Una mujer abraza la nieve, de María J. Bas (Urdimbre) por Francisca Pageo

Algo recorre el poemario Una mujer abraza la nieve a lo largo de todo el libro: es el agua. Es el agua que se derrama y da en cada poema un tono, un desliz único que solo ella sabe hacer. El agua da vida, y estos poemas son vida. Son fulgor divino. Son luz propia de quien se hace digno de ser poeta. Y es que María J. Bas nos ha sabido traer un poemario que nutre las blancuras de las nieves con el olor a tierra y el frescor del aire y lo engorroso de la tierra. Es este un poemario en el que se conjuran los elementos, en el que cada poema da a cada elemento un don sintiente por el que vivir y sentir la poesía. Un arraigo natural abunda en el libro: la naturaleza es llamada y asimismo es la que nos llama. Está el mar, pero también está el río, los guijarros, está la nieve y los aguaceros. Como ya he dicho, es el agua la que recorre este libro que se entreteje con los deseos de la autora, que se abruma pensativa en cada imagen, cada metáfora dada. Y es que la poesía con la que nos encontramos aquí recorre todo un hálito de vida. Es el sino del vivir, de la escritura y de la poesía. Se siente cada poema como un milagro, como un aliciente para vivir, para existir, para perdurar en la vida que nos arremolina con sus vientos poéticos. Me siento cohibida por estos versos, pero son versos tiernos, versos que destilan belleza allá donde se vocean. Y sin embargo… Sin embargo hay tanta belleza, hay tanto ritmo, hay tanta voluntad por saberse en ellos que me desvivo al recitarlos. Quisiera yo recitarlos a viva voz, que ellos tomen posesión del lenguaje, pero los he leído pausada e interiormente, y quizá no he sabido apreciarlos como debería. Pues estos poemas destilan mucha voz, destilan una lengua, un lenguaje que exhuma pasión y fulgor por una naturaleza que se nutre a sí misma, por una naturaleza que ansía el contacto con las aves y también con lo humano, ¿o era al revés? El contacto natural que se da en estos poemas es tierno y enfático, con una clara predisposición a aquello que podemos sentir más que intuir, a aquello que nos cercioramos con nuestras sensaciones más que con nuestro intelecto, y sin embargo son fuertemente paradójicos. Hijos de una mente que parece preguntarse por todo, que parece pensar todo. Me gusta cómo se ciñen las palabras aquí, casi se pueden derramar como el agua que las alimenta. Es el tono, el ritmo, la disposición de su lenguaje tan al unísono por lo que podemos apreciar en lo que vemos, en los pájaros o en la tierra. Es esta una poesía que destaca por su sentimiento de pertenencia a este planeta, que se agarra al fuego y asimismo es pura agua. Es esta poesía la propia vida a la que nos vemos arrastrados. Pero es una vida bella, llena de sombras de pájaros, de rumores de mar. En este momento una gaviota pasa por mi lado, y la siento como he sentido estos poemas, al abrazo. En compañía.
“Entre los surcos
se devana la lentitud
distraída de la oruga
mientras el agua
sobre la tierra cae
y consagra la simiente”.