocre. La culminación de un pequeño mito, de un chicano febril y descarado, cuya biografía era capaz de desbordar los rasgos ficticios que le concedió Hunter S. Thompson.  Por eso, leer las memorias de Óscar Acosta, sus confesiones a bocajarro y sus alucinaciones, reflejan con gloriosa lucidez aquello que alguien dijo de él: demasiado raro para vivir, y demasiado raro para morir.

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