Madame Vargas Llosa, de Gustavo Faverón (Fulgencio Pimentel) | por Óscar Brox

En vez de literatura podría haber escrito ficción. La demostración de ese músculo creativo que, ya sea en el largo recorrido o en la extensión breve, caracteriza a la obra de Gustavo Faverón Patriau. Empecemos por lo obvio: Madame Vargas Llosa es una novela corta que se puede leer de unas cuantas maneras. Poco importa si el lector se deja guiar por esa estructura episódica en la que cada uno de sus cuatro personajes centrales cuenta la misma historia o si, por qué no, prefiere mecerse con el ritmo y el fraseo de su autor. Con ese ambiente vaporoso y recalentado de un Brasil de telenovela y fascinante miseria. En el que caben criaturas delirantes como Maria Trindade o Fittipaldi y quimeras reales como la del rodaje de Fitzcarraldo. Faverón siempre ha sabido mezclar la alta y la baja cultura, no le hace ascos a lo grotesco y construye un paisaje con todos esos elementos de derribo que su escritura sabe cómo transformar en piedras preciosas. La clave es una sola: mostrar su tremenda habilidad para llevar la literatura unos cuantos pasos más allá.
Madame Vargas Llosa podría ser la historia de una mujer que no existe, de un fantasma, que al pie de la favela se dedica a imaginar, con el único apoyo del título de cada nuevo libro, la obra de Vargas Llosa. El argumento es descacharrante y, sin embargo, Faverón lo convierte en una especie de canto a la creación literaria. Lo mismo sucede con Fittipaldi, obsesionado con la Guerra de Canudos y con un guion que, a falta de título oficial, no encuentra quién se lo produzca. Podría ser un cuentista, un monstruo, un asesino, un pobre diablo o todo eso a la vez. La cuestión es que es un personaje que palpita en cada página, desbordado no tanto por su locura sino por esa imperiosa necesidad de escribir. De contar. Sin eso, tal vez, no habría razón de ser.
De Ruy Guerra y el auténtico Vargas Llosa conocemos tantos detalles biográficos que aquí en la novela son, casi, figuras forzosamente difuminadas. Del segundo sabemos que se trata de un coloso literario que paulatinamente renuncia a sus posiciones ideológicas. Se hace mayor, que es como decir que pierde esa fantasía a la que el resto de personajes de Faverón no renuncia. Y a Guerra, lo que son las cosas, lo convierte en una especie de barquero que nos conduce por esta novela que es más bien una aventura. Porque lo hermoso de esta novela corta es, precisamente, la intensidad con la que está narrada. La gracia con la que entremezcla lo chusco y lo paródico -no hace falta recordar los nombres de las tres hijas de Fittipaldi- con lo tremendo de su reflexión sobre la escritura y el arte, da igual si aquí viene en minúsculas. Sus frases suenan zumbonas, graciosas y con esa exuberancia con la que juegan a despistar al lector entre diferentes visiones de un mismo relato. Pero, da igual en qué punto de la novela estés, transpiran esa ansia por narrar a borbotones, desmedida y deslenguada, que se vale de las texturas y los ritmos de tantos géneros -la telenovela, el viaje a las tinieblas, la falsa memoir de escritor, la crónica de época y la reflexión sobre el oficio de escribir- para urdir un artefacto único.
Faverón es capaz de juntar a una mujer transexual que sueña con transformarse en un escritor de éxito con un guionista frustrado al borde de la locura, mover el escenario de Porto Alegre a las aguas por las que aún circula el vapor de Fitzcarraldo o rizar el rizo de la ficción con personajes reales que vienen, van, dan una pincelada y desaparecen. Su escritura es, sin que suene a contradicción, tan libérrima como milimétricamente calculada para capturar un abanico de sensaciones: la velocidad con la que se escriben las vidas, el viejo encanto de unos paisajes marginales salpicados de personajes pintorescos con historias todavía más pintorescas y, en fin, el embrujo con el que la ficción nos muestra, una y tantas veces como hagan falta, su poder a la hora de sumergirnos en sus entrañas. ¿Acaso no es eso lo que le sucede a sus criaturas? Cada cuál sueña con ese efímero momento de gloria que se acaba desvaneciendo tarde o temprano, ya sea inventando argumentos delirantes que conecten con los títulos de las novelas de Vargas Llosa o emprendiendo proyectos cinematográficos cada vez más invisibles. Es esta no tanto una historia de marginados o de márgenes, como de personajes que no renuncian a alcanzar ese goce pasajero, brevísimo y casi mortal, cuando por un momento son capaces de tocar esa rara belleza que proyecta un instante de ficción, la genuina escritura que convierte hasta lo más abyecto, la pura basura, lo que nadie lee, en una pieza de literatura.
Con Madame Vargas Llosa Faverón ha construido algo parecido a un sueño cuyo making of podrían ser los varios capítulos de la novela. Un sueño que se consume tan rápido, a tanta velocidad, como el apellido de Fittipaldi parece invocar. Y la verdad es que no dejo de pensar en ese hermoso efecto estético, porque tengo que reconocer que me fascina su escritura, su construcción, esa manera tan hipnótica de llevarnos por lo más bajo de la existencia humana sin dejar de utilizar un lenguaje absolutamente transparente, y al mismo tiempo mostrarnos que, al fin y al cabo, es solo ficción. Que se desvanece, como un sueño, como una pesadilla o un anhelo. Como el rastro del vapor de Fitzcarraldo o de las novelas imposibles que Maria Trindade escribe al calor del fantasma de Vargas Llosa. Literatura fugaz, tremenda, genial.