El rascacielos rojo, de Darko Cvijetić (Báltica) Traducción de Patricia Pizarroso, Marc Casals | por Juan Jiménez García

Darko Cvijetić | El rascacielos rojo

Una imagen, unas imágenes. Imagino ese rascacielos rojo con las paredes con humedades, moho. Hay goteras en cada piso, en cada descansillo, en el ascensor. Hay regueros de agua por el suelo. El agua cae lentamente por las escaleras. Sale a la calle, llega hasta el manzano de Taib, filtra hasta la figura de cartón de Tito, tragada por la tierra. Son como afluentes de Sava. Atraviesan la historia, vidas, hombres, sangre, guerras y guerras. Bosniacos, serbios, croatas. Yugoslavos antes, al principio. Vieja sangre de niña en el ascensor durante décadas. Un lento descenso, trece plantas, doce y una primera llamada “galería”, intentando ahuyentar la mala suerte. No funcionó. El edificio no está vacío. Allí han vivido durante años, convivido unos pocos. Luego el olvido necesario. Tras aquellos primeros años noventa en los que todo se vino abajo. Lo que era, ya no fue. Lo que podía haber sido, quién sabe. 

Darko Cvijetić dice que tiene el deber de escribir en los lugares en los que transcurren sus historias. Aquí el deber llegó antes que la escritura. Su familia llegó al rascacielos rojo con su construcción, allí, en Prijedor. Era 1975, Tito aún vivía. Prijedor, Bosnia y Herzegovina. En cada planta del edificio había bosniacos, serbios y croatas. Cerca estaban las minas de acero. Tito murió poco después, Yugoslavia también, y luego llegaron las guerras balcánicas y murieron todos por todos lados, de las maneras más horribles, bajo los hechos más infames, enterrados en fosas, vueltos a enterrar en otras fosas. Las rencillas, las cuentas pendientes, incluso las más mínimas tonterías, se volvían causas de palizas o muerte. El rascacielos rojo podría ser La vida instrucciones de uso, de Georges Perec, despojada del juego combinatorio o dejada en el esqueleto, el aterrador esqueleto de la realidad más despojada. Un goteo de circunstancias trágicas. La última historia de los Balcanes es una tragedia a la que sobrevivir, pero también una forma de pasado. Al acabar la guerra, la destrucción (física, mental), siguieron estando ahí. El vecino aquel fue, aquel otro era. Mirar hacia otro lado, tan conocido, tras las atrocidades. Pero ¿por qué? 

Darko Cvijetić empieza con poesía y acaba con poesía. No es cierto, acaba con Miroslav Krleža, que sabía mucho del absurdo. La poesía es como una manera de entrar en ese mundo de terribles concreciones desde la abstracción y salir por esa misma abstracción. Poco antes ha colocado la última pieza del puzle, esa sangre en el ascensor (marca Schindler). Las historias se suceden. Los nombres (de nuevo, como encontrábamos en Daša Drndić, la necesidad de nombrar), los apodos, como un enjambre. Primero están los vivos, luego los muertos o los que se marcharon al exilio, la diáspora. Fijar esas historias, el terror, el miedo. Dejar escrito, como si la escritura tuviera un poder sanador (no lo tiene). Al primero aún había un lugar para el humor, para muñecos de nieve, luego esa larga oscuridad, más tarde, vivir entre claroscuros. Por eso pienso en ese mismo lugar atravesado por el agua. El agua, arrastrar todo, limpiar. Pero no, se queda aquí, atascada, sucia, nunca es suficiente. Como esa lluvia de barro. Marcar las heridas, como en esos objetos rotos japoneses, otra forma de kintsugi. Darko Cvijetić, también director y actor de teatro, escribe sobre el drama de Nina, actriz de La gaviota. Quién sabe si en ese accidente no están recogidos todos esos destinos perdidos.


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