La casa en París, de Elizabeth Bowen (Pre-Textos) Traducción de Silvia Barbero Marchena | por Juan Jiménez García

Elizabeth Bowen | La casa en París

En algún momento de la lectura de La casa en París pensé en la espera. Todos esperan algo (todos esperamos algo) y, mientras tanto, la vida pasa, lentamente, incluso con una desesperante pereza. Leopold, niño, espera a su madre; Henrietta, niña, espera partir al encuentro de su abuela; Karen, desde ese pasado, espera encontrar un significado a su antigua relación con Max, mientras piensa en el regreso de Ray, su prometido; la señorita Fisher tal vez no espera nada porque lo espera todo; la señora Fisher solo espera el final, como culminación de una vida en la que una sola derrota fue suficiente. Podríamos pensar que detrás de esa espera está la imposibilidad de llegar a dónde queremos llegar. O la vida adulta como una prolongación poco conseguida de la infancia. Pensar en el egoísmo, en las relaciones sociales, un poco en el amor (no mucho, en mi opinión). Elizabeth Bowen había nacido en Irlanda, aunque se marchó a vivir a Inglaterra. Cuando pensamos en las visita de Karen, la protagonista de la novela (por presencia o ausencia), a sus tíos en Rushbrook, al tío Bill, a la tía Violet, o cuando conocemos la clase social de la propia Bowen, nuestra tendencia a ver en todo la irrealidad de la novela nos lleva  a pensar que hay algo de ella profundamente inserto en su obra. Todo con la debida imprecisión, que hace incluso algo complicado ponerle una fecha. Tras la guerra, la Primera, eso es seguro.

Leopold y Henrietta se encuentran en una casa en París. Una casa que antes había sido de huéspedes. Pocos, muy pocos. Señoritas que venían a estudiar, a pasar unos meses. Es la casa que lleva madame Fisher y su hija. Leopold tiene nueve años, Henrietta once. Él espera a su madre, a la que no ha visto nunca. Ella solo está de paso hacia el sur de Francia, donde espera su abuela. Él es un niño orgulloso, a la defensiva, tal vez egoísta (si es que se puede ser egoísta en su abandono). Ellos son el presente, el presente de esa espera, para unas vacaciones o para cambiar de vida. El pasado está diez años atrás. Karen, la madre de Leopold, es una joven prometida. Ray, él, está lejos y eso dejo lugar a otro tipo de proximidad, la de las dudas. Su familia es una familia acomodada, los Michaelis, y tanto ellos como ella viven en la certeza que solo es posible un matrimonio con alguien de su misma clase. Una manera definitiva de alejar los problemas. Karen estuvo alojada hace algún tiempo en casa de madame Fisher y se hizo amiga de su hija, la sufrida Naomi, que vive su vida como un complemento a la de los demás, siempre al lado de su madre. Naomi se ha prometido con Max, que frecuentaba la casa y al que conoció Karen, sin llegar nunca a llevarse bien. Es más, evitándose. Pero Karen no pudo olvidar aquello, el misterio que entrañaban esas huidas. Y el pasado vuelve al pasado.

Conforme leía La casa en París pensaba que la historia al final es un armazón sobre él que construir algo más profundo, incluso algo que va más allá de los sentimientos, de esas fuerzas en tensión. La escritura de Bowen convierte esa tensión no en violencia (incluso en sus momentos más extremos) sino en una tensa calma (y aquí, de nuevo, encuentro la espera), no exenta de dulzura (qué rara se me hace esta palabra, aquí, ahora). Su escritura se enreda a través de las cosas y los actos de los demás. No juzga más allá de lo que se juzgan sus personajes, y lo que se construye es ese ambiente, lejano, por el que discurren mal que bien las cosas. Esa casa cerrada, esos paisajes irlandeses, la casa que será vendida, la casa propia, las conversaciones entre hijas y madres, entre las amigas, entre los niños. Las conversaciones entre las parejas son más bien escasas y todos nos viene dado de forma indirecta, como un ruido que viene de fuera y se mete en la calma, en el silencio forzado de esos lugares. Cuentan más las cartas que las voces y los momentos reveladores se muestran como un estado de congoja. La tragedia, como el egoísmo, es solo algo que está, porque no puede ser de otro modo. Qué nos quedará de todo esto. La promesa de un día, de un capítulo del libro que no está escrito. Está el presente y el pasado. Y la vuelta al presente. Pero el libro acaba en ese instante en el que debe empezar el futuro. Pero ¿qué futuro? Lejos de encontrarnos ante un final abierto o incluso optimista, estamos ante una duda final. ¿Por qué en esas existencias, que han sido una sucesión de malas o inciertas decisiones, esta última debería representar un cambio? Será la última espera. La espera de una respuesta que no llegará.

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