Mis momentos, de Andrea Camilleri (Duomo) Traducción de Carlos Gumpert Melgosa | por Juan Jiménez García

Andrea Camilleri | Mis momentos

Pasados los noventa años, Andrea Camilleri, escritor infatigable, debió de pensar que podía escribir sus memorias o escribir sobre los demás. En realidad no hay una contradicción, pero sí una cierta generosidad. Verse a través de nuestros encuentros con los demás, de esos pequeños instantes o de esas largas relaciones (más lo primero), tiene algo de revelador, de ejercicio oulipiano que nos obliga a salir de nuestro discurso para instalarnos en el discurso de los otros. Es inevitable pensar que si conocemos a Camillieri es gracias a su comisario Montalbano, pero lo cierto es que si por algo fue conocido antes en Italia fue por su carrera como director de teatro y de programas de televisión. Por eso no es asombroso mirar el índice y encontrarse con tantos actores como escritores y, mucho menos, con completos desconocidos.

Cada uno de estos personajes nos devuelve un Camilleri y, todos juntos, una multiplicidad de ellos. Desde su infancia hasta ahora, esas anécdotas invitan a recorrer su vida como unos apuntes para una autobiografía que quién sabe si llegará. Sus primeros años en Sicilia, bajo el fascismo (y los galería de personajes vestidos de época), el Partido Comunista, sus estudios para llegar a director de teatro, sus puestas en escena, el país, ese país, que está por todos lados y que para un siciliano quiere decir más cosas, porque los países son múltiples y paese, en italiano, es otra cosa. También pueblo.

Por sus páginas desfilan desencuentros (con Pier Paolo Pasolini, con el que la muerte acabará por separarlos, sin que nunca hayan logrado realmente encontrarse) y emotivos encuentros (con Arthur Adamov, dramaturgo que ya pocos recordamos, aunque tal vez anda por alguna de nuestras estanterías). A veces, los libros son más importantes que las personas (La condición humana), y en otras uno es un espectador más en una vida que pasa (Carlo Emilio Gadda, escritor ausente). Cada uno tiene sus instante, sus momentos, son fragmentos de vida. Cada uno contiene una lección, algo que aprender o que capturar. Su relación con Elio Vittorini, su encuentro con Benedetto Croce o ese enfermo imaginario que es Salvo Randone. E incluso no llegar a verse nunca (Antonio Tabucchi) pero seguirse en la distancia, nos deja algo, un sentimiento que no desaparecerá con los años.

Pero, como decía, para Andrea Camilleri ya no es solo una cuestión de rememorar toda la gente importante con la que se encontró, sino trazar una verdadera galería de retratos. En sus momentos también habrá un espacio para la gente de honor (u zú Filippo) o aquellos protagonistas del fascismo (la Federala, con inclinaciones no muy a la moda), más aquellos que duran apenas nada, por llega la muerte, pero que no desaparecerán jamás (Antonio). Para Camilleri escribir sobre ellos es escribir sobre su propia vida. Interrogar a su pasado, como en una despedida. Pasar lista a aquellos actores secundarios de una película, la suya, que sería otra cosa, más triste más descolorida, sin ella.

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