SSombrasombras proyectadas sobre el asfalto. Tres sombras que se funden, se deshacen, juegan desordenadas en esa alameda en la que transcurren paseos, voces adultas que no hablan de nada en particular, que no hablan de nada en absoluto. Es el crepúsculo de un día de verano, de un verano cualquiera pero siempre el mismo que da forma a un diluido recuerdo de aquella infancia feliz. Es esa escena a la que siempre vuelvo para evocar esos juegos, para volver a sentir la dulce anarquía que se prolongaba más allá de la puesta de sol, la libertad de correr de un lado a otro bajo la relajada vigía de mis padres. Siempre, repito, vuelvo para recordar esas horas del estío en las que el tiempo simplemente había desaparecido, en las que nunca buscábamos palabras con las que entender nuestras emociones a flor de piel. Pero cada vez que vuelvo allí mi memoria me traiciona, me obliga a encuadrar esa imagen, a racionalizar el recuerdo de esas sombras alargadas y hacerlas prisioneras de una lógica condescendiente que no deseo. Siempre me veo en el siguiente plano, como Jessica Chastain, mirando a esas sombras y aferrándome a la nostalgia para sobrevivir a una tragedia, otra más de la vida adulta. Quisiera soñar ese momento y no recordarlo, quisiera que me asaltara en toda su pureza original, poder experimentar aquella excitación indescriptible que intento recuperar en vano. Pero sólo me queda la nostalgia para hablar con el pasado, siempre la nostalgia. Y aún así, algo tiene de hermosa su mediación. Con ella, he hecho más mío ese momento que es otro distinto para Terrence Malick. SombrasLo he echado más de menos, pero he comprendido que su belleza también se debe a su fugacidad, al necesario desvanecimiento de su rastro. Por eso, he aprendido a reescribir mis sombras en el asfalto, a no perderlas. Constantemente las rectifico, las hago más grandes o más pequeñas, a veces hay más y a veces menos. Las de amigos que se quedaron y las de otros que se fueron. La sombra de mi hermano corre fielmente detrás de la mía, no me abandona ni cuando interpongo sombras de otros tiempos y lugares. Dentro de mí, esas siluetas se conjuran para jugar cuando escucho a Eleanor Steber narrar esa tarde en Knoxville, Summer of 1915, cuando su voz vibra sobre la música de Samuel Barber y me invaden las melancólicas palabras de James Agee. El ruido del motor de un coche que atraviesa la calle, los despreocupados gritos que llegan desde una piscina, el sabor de un helado de vainilla en el atardecer. En ellas puedo encontrarme de nuevo en ese momento, con todas mis sombras. Knoxville, 1915. Waco, años 50. Una pequeña playa de Valencia, 1992. Yo estuve allí, vuelvo allí de cuando en cuando para reunirme con ellas, juego hasta que se acaba el día. Entonces ellas se van a dormir, y yo aparezco en el contraplano, pletórico de felicidad tras el recreo fantasmal que he vivido. Y me hago una vez más la misma promesa: volveré allí, a aquella imagen o a uno de los muchos trasuntos en los que la recordé. Volveré a aquella tarde de verano en la que ya apenas distingo mi sombra.

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