Kemonozume | Masaaki Yuasa

Al descubrir grandes áreas, islas y costas nunca antes documentadas, «tu horizonte abarca ya la grandiosa superficie de las aguas», como dijera Carl Schmitt. Ese horizonte vasto e ignoto transformado en océanos impuso al mar una imagen diferente: la del comercio, el intercambio, la comunicación y la posibilidad de reconocer en el otro a un coterráneo. Lo desmistificó. Sin embargo, la historia del cielo y su relación con la tierra no parece escrita en los mismos términos. Durante largo tiempo, el cielo ha hecho las funciones de plano indicador de nuevos objetos de conquista para el hombre. Todo el relieve que, en su misterio, el espacio exterior poseía quedaba anulado en el cielo bajo el papel del intermediario. Como un telescopio, servía para acercar a nuestra vista los elementos más alejados.

Lo oceánico se impone bajo líneas que separan y dividen las partes que integran la tierra. ¿Acaso el cielo posee las mismas líneas que diferencien su observación en un lugar o en otro? ¿Es el azul perfecto un color sólo divisable desde una posición privilegiada? No, el cielo, en su propia naturaleza, continúa siendo un espacio indómito, constante presencia cuya inmensidad -¿dónde empieza y dónde acaba?- nos invita a perdernos en su superficie.

El cine primitivo de Georges Méliès en Viaje a la luna (Le voyage dans la lune, 1902) proporcionó una primera imagen de lo que significa el cielo. Antes de iniciar la expedición hacia la luna, los exploradores contemplan el satélite, que el cielo descubre en el centro mismo de la imagen, como si pudiesen rozarlo con las yemas de sus dedos. De la tierra a la luna hay una distancia considerable, pero la posibilidad de cuantificar esa distancia significa hacer realidad un horizonte que comience a abarcar la superficie del espacio. Para la inventiva visual de Méliès, la fantasía estaba en realizar verticalmente, a lo Karel Zeman, como si permaneciésemos inmóviles mientras el cuadro cambia de fondo, un viaje de considerable distancia. Llevando al extremo la inocencia exploradora de la imagen de la luna a pocos metros de nosotros, el viaje de un punto a otro era posible. El cielo aproximaba a nuestro entorno lo que la ciencia alejaba en sus investigaciones.

Esa primera imagen del cielo como vehículo para propiciar la conquista del espacio nos proporciona la primera clave de la historia: el elemento fantástico que permite conducir a los expedicionarios a la luna no es el cohete que construyen para viajar, sino el cielo que les acerca, en una proporción alucinada, la luna al alcance de su mano. En Méliès el cielo es otra parte de su fantástica concepción de la vida e, intermediario o no, significa una superficie en la que cualquier cosa puede suceder, sobre todo cuando la observamos desde la tierra.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.